Al magnate sin escrúpulos devenido en presidente de Estados Unidos (por segunda vez) —ese hombre que convirtió la política estadounidense y planetaria en un espectáculo de utilidades, aplausos y egolatría— le importa un pito si Venezuela recupera la democracia. La democracia venezolana no es para él y su séquito una causa ni una urgencia: Es un ruido molesto, un tema que estorba, que aburre, que no encaja en su libreto de grandiosidad personal. La tragedia venezolana, con su diáspora, sus presos políticos, sus escuelas hechas escombros, su sistema de salud convertido en antesala de la muerte y su país hecho añicos, no le produce rédito, no le mueve la aguja electoral, no le sirve para nada, salvo para convertir la tragedia en “oportunidades de negocio”.
El hombre (y sus repetidores de parlamentos) usa la estrategia del chisme, del bulo, del rumor. No gobierna con principios, sino con susurros. No construye política, sino intriga de albañal. Le basta un comentario lanzado en un pasillo, una filtración interesada, un rumor sembrado en la prensa amiga para mover piezas, distraer audiencias, manipular percepciones. La democracia —esa palabra que debería ser brújula moral— se vuelve para él un accesorio retórico, algo que se menciona cuando conviene y se archiva cuando estorba.
Por eso, lo que sea que haya costado la operación para llevarse a Maduro y a su mujer aquella madrugada de enero —esa operación que ocurrió entre sombras, helicópteros, explosiones, tiroteos y silencios— ya fue facturado y cobrado, con sobregiro. Sin épica, sin heroísmo, sin romanticismos. Fue una transacción, un servicio prestado, un encargo negociado y cumplido. “Alguien” pagó, “alguien” cobró, “alguien” archivó la carpeta bajo “asunto resuelto” con el sello “top secret”. La política reducida a logística; La madrugada convertida en comprobante de pago.
Y ahora, en la agenda, toca el capítulo “acuerdos”. Léase: puro negocio. Nada de principios, nada de convicciones, nada de brújulas morales. Solo cálculo, solo intereses, solo la frialdad de quien negocia como quien remata propiedades: sin mirar el paisaje, sin pensar en las vidas que se juegan, sin importar el país que queda detrás.
Y aquí entra Arthur Miller —a quien el señor seguramente no sabe quién fue y confunde su nombre con algún dueño de tugurio de mala muerte en los barrios bajos de algún puerto— para decir lo que él jamás entendería: «El carácter de una persona lo determinan los problemas que no puede eludir y el remordimiento que le provocan los que ha eludido».
Ese remordimiento no existe en él. No hay conciencia, no hay peso moral, no hay sombra que lo alcance. Solo negocio. Solo cálculo. Solo la comodidad de quien elude todo y jamás mira atrás.
Ya pueden las mentes venezolanas más lúcidas y expertas gastarse horas y días en tratar de explicar las complejidades de los negociados en proceso. Pueden desmenuzar cláusulas, interpretar silencios, descifrar gestos, reconstruir cronologías, especular sobre intereses cruzados, proyectar escenarios, advertir riesgos, señalar trampas. Pueden escribir columnas, dar entrevistas, participar en foros, elaborar análisis que intenten poner orden en el caos y sentido en la opacidad. Pueden, incluso, intentar encontrar lógica donde solo hay conveniencia, ética donde solo hay cálculo, estrategia donde solo hay improvisación.
Pero todo ese esfuerzo intelectual —valioso, necesario, admirable— choca contra una pared que no se mueve: El negocio ya está en marcha y quienes lo operan no sienten obligación alguna de explicarlo. No les interesa la transparencia, ni la institucionalidad, ni la democracia, ni la historia. Les interesa el rendimiento personal. Les interesa la factura. Les interesa el acuerdo que les conviene hoy, no el país que se desangra desde hace años. Y mientras los analistas venezolanos se desgastan tratando de iluminar la penumbra, ellos avanzan sin mirar atrás, sin remordimiento, sin responsabilidad, sin siquiera la cortesía de fingir que les importa.
Por eso, este capítulo llamado “acuerdos” no es un proceso político: Es un inventario. No es una negociación: Es una liquidación. No es un camino hacia la democracia: Es una transacción más en la larga cadena de transacciones que han reducido a Venezuela a mercancía. Y mientras las mentes más lúcidas intentan comprender, ellos ya pasaron la página, ya hicieron caja, ya cerraron el trato, ya están pensando en el próximo negocio.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

