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Soledad Morillo Belloso: La fiesta del pirata

 

Allá en los vastos y sedientos campos donde el petróleo solía brotar como la sangre viva de la patria, el sol de mediodía cae a plomo como un mazo despiadado sobre los cabezales tullidos y los balancines,  esqueletos metálicos de un país que se pudre de pie. En ese escenario despojado de la más elemental vergüenza, donde la tierra agrietada exhala un vaho insoportable a gas emulsionado y a promesas podridas, no hay pudor para rendir cuentas ni recato para disimular la rapiña: Se celebra, con la desfachatez vulgar de un gallinero enardecido, la fiesta del pirata.

Aparece el pirata, impoluto, milimétricamente planchado, exhibiendo esa lozanía insultante, casi obscena, de quien jamás ha sudado media jornada bajo el sol ni supo jamás a qué diablos huele el hollín de una refinería. Camina sobre el polvazal con la petulancia sofocante del amo que llega a repasar las cercas de la finca, secundado por el extranjero que le cuida la sombra con el servilismo adiestrado y nauseabundo del socio que aprendió muy bien la única regla del negocio: Callar, agachar la cabeza y cobrar. Es la comitiva del cinismo más puro, paseándose sin un rasgo de sonrojo y con la sonrisa desencajada de la codicia victoriosa.

Y entonces se produce el cuadro culminante, la postal definitiva de la prostitución y decadencia de la República: La sonrisa ancha hasta las orejas, el gesto empalagoso, el saludo amoroso y descarado a la jefa. Un intercambio grosero de cariñitos de fonda, una ternura grotesca entre príncipes del mismo chanchullo que apesta a guiso rancio y a complicidad de marramucia rastrera. No hay en ese contacto un solo gramo de diplomacia ni de decoro estatal; Hay la soltura desvergonzada de quienes se saben compadres de fechorías en el reparto impune del botín.

Si Carlos Rangel levantara la cabeza de su tumba y atestiguara semejante sainete, no sentiría asombro, sino una amarga, fría y lapidaria confirmación. Reconocería de inmediato las costuras deshilachadas de ese buen salvaje que mutó en el buen revolucionario, para terminar encarnado en esta última y grotesca versión: El buen pirata. Rangel nos restregaría en la cara, con esa agudeza filosa que no perdonaba utopías de cafetín ni autoengaños colectivos, que este festín no es un accidente de la historia ni un extravío ideológico, sino el triunfo absoluto y perverso del mito del resentimiento. Un sistema podrido, fundado en la mentira de redimir a los desposeídos, que acaba, inexorablemente, sirviendo de cueva y guarida al mercantilismo más rapaz, voraz y parásito que ha parido la comarca. Nos diría, con dolor analítico, que Venezuela jamás quiso curarse de la enfermedad de buscar el atajo milagroso, y que la gran estafa no reside únicamente en la mano del malandro que roba, sino en la trágica y cobarde docilidad de una sociedad anestesiada que prefirió el espejismo regalado del maná petrolero antes que la rigurosidad del trabajo y el respeto a las instituciones. Hoy no faltan las voces miserables que murmuran que esto es “mejor que lo de antes”. Como si el único pasado posible fuera la masacre y el caos, y no la gloria genuina devenida del mérito, el esfuerzo y la dignidad.

No hay pudor, porque la dignidad fue erradicada a traición en esta tierra de memorias anestesiadas y estómagos vacíos. El pirata ya ni se molesta en buscar la penumbra de los paraísos fiscales ni la sombra de las cuentas numeradas; Se pasea con chulería a plena luz del día, gesticulando entre tanques, bendecido y abrazado por los mismos redentores de utilería que vendieron la patria al mejor postor y hoy le entregan gustosos las llaves de los restos.

Ese saludo no es una cortesía: Es el sello de hierro candente de la impunidad estampado en la frente de Venezuela, la mueca burlona y despectiva de un régimen decadente que convirtió el desfalco en mérito supremo y la trampa en estirpe hereditaria. El villano ya no va a la cárcel ni se esconde en la cueva; Regresa triunfal en limousine, le sonríe a la jefa y se cobra el aplauso con la frente en alto.

Así, entre el calorón infernal, el hierro muerto y las sonrisas de compromiso tarifado al mejor postor, queda sellada la escena de esta miserable farsa criolla. Venezuela no asiste a la reconstrucción de su industria, sino al velorio y misa de cuerpo presente de su propia dignidad, donde los saqueadores de oficio no piden perdón ni esconden las manos ensangrentadas: Exigen la corona. El pirata no necesitó conquistar el mar; Conquistó el cinismo de un país exhausto y roto, marchándose con la certeza impune de que en este suelo, mientras el pueblo mastica la miseria en silencio, a los rufianes de cuello blanco siempre les quedará la alfombra roja, la bendición complaciente del poder y el derecho absoluto sobre las ruinas.

Carlos Rangel estaría triste, muy triste.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob