Lectura de finde.
Mi país no se cayó de un mapa ni se lo tragó un cataclismo. A mi país lo asaltaron a plena luz del día y a la vista de todos. No vinieron en bajeles negros: Abordaron la nave desde adentro, con la complicidad de la desidia y la violencia disfrazada de causa. Se lo fueron deshilachando entre los dedos como esos manteles viejos de hule que uno insiste en limpiar aunque ya no les quede ni el dibujo, hasta vaciarlo con la precisión quirúrgica de una mudanza clandestina y el descaro de una demolición.
Quedó trozado en una geografía de ausencias y mercancía de rapiña. Se robaron las riquezas, sí, pero ese fue apenas el botín menor; Lo verdaderamente criminal fue la expropiación de lo intangible. Se robaron el lenguaje, confiscando palabras nobles como patria y pueblo para convertirlas en consignas huecas; Se robaron la cotidianidad, esa paz sencilla de sentarse en el zaguán sin miedo, de encender la luz sin rezar para que no se vaya, o de abrir el grifo y escuchar el agua correr.
Un pedazo del país se fue embalado en una maleta de lona barata que rueda por las aceras heladas de Madrid o Santiago, cargando recuerdos: Un puñado de tierra seca, la cédula vencida con una foto de juventud que ya no nos pertenece y la llave oxidada de un pestillo que hace años dejó de trancar nada. Otro pedazo se quedó aquí, congelado en el gesto cansado de los que nos quedamos a verle las costuras al naufragio, contando las grietas de la fachada con la terquedad del que se niega a soltar la puerta de una casa sin techo.
Quedó en la ironía punzante con la que tapamos la herida para que no llore. En el portón verde de la casa de la abuela al que le creció la maleza porque ya no hay niños que corran en el patio; En el rumor del mar que sigue batiendo con la misma indiferencia salvaje mientras le buscamos respuestas al horizonte; en el eco hueco de las casas grandes donde solo resuenan los pasos de los viejos que esperan una llamada que se corta; Y en ese léxico íntimo que afuera nadie entiende —un «¿qué más?» que pesa como un abrazo o un «Dios te guarde» que ya no es fe, sino salvoconducto—.
Convirtieron una casa próspera en un galeón saqueado y a la deriva. No perdimos la tierra, perdimos la certeza. Por momentos parece que lo que queda no es un país, sino un epitafio que nos persigue a donde vayamos; y tienta pensar que la casa ya fue ocupada por la sombra de lo que nunca volveremos a ser.
Si Andrés Eloy Blanco levantara hoy las uvas del tiempo para asomarse a este desgarro, nos hablaría con la urgencia del poeta que nunca toleró la desdicha patria. Nos diría que el país no se ha borrado del mapa, sino que nos lo han echado a la espalda como una cruz de caminos y nostalgias; que a los arados de la esperanza los robaron los mercaderes del verbo, esos que cambiaron el pan por consignas y la paz por el éxodo. Nos recordaría, con la madera firme de sus décimas y la ternura terca de sus asombros, que mientras quede un venezolano en cualquier rincón del mundo guardando el calor de una sobremesa o nombrando con devoción la tierra ausente, el país sigue vivo, agazapado en el pecho como una brasa que espera el fuego nuevo para volver a encenderse.
Ah, los piratas cometen siempre el mismo error de cálculo: Creen que adueñarse de las paredes es adueñarse del alma. Se quedaron con el cascarón, con el edificio en ruinas y con el botín de lo efímero, pero el país verdadero se les escapó entre los dedos.
Está guardado en el cofre indestructible de nuestra memoria, en el acento de la canción con la que arrullamos a los niños, en la terquedad del que sigue sembrando en el patio de siempre y en la dignidad intacta de los que se niegan a olvidar y a rendirse. Un país no es el suelo que pisan los tiranos; Un país es la gente que lo lleva por dentro, encendido como una brasa que ninguna tempestad ha podido ni podrá apagar.
Llegará el día en que la marea vuelva a subir. Y cuando el tiempo borre la huella de los saqueadores, descubriremos que la casa nunca estuvo perdida: Solo estaba esperando que la volviéramos a habitar con la luz de todo lo que tuvimos el coraje de salvar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob


