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Soledad Morillo Belloso: Venezuela en una taza

 

Nunca he sido de esos que cargan el alma con complejos ajenos, creyendo que lo venezolano es un ensayo imperfecto de lo que hacen otros países. No. Yo crecí sabiendo que este país, con su mezcla de terquedad y ternura, tiene un brillo propio. No soy pedante —esa enfermedad del espíritu que vuelve a la gente insoportable— pero sí creo que hay que aprender a valorar lo nuestro, a mirarlo sin la neblina de la desconfianza, con la certeza de que aquí también se hacen cosas que merecen aplauso.

SMB café

Hoy, por uno de esos regalos inesperados que la vida me deja en la puerta como quien deja una fruta madura en la ventana, descubrí un lugar que ni sabía que existía. Un sitio pequeño, sin pretensiones, sin esa manía de disfrazarse de lujo. Pero ay, qué lujo es. Un lujo silencioso, íntimo, de esos que se sienten en la piel. Un club de café. Un templo chiquito donde cada centímetro parece bendecido por la paciencia y el cariño. Un espacio que despierta los sentidos y las pasiones, que hace que uno respire más hondo, como si el aire tuviera memoria.

Su lema es una declaración de identidad: “Venezuela en una taza”. Y no es metáfora vacía. Es verdad líquida.

Hablamos de café, claro. Ese compañero que ha estado en nuestra historia desde los albores del país. Café que a mí me huele a amaneceres en los cuatro costados de Venezuela, a madrugadas de ordeño, a cocinas honestas, a patios con gallinas, a conversaciones que se alargan porque nadie quiere despedirse. Café que es trabajo, tierra, sudor, paciencia. Café que es Venezuela.

Dije hace poco que creo más en los mínimos que en los máximos. Y hoy lo confirmé. Este lugar no pretende ser catedral ni monumento. Es un mínimo perfecto: un rincón que honra un producto enorme. Un gesto bien hecho. Una reverencia a lo nuestro.

Y esto que escribo no es publicidad. Es reconocimiento. Aplausos a unos venezolanos que hacen bien lo que saben hacer, que entienden que la excelencia no necesita gritar. Y sí, pido perdón por este hallazgo tan tardío. Pero la dicha nunca llega tarde cuando es buena. Y esta fue buena de verdad.

La vida (que escogió la gentileza de un amigo como su instrumento) me llevó esta mañana al municipio Baruta, a La Tahona, justo al lado del Instituto Universitario Avepane. Un lugar entre árboles hermosos, donde la felicidad parece posarse en las ramas como un pájaro confiado. Allí está ese club de café que no presume, no compite, no exagera. Solo existe. Y al existir, deslumbra.

Entre el aroma profundo, las tazas tibias y la luz que se filtra entre las hojas, recordé que Venezuela se construye así: en pequeños actos de belleza, en manos que trabajan con amor, en espacios que honran lo que somos.

Porque lo venezolano —cuando se hace con rigor y cariño— es un lujo. Un lujo de esencia, no de ostentación. Un lujo que se lleva en el alma.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM