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José Andrés Rojo: Estados Unidos y el viejo soplo de libertad

 

Si Europa fuera un café o una plaza, lo que sus ciudadanos harían ahora allí es deshojar una margarita. ¿Me quiere? ¿No me quiere? En lo que andarían pensando es en lo que ocurre al otro lado del charco. Hubo un tiempo, después de la Segunda Guerra Mundial, en que una parte de los países del Viejo Continente remó en la misma dirección que Estados Unidos. Más allá de los recelos y del malestar que producían algunas de sus políticas, existieron algunas áreas donde hubo una buena sintonía: la idea de construir un orden multilateral, el afán por repartir mejor los recursos —el Estado de bienestar—, una sociedad abierta y con vocación de ampliar derechos a las minorías, el predominio del mercado frente a una rígida planificación de la economía.

En este momento, sin embargo, hay otro inquilino en la Casa Blanca y, ante el desprecio con que los trata, los europeos también se están preguntando si de verdad les merece la pena, si les compensa unir su suerte a ese tipo demasiado narcisista, con ademanes de matón de barrio, sin principios, burdo y prepotente, que se mete en guerras disparatadas, que solo piensa en hacer negocios y que cada vez les otorga más poder a los oligarcas de las grandes tecnológicas para gobernar el mundo a su capricho. Mañana se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Es difícil no compartir una afirmación que está incluida en el segundo párrafo de ese documento: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. ¿Qué ha quedado de todo eso? ¿Sintoniza Donald Trump con ese viejo soplo de aire fresco, con el espíritu que late detrás de aquellas palabras redactadas en 1776 por Thomas Jefferson? ¿O tiene, más bien, otro plan?

Ese es el auténtico misterio de la trama diabólica en la que está enredado el mundo entero: si la presidencia de Trump es solo un paréntesis y que, por tanto, tarde o temprano volverá a ser la democracia el sistema —el menos malo de todos— por el que merece la pena seguir luchando, o si más bien se impondrá la lógica de los imperios, donde las cosas están subordinadas a los caprichos del más fuerte. Trump apunta hacia esta última dirección, la de destruir cualquier tipo de contrapeso que frene su desmesurada ambición de tenerlo todo bajo su control (y el de los suyos). Lo malo es que los líderes de los otros proyectos que tienen hoy peso (Xi Jinping, Vladímir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Narendra Modi, Benjamín Netanyahu…) llevan tiempo tirando también por ese camino.

El historiador Tony Judt le explica en Pensar el siglo XX (Taurus) a su colega Timothy Snyder que no se le puede otorgar a ningún partido político o persona en concreto “la autoridad para regular y determinar todas las normas y las formas de un vida pública bien ordenada”. “La buena sociedad, como la bondad misma”, dice, “no puede reducirse a una sola fuente; el pluralismo ético es la condición previa y necesaria para una democracia abierta”. Esa es la batalla que los europeos tienen que seguir librando, y lo que toca celebrar 250 años después de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, que todos somos iguales y que no hay tirano que pueda dictar una única dirección a la pluralidad de proyectos que laten en cada sociedad.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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