pancarta sol

Soledad Morillo Belloso: La huella de Raquel Sánchez Carrero y Guillermo Tell Aveledo

 

De la capacidad, la lucidez y la ejecutoria ética de Raquel y Guillermo en ese Comité de Postulaciones del Tribunal Supremo de Justicia no tengo la menor duda. No me lo contaron; conozco de cerca el calado de sus lecturas, la templanza de sus juicios y la arquitectura de unas vidas profesionales que jamás se armaron a retazos ni a golpe de empujones partidistas. Son gente de luces encendidas en medio de la penumbra, de esas que distinguen sin titubeos el grano de la paja, la ley sagrada del acomodo ad hoc y el principio innegociable del guiño de ocasión.

Y precisamente porque sé de qué madera están hechos, la varilla con la que hay que medirlos no puede ser indulgente. En esta Venezuela maltrecha, donde el servicio público se convirtió con frecuencia en una feria de vanidades o en un teatro de sombras, los diplomas colgados en la pared y la fama de persona decente dejan de ser un adorno de salón para transformarse en una herramienta moral. Sentarse en esa mesa donde se guisa el destino de la justicia no es un paseo dominical ni una medalla para el currículo; Es un terreno minado de bombas quiebra patas. Tener seso y vergüenza en esos pasillos no garantiza un milagro, pero sí plantea un dilema feroz: La brega diaria entre colar una gota de sensatez técnica y moral o terminar fungiendo como el barniz republicano que disimula un reparto de barajitas políticas.

El lance de Raquel y Guillermo no consiste en recitar de memoria el articulado ni en deslumbrar con oratoria académica. El asunto es de coraje en el momento exacto. La ética no es una pieza de porcelana para exhibir en la vitrina del deber ser; La ética es un utensilio de hierro que se prueba en la candela, en la capacidad de decir “no” cuando alguien baje la línea, de salvar el voto con argumento firme y sin afeites, y de levantar la voz —así retumbe con eco incómodo— cuando pretendan meter de contrabando la mediocridad y el empeño de seguir administrando la justicia a control remoto.

Sabemos bien cómo se baten esas aguas. Es probable que no les alcancen los números para torcer la marcha de la aplanadora ni para desmontar de un plumazo la inercia de un sistema acostumbrado al guion prefabricado. No tendrán el poder numérico, es verdad. Pero tienen algo mucho más pesado y difícil de falsificar: El calibre para dejar un surco hondo. Esa huella de decencia, rancia y dura, que los venezolanos de a pie —los que resistimos en la cola, los que soñamos con un país de leyes y no de caprichos— necesitamos desesperadamente para volver a creer.

soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob