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Eligio Damas: ¡Traidores! Delcy traicionó a Maduro y Trump a MCM. Simplismo, engaño

 

Todo se derrumbó dentro de mí.

Gente de distintos espacios geográficos, repitieron una narrativa que nació en algún sitio, no sé dónde. Pero, tampoco hace falta saberlo, lo importante es que apareció y tuvo éxito; fue repicada como una verdad, pues la gente envuelta en eso, necesitaba, con angustia, una manera de explicar aquello para que tuviese grandeza, sirviese de base para estatuas, bustos, hasta plazas y en ellos se satisficiera la necesidad de tener un héroe más. Fue una manera de convertir una derrota de un trivial intento, en una hazaña, campaña heroica y al derrotado en inmenso.

Lo griego, por su gran aporte a la filosofía y al arte, tiene mucha influencia todavía en estos tiempos. Y fue esa cultura, la que impactó al mundo todo, de la idea del Olimpo, recinto de los dioses, pues en él, había y hay uno para cada cosa. No es extraño ni azaroso que Cervantes, con aquella figura atrabiliaria e imaginativa, que se miraba a sí misma como un héroe, un dios, enviado para “desenrollar entuertos e imponer la justicia y el orden”, hizo alusión al mundo griego para ironizar al de su tiempo y espacio.

Lo heroico de los griegos, que embriagó al romanticismo, ha servido para que gente ilusa, hasta llena de buena fe, haga de soñadora, arriesgada y hasta desprendida de todo beneficio personal, heroica; pero no a la manera irónica e imaginaria que Cervantes hizo de Don Quijote, sino infantilmente y de verdad.

Cuando El Che Guevara fue acorralado en su soledad, en un recoveco del altiplano boliviano y luego fusilado, emergió la explicación de aquel desenlace, según la cual, el comandante guerrillero había fracasado en su atrevida empresa, por culpa del Partido Comunista boliviano que le negó su apoyo. Para quienes inventaron aquella explicación, si los comunistas hacen lo que, según “la dialéctica” y, en consecuencia, la realidad boliviana, inventada por esa narrativa, debían hacer, ponerse al servicio del comandante, “otro gallo hubiera cantado y el mandado hubiese quedado hecho”.

En la Venezuela de hoy, se intenta explicar el desenlace de un proceso iniciado hace 26 años, lleno de buena fe, pero plagado de erradas concepciones y prácticas de distinta naturaleza, donde el individualismo y los falsos diagnósticos, pese las tantas advertencias, nunca fueron admitidos, acusando a un grupo, una pequeña cúpula, de traidora. Quienes lo hacen, parecieran razonar y pretender convencer que todo venía aconteciendo de maravilla.

Cuando mucho, se pudiera decir, que ese grupo, que es bastante grande, pues incluye toda la AN, miembros del gobierno en diferentes niveles y hasta la burocracia partidista, se sustentó en todo lo mal hecho en el pasado para “acordarse” con Trump.

Según la narrativa de los traidores de última hora, desde el primer momento y durante el gobierno de Chávez, no se incubó error alguno, como por ejemplo, que el presidente enfermo, casi entrando en momentos de agonía, tuviese el derecho de designar su sustituto; no sólo transferir en herencia la presidencia, sino también el liderazgo del partido, a la persona de su preferencia.

¿Cuánta gente entró como de contrabando, por lo ajeno que les era el ideal colectivo de hacer una obra grandiosa, digna y humanista? ¿Cuánta de ella le fue permitida alcanzar altas funciones y responsabilidades que todavía continúan en lo mismo? ¿A cuántos seres, genuinamente identificados con el movimiento popular, coherentes, valiosos, se les marginó por la argucia de los tramposos y corruptos?

Fue un acontecer avalado y hasta permitido para deshacerse de los discrepantes, libres, pero pertinentes y darle entrada a los oportunistas y obedientes, ajenos a los ideales iniciales.

Ese mismo razonamiento, el del traidor de última hora, pareciera también avalar toda la conducta, el hacer del gobierno de Maduro, como lo relativo al tema salarial. Maduro como presidente, resultó responsable o víctima, cada quien lo puede calificar como le parezca, de todas las calamidades generadas por las sanciones, medidas estas aplicadas por EEUU, por lo menos, desde el mismo momento que Obama, decretó a Venezuela “amenaza inusual”, acicateado por el discurso innecesariamente desafiante de Chávez, fundamentado en la idea que los nuevos “aliados” de Venezuela nos “sacarían las patas del barro”. Como también, de la política petrolera diseñada por Rafael Ramírez, sustentada en la Faja Petrolífera del Orinoco, dejando en el abandono los espacios de petróleo liviano.

Según aquel sueño, los aliados extraerían y consumirían el petróleo de la faja, la producción seguiría creciendo, nos eximirían de cuanta calamidad se imaginaba, lo que al parecer era poca, cumpliríamos el sueño de desligarnos del rentismo, “sembraríamos el petróleo”, el bienestar nos inundaría y el imperialismo nos ayudaría a derrotar al otro imperialismo.

El drama salarial que convirtió al país en un espacio de parias, donde todo joven lleno de esperanzas y hasta dotados o no de virtudes, galardones académicos, habilidades y destrezas para el trabajo, se planteó en lo inmediato como meta salir del país en busca de futuro, diseñado por Maduro, bajo el discurso monetarista para ganarse el respaldo de Fedecámaras, tuvo su origen en aquellas políticas, fue parte de su herencia. Y con este presidente y jefe por herencia, llegaron las otras plagas, como el deterioro del servicio de salud, la escuela y los llamados habitualmente públicos, para referirse al agua y electricidad. En lugar de privilegiar a la multitud, como manera defensiva, se procedió en contrario, se privilegió al gobierno.

Mientras todo eso acontecía, quienes ahora hablan de traición de última hora, aplaudían.

Chávez designó a Maduro jefe del gobierno en sustitución suya y del partido, con disposición “supremacista”. Maduro, al asumir la jefatura del Estado, lo hizo también del partido, fue eso una herencia. Y este error pareciera no contar a la hora del balance.

Entonces ese “supremacismo” con respecto al partido y gobierno, que convirtió al primero en un ente sometido al Estado y hasta como parte del mismo, pero en rol subalterno, en actitud de “mande jefe”, al estilo Cantinflas, no lo creó Maduro, lo heredó de Chávez. Por esto, entre tantas cosas, él decidió lo salarial haciéndose eco de las narraciones economicistas y neoliberales de sus asesores, llegados al partido y gobierno, de ámbitos ajenos al proyecto inicial. Fue un poner en práctica aquello de Earl Browder o el Browderismo, “sacrificar todo, empezando por los intereses vitales de los trabajadores”, en este caso para mantener en pie al gobierno hasta la eternidad, sin percatarse que estaban cavando su propia tumba. ¿Cómo entender que aquella multitud, la que en el año 2000 salió a la calle a pedir la vuelta de Chávez, esta vez, más cuando hubo una intromisión extranjera, todavía se muestra indiferente?  

Es decir, para resumir, si vamos a hablar de “traición”, tendríamos que remontarnos al pasado, revisar todo los errores cometidos y empezar por reconocerlos, identificar todo responsable, no centrarse en acusaciones emocionales, sino en buscar propuestas para corregir lo que sea pertinente.

Lo ocurrido con la Reforma a la Ley de Hidrocarburos, proceso cumplido en cosa de horas, un tema que, en circunstancias normales, podría llevar, por lo menos meses, como lo está llevando lo relativo a la LOT, habla de un “pre acuerdo”, entre el gobierno de Maduro, a través de su representación liderada por Jorge Rodríguez y el de Trump. Si en esto hubo un inicio de traición, dado lo “drástico” del cambio, como en su oportunidad lo comentó Luis Britto García, habría entonces que buscar a los responsables antes del 3 de enero y hasta llegar hasta allá, al inicio, cuando se pronunciaban discursos, según los cuales “no importa que EEUU no nos compre ni una gota de petróleo”.

Esa reforma, la aprobaron todos los integrantes de la AN, ninguno de ellos protestó. Y, este proceder sirve ahora de fundamento para juzgar, por todo lo que Trump obliga a quienes gobiernan.

Hay personajes que estuvieron defendiendo y al servicio de manera, digámoslo “incondicional”, a los gobiernos de Chávez, luego Maduro y nunca se sintieron obligados o en necesidad de expresar insatisfacción alguna ante tantos errores, inherentes a las visiones de gobierno y partido, pero ahora, de repente, de manera dudosa, aparecen hablando de una supuesta traición, la de un momento, como causa de todo lo acontecido. El castillo empezó a derrumbarse desde el principio, siempre estuvieron corroídas y nadie se percató, hasta que lo vieron en el suelo y un instante antes, a quien intentó pararlo inadecuadamente, le echan todas las culpas. Quizás carga sus culpas y hasta bastante; quizás fue quienes antes nada vio y participó en los festines del pasado, pero el motivo de la caída y frustración colectiva no se halla ni explica en él sólo, como tampoco en los aconteceres cercanos al 3 de enero.

A quienes discrepaban antes, como los defensores del salario, los pusieron al margen y terminaron en la invisibilidad y el silencio. ¿Qué es de la vida de Pascualina Curcio?

Ahora mismo, factores opositores que soñaban ilusamente que Trump privilegiaba la idea de ponerles en el poder, tanto que ellos en manos de él dejaron o pusieron todo, reaccionan como traicionados. Trump, es un traidor, que se asoció con Jorge y Delcy Rodríguez y a ellos los dejó en una estaca y con sus sueños rotos. Sin percatarse que, como ellos mismos, Trump no sueña, es pragmático, se vale de las ventajas que le brinda la vida sin limitaciones morales.

Lo que ahora acontece en Venezuela no se explica en sueños, falsos diagnósticos y menos en narrativas inventadas, que ubican las rupturas, las desviaciones en momentos convencionales. Si queremos de verdad hallarle explicación racional a lo desatado a partir del 3 de enero, como solía decir el mismo Chávez, “vayamos a la raíz”.

No se trata de inventar narrativas para salvar el prestigio, como hacer de cómplices salvadores, de victimarios, víctimas; de lo que se trata y demanda el movimiento popular, es revisar con pertinencia y hallar las verdaderas respuestas para hacer las correcciones necesarias.

Hablar de traidores de última hora y sepultar todo lo mal concebido porque es inherente a muchos que quedaron al margen, no precisamente por críticos o acertados, no sirve al movimiento popular para hacer correcciones, precisar las metas y menos encontrarse con los pertinentes guías o líderes.

Es sensato pensar que quienes ahora desempeñan roles en el poder ejecutivo con rango destacado, como los hermanos Rodríguez, se han excedido en sus concesiones a Trump, en lo que los acompañan mucha gente, la AN, todos los entes gubernamentales regionales y hasta el “partido” todo. Un partido que fue convertido, desde los tiempos de Chávez, en apéndice del gobierno, en lugar de ejercer la función de vanguardia y auditor. Y al intentar de verdad hallar las causas de este desenlace, como de los tantos errores cometidos, esa concepción y rol del partido, tiene demasiado peso.

Pero al hablar de “traición”, no podemos ignorar como el factor que encabeza MCM, fue desplazado hasta en la integración de la “Mesa” de diálogo; para ella y los suyos, eso fue evaluado como una traición o por lo menos como un desplazamiento, debido a motivos también dignos de estudiar con detenimiento.

Es un simplismo, un viejo lugar común, atribuir el fracaso de la mal llamada “Revolución bolivariana” a traidores de última hora. ¿Si creemos que había en marcha y hasta en cierto modo consolidada una “revolución” o cambio trascendente y digno de conservar, cómo explicarse que una simple traición de un “grupito”, pudo deshacer todo aquello en “cosa de días”, cuantificado así para no pecar de extremista?