El asunto de la persecución del gobierno norteamericano a los venezolanos en Estados Unidos se está poniendo color de hormiga amazónica en celo. No es exageración ni metáfora antojadiza: es la temperatura exacta de un clima que se ha ido espesando con torpeza, miedo mal digerido y esa pulsión primitiva que, cuando se mezcla con poder, termina pariendo monstruos.
El señor Trump mueve fichas como quien juega en un casino de carretera, con trucos que ni el crupier más desesperado aceptaría. No hay estrategia ahí: hay esa infantilidad peligrosa de quien cree que gobernar es reaccionar, no pensar. La política migratoria se ha convertido en un tablero donde se empujan piezas sin mirar que cada una es una vida, una historia, un país entero cargado en una mochila.
Pero él no es lo que me descoloca. Trump es predecible en su impredecibilidad; opera por impulso, no por razón. Lo que me deja sin aliento es ver a algunos venezolanos —aquí y allá— celebrando, justificando o volteando la cara como si esto no fuera con ellos. Como si la humillación ajena no les rozara. Como si la persecución fuera un espectáculo y no una advertencia. Esa fractura moral es más peligrosa que cualquier decreto, porque no viene de arriba: viene de adentro. De ese hábito perverso de aceptar que nos revisen, nos sospechen, nos clasifiquen, nos pongan en listas como si fuéramos una categoría aparte de seres humanos.
Cuando uno se acostumbra al maltrato, termina explicándolo. Termina diciendo que “algo habrán hecho”, que “no es para tanto”, que “a mí no me afecta”. Esa frase —“a mí no me afecta”— es la semilla de tragedias colectivas. Y hay venezolanos que aplauden estas medidas porque creen que no les tocará. Porque se imaginan a sí mismos como “los buenos”, “los legales”, “los que trabajan”, “los que no se meten en problemas”. Como si la arbitrariedad distinguiera. Como si la persecución tuviera la cortesía de preguntar primero. Como si la historia no estuviera repleta de episodios donde los que celebraron la primera redada terminaron en la tercera.
Aquí es donde la torpeza política se junta con la fractura moral. Estas medidas no nacen de una estrategia: nacen de la necesidad de mostrar fuerza, de fabricar enemigos fáciles, de convertir a los inmigrantes en símbolos de desorden. Es el truco viejo de siempre: cuando el poder se siente acorralado, busca culpables que no puedan defenderse. Y los venezolanos —dispersos, vulnerables, cargando un país roto como un peso en la espalda— son ahora un blanco perfecto. Lo que sorprende no es que el poder actúe así; lo que sorprende es que algunos venezolanos lo aplaudan.
Si uno abre la lente, si uno mira la historia, la escena se vuelve más inquietante. No es la primera vez que un grupo inmigrante es convertido en sospechoso por el simple hecho de existir. La burocracia, cuando se pervierte, se vuelve arma. Los papeles se vuelven cadenas. La identidad se vuelve delito. Y siempre empieza igual: con medidas “temporales”, con controles “necesarios”, con discursos que hablan de “orden”. Luego vienen las listas, las redadas, las deportaciones selectivas. Y siempre hay quienes dicen que no es para tanto, quienes creen que no les tocará.
Por eso es tan grave que algún venezolano mire esto con buenos ojos. Porque significa que no vemos que lo que hoy se aplica a unos mañana se aplica a otros. Que no entendemos que la persecución, una vez desatada, no hace distingos. Y que la única defensa real ante la arbitrariedad es la solidaridad, esa que algunos han dejado oxidarse.
No se puede convertir en delito, a posterior, aquello que en su momento fue legal. La historia ya mostró —con una brutalidad que no admite dudas— lo que ocurre cuando un Estado decide torcer el tiempo para castigar retroactivamente. Eso hizo el nazismo: redactó leyes para perseguir a quienes, hasta el día anterior, no habían cometido falta alguna. Y ese artificio jurídico terminó costando persecuciones, vidas, y una herida que todavía supura en la memoria del mundo.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

