Leo la nota de Luz Mely Reyes y se me hace un nudo de chicharrón en la garganta. No es para menos. Es esa certidumbre amarga, como tragar creolina, de saber que donde se bate el cobre y se fríe la manteca no hay un solo venezolano parado firme para defender el conuco. Lo que hay es un zafarrancho de piratas con patente de corso, descuartizando lo que queda del país a dentellada limpia, como zamuros en un peladero de chivos. Ya ni la sombra del pudor les queda; nos arrean como a ganado flaco directo al matadero.
La investigación de ProPublica que destapa Luz Mely no es un informe: Es el certificado de nuestra liquidación. Dieciocho páginas de papel sellado en Washington donde la patria entera cabe apenas como un pozo por ordeñar y su gente como un mosquero fastidioso, sin voz, sin voto y sin derecho ni al pataleo. Llamar “Gran Acuerdo del Siglo” a este remate de botiquín es una socarronería sin nombre. Es un vulgar cambalache de petrodólares y componendas, aderezado con picante geopolítico y envuelto en papel de estraza con un lazo de pura desfachatez.
Produce náuseas ver con qué descaro se blindan los compadrazgos. Amarrar directivas intocables a quince años vista para que ni los de allá ni los de aquí puedan meterle la mano al caldero no es alta política: Es maña de gallero con trampa. Es garantizar que la franquicia siga cobrando el peaje sin importar a quién aplaste el camión. Y mientras tanto, la letra pequeña le pasa la aplanadora a nuestras leyes de hidrocarburos y licitaciones como si la Constitución fuera una alpargata vieja para limpiar el barro. Para esos mercaderes de orilla, nuestras normas son solo un monigote de trapo que se quema en año nuevo.
Nos embadurnan la cara con cuentos de camino sobre “transición”, “prosperidad” y “libertad”, pero tras la puerta del fondo lo que suena es el traqueteo de la maquinilla contando billetes sobre contratos leoninos que empeñan el subsuelo hasta el fin de los tiempos. Es el reparto del pastel antes de que se enfríe: tres o cuatro vivos elegidos a dedo coronándose en la jugada, mientras al pueblo llano le tiran los pellejos y el hueso pelado para que haga sopa.
Y para rematar la borrachera, abre uno El Nacional y se tropieza en la primera página, bien arriba y a la izquierda, con la perla de Dinorah Figuera dictaminando que “hay que limpiar el sistema antes de fijar unas elecciones”. Uno lee semejante pamplina y la pregunta revienta en la boca: ¿Pero qué diantres es lo que tienen en la cabeza esa gente? ¿En qué hamaca están echándose aire mientras a Venezuela la rematan al cucarachero en una esquina?
Siento estupor, un asco rancio y una angustia que quema. Ver a la patria convertida en mercancía de abasto, rematada al mejor postor mientras la vocería política juega a las escondidillas, termina de partir el último plato de la fe negociada. Ningún pueblo se libera entregando las joyas de la abuela en bandeja de plata y dejando el mandado urgente para el veintinueve de febrero de dos mil nunca.
Así no se rescata un país; Así solo se negocia la marca del hierro y se cambia de capataz en la hacienda. Y ante semejante descaro, no hay guarapo dulce que valga: Solo quedan ganas de llorar… De pura y maldita rabia.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

