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Soledad Morillo Belloso: Leonardo Ruiz Pineda, La sombra con olor a guayoyo

 

Dicen los ancianos en el Táchira que hay muertos que nunca aprenden a quedarse quietos porque la tierra donde nacieron los parió con el pulso demasiado acelerado. Leonardo Ruiz Pineda no era un hombre para la paz burocrática del mármol ni para el bostezo de las ceremonias solemnes donde algunos se reparten el aire. Tenía en la mirada ese brillo penetrante y terco de los picos andinos cuando amanece despejado, y en las manos, esa urgencia febril de quienes presienten que la vida no se mide en años, sino en la hondura de las huellas que se dejan al pasar.

Leonardo Ruiz Pineda
Leonardo Ruiz Pineda

Leonardo Ruiz Pineda.

Cuando la dictadura cubrió a Venezuela con una sábana de plomo y un hedor rancio a calabozos, la gente aprendió a susurrar. Se bajaron las santamarías de la alegría, el miedo se coló por la rendija de las persianas y Caracas se convirtió en una ciudad de cuellos doblados y espaldas encorvadas. Pero Leonardo, ese hombre impoluto de traje impecable y ademanes de caballero antiguo, decidió que no había refugio más honorable que la intemperie. Se volvió una sombra con voz. Un espectro fino que cruzaba los zaguanes de San Agustín o las quebradas del Ávila cargando no un fusil, sino una máquina de escribir que sonaba en la noche como el repique terco de un tambor de libertad.

Imagino la soledad amarga de sus madrugadas en cuartuchos prestados, oliendo al café amargo que le colaban manos anónimas y al hollín del kerosén. Imagino el dolor callado de saber que cada beso a los suyos podía ser la despedida definitiva. Porque hay que ser de una madera infinitamente noble para cambiar la calidez del hogar y el aplauso fácil por la Persecución con P mayúscula, por el frío del asfalto y por el acoso incansable de sabuesos con licencia para matar.

Pedro Estrada y sus esbirros le temían a los pertrechos de la resistencia, sí, pero le temían mucho más al empaque intacto de Ruiz Pineda. Les desquiciaba que ni el insomnio ni la zozobra le arrugaran la solapa del saco ni le desdibujaran la dignidad de la sonrisa. Ruiz Pineda no escribía para la vanagloria; escribía porque le dolía la Patria en la piel, como una llaga viva que solo se cura con la verdad enunciada sin rodeos.

El 21 de octubre, cuando la ráfaga cobarde atravesó su pecho en una calleja oscura, el suelo caraqueño se tragó la sangre caliente de un hijo de los Andes. Cayeron las gafas, se acalló la palabra, y los verdugos de charretera brindaron con el whisky del cinismo, creyendo que habían limpiado la mesa. Qué ignorancia tan supina la del tirano. No entendieron que la carne cae, pero el aliento se queda pegado en los techos de roja arcilla, en las esquinas de la resistencia y en el pecho de cada venezolano que se niega a doblar la rodilla.

Hoy, cuando a veces la noche parece demasiado larga y la esperanza se nos vuelve un guapear desgastado, me reconforta pensar en la figura delgada de Leonardo Ruiz Pineda cruzando la neblina. Nos dejó la lección más hermosa y más punzante de todas: Que la libertad no es una concesión del poder, sino un fuego sagrado que hay que mantener encendido, aun si el viento sopla de frente y nos toca apagarlo con la propia vida.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob