En Venezuela, el tiempo se deshace alrededor de lo que no empieza. Se vuelve mugre pegada en las esquinas, esa que nadie limpia porque los que mandan andan ocupados diciendo que ya casi la van a limpiar. Antes de cualquier acción aparece la misma tranca de siempre: Una pega babosa, una fricción que no mueve nada pero raspa como papel de lija. Esa fricción se come la atención, la energía, la paciencia; es como esas colas eternas donde nadie avanza, pero todos sudan y se resignan porque, bueno, “¿qué más?”.
Lo que no se inicia se vuelve bulto. Estorbo. Trapo viejo tirado en medio del pasillo. La postergación es oficio de quienes deciden: Se chupa las horas, se bebe los días, pero no produce ni medio resultado. Es un intervalo que se estira como chicle barato, un tiempo que se gasta sin que la rueda llegue a girar.
El comienzo siempre cobra caro. Allí se siente la resistencia, la flojera, la dispersión. Por eso las tareas no iniciadas devoran más tiempo que las que ya deberían estar en marcha; Son como esos trámites que se vuelven eternos antes de que uno siquiera llegue a la taquilla. El país vive en esa antesala perpetua, como esperando turno en una oficina donde nunca llaman a nadie.
El tiempo invertido en lo no iniciado no es vacío: Es muermo. Tiempo drenado por la anticipación, por la preparación que nunca se concreta, por la tensión entre lo que se dice y lo que jamás se hace. Por eso lo que no empieza ya está cobrando factura, incluso antes de existir como acto.
La política venezolana funciona igualito. Produce palabras como fábrica de panfletos mal impresos: Declaraciones, comunicados, entrevistas, ruedas de prensa, promesas recicladas. La mesa de negociación habla como si hablar fuera acción. Se multiplican los anuncios, las intenciones, los “estamos trabajando en eso”, como si el país fuera un eterno borrador que nunca se pasa en limpio.
Pero la realidad no se mueve. La distancia entre lo dicho y lo hecho es estructural. La visibilidad sustituye a la eficacia: Ruido disfrazado de avance, exposición disfrazada de resultado. La mesa habla, pero no actúa. El régimen logra su objetivo: Ganar tiempo. Se fabrican expectativas sin sustancia, se anuncian procesos que no arrancan, se proyectan acuerdos que nacen muertos. El tiempo se consume en la retórica, en la promesa, en la pose, mientras la ejecución sigue en coma.
El país queda atrapado en un limbo, un estado de animación suspendida donde el palabrerío ocupa el lugar de la gestión. La narrativa reemplaza a la acción. El paisaje es un páramo de transformaciones: Ruido que no mueve nada, inicio que nunca llega. Nada pasa.
Y ya nadie sabe si esto ocurre por pereza —pecado capital practicado con devoción— o por el afán de ganar tiempo, de empujar el olvido, de correr la arruga. Todo queda para después, para “cuando se den las condiciones”. Mientras tanto, los que deciden están cómodos, instalados en sillas mullidas, sin prisa por mover un dedo. ¿Será que no quieren que nada cambie porque el estancamiento les sirve: tibio, manejable, silencioso? Todo sigue vago, sin fecha fija, sin peso específico, sin forma. Gatopardismo puro.
Hablan de noviembre y diciembre como si fueran comodines. Maduro adelantó las navidades; la mesa, en cambio, parece querer empujarlas para el año que viene… O para cuando “se pueda”. Calendario en pausa, sin cronograma, esperando un “aviso” que nunca llega. Parece que no saben contar los días que ya van.
El país quiere aplaudir a la mesa, pero necesita acciones, no solo comunicaciones.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

