Venezuela tuvo —y la tuvo con orgullo, con esa altivez silenciosa de quien sabe qué hace las cosas bien— una élite petrolera forjada con rigor, con ciencia, con años de estudio y sudor. Gente que no improvisaba, que no jugaba a ser técnico, que no confundía una válvula con una consigna ni un cálculo con un aplauso. La industria invirtió fortunas en ellos porque entendía que su poder no estaba en los discursos sino en el conocimiento, en la disciplina, en la ética. Esa gente sostuvo al país en bonanza y en crisis, en expansión y en tormenta. Eran la columna vertebral de una nación que vivía —aunque no siempre lo supo— de su capacidad para hacer bien las cosas.
Y entonces llegó la demolición. Primero Chávez, luego Maduro, ahora la interina. Un trío que comprendió que para controlar el poder había que dinamitar en “la industria” a quienes sabían ejercerlo con profesionalismo. No fue accidente. No fue torpeza. Fue diseño. Botaron a patadas a miles de profesionales que conocían la industria como se conoce una casa vivida: Cada ruido, cada sombra, cada riesgo. Y en su lugar metieron una fauna de depredadores que llegó sin saber, sin querer aprender y sin intención alguna de trabajar. Gente sin ética, sin moral, sin principios, sin valores. Gente que veía la industria como botín, no como responsabilidad; Como trofeo, no como misión.
Servilismo, sí. Sin disimulo. Sin pudor. Sin siquiera el esfuerzo mínimo de fingir decencia. Lo metieron en PDVSA como se mete moho en una casa abandonada: primero la mancha, luego el olor, después el derrumbe. Y cuando tú, venezolano, quisiste darte cuenta, ya no quedaba estructura, solo la costra pegajosa de la obediencia ciega. Ese servilismo fue la herramienta perfecta: un ejército de personas que no cuestionan, que no entienden, que no deciden, que solo acatan. Llegaron a ocupar puestos, no a ejercerlos. A cobrar, no a producir. A obedecer, no a pensar. La industria dejó de ser industria y pasó a ser un corral donde la consigna manda y la ignorancia gobierna.
La Venezuela de hoy es el negativo perfecto de aquella que construyó “la industria”. Lo que antes fue meritocracia rigurosa se transformó en un ecosistema de mediocridad organizada. La empresa que alguna vez fue modelo terminó convertida en un potrero donde la lealtad política vale más que la competencia, donde el cálculo fue sustituido por la consigna, donde la ignorancia se volvió requisito. Esa degradación moral —esa obediencia que no piensa, que no duda, que no sabe— explica por qué el país siente que está atrapado en un presente sin brújula y un futuro hipotecado.
Y ese servilismo sin disimulo —esa obediencia que no piensa, que no duda, que no sabe— es exactamente lo que queda expuesto en las rúbricas de esos acuerdos donde las sonrisas no son gestos diplomáticos sino acatamientos de órdenes. Son sonrisas que no celebran nada, que no anuncian nada, que no representan nada. Son sonrisas que obedecen. Son la mueca del subordinado que firma porque le dijeron que firme, que asiente porque le ordenaron asentir, que sonríe porque la foto lo exige. En esa obediencia se revela la magnitud de la degradación: Un país reducido a firmar lo que otros dictan, con representantes que ya no representan, con funcionarios que ya no deciden, con una industria magreada, saqueada, desfondada. Todo lo que alguna vez fue mérito, rigor y dignidad terminó sustituido por esa mueca servil que hoy se estampa en documentos que hipotecan el futuro de todos nosotros, incluso de los que aún no han nacido. País tasajeado.
Es de esperar que pronto anunciarán que el himno nacional y la bandera, como hacen con la soberanía, también han sido suspendidos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

