La Declaración de Independencia de EE UU está llena de contradicciones morales, igual que la nación fundada por quienes la redactaron. El preámbulo afirma que “todos los hombres son creados iguales” y que los poderes del Estado deben derivarse del “consentimiento de los gobernados”. Sin embargo, la mayoría de los firmantes poseían esclavos, hombres y mujeres en mayor o menor número. A lo largo de su vida, Thomas Jefferson, el autor principal del documento, forzó a más de 600 esclavos negros a trabajar en su hacienda de Virginia.
La Declaración condena al rey Jorge III de Gran Bretaña por “una historia de repetidos agravios y usurpaciones” cuyo “objetivo” era “el establecimiento de una tiranía absoluta sobre estos estados”. La mayoría de esos agravios fueron intentos del monarca (y el Parlamento) de limitar o eliminar el gobierno popular en las 13 colonias. Pero el documento también culpa al rey de permitir que “los despiadados indios salvajes” de la frontera asesinaran a americanos “de todas las edades, sexos y condiciones” que, al fin y al cabo, habían invadido sus tierras. En definitiva, desde el principio, Estados Unidos fue una nación dedicada a asegurar la libertad de la mayoría de sus habitantes pero que, al mismo tiempo, animaba a los blancos a apropiarse de las tierras y los recursos indígenas y a expandir la institución de la esclavitud.
Sin embargo, los ideales expresados en la Declaración se convirtieron en inspiración esencial para los nuevos estadounidenses, que hicieron todo lo posible para construir una república que estuviera a la altura de sus promesas y corrigiera sus graves defectos. Aquellos ideales dieron a los reformistas y los radicales un fundamento de legitimidad patriótica para su labor. Al detallar de qué forma el rey Jorge III había mentido y maltratado a los colonos estadounidenses, estableció el principio de que los gobiernos deben proteger y promover el bienestar de sus ciudadanos. Los firmantes exponían sus motivos no solo ante sus compatriotas estadounidenses, sino ante “un mundo imparcial”. La independencia de las 13 colonias debería interesar a cualquier persona, en cualquier lugar, que creyera que el único remedio contra la autoridad tiránica era que los pueblos se gobernaran a sí mismos.
Llenos de entusiasmo democrático, los estadounidenses rebeldes iban a utilizar el texto del documento fundacional para impulsar sus diversas causas progresistas. En 1848, una convención sobre los derechos de la mujer celebrada en Seneca Falls, Nueva York, promulgó una Declaración de Sentimientos y Resoluciones en la que se decía: “Sostenemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres y mujeres son creados iguales” (la cursiva es mía). Por eso reivindicaban el derecho de las mujeres a poseer sus propios bienes, a votar y a ejercer cargos públicos.
El Día de la Independencia de 1852, el abolicionista negro Frederick Douglass pronunció un discurso indignado y lleno de elocuencia en el que preguntó: “¿Qué significa el 4 de julio para un esclavo?”. Él mismo había sido esclavo y había conseguido escapar; entonces proclamó una desagradable verdad ante su público, mayoritariamente blanco: “Vuestra celebración es una farsa; vuestra tan cacareada libertad, una licencia sacrílega; vuestra grandeza nacional, mera vanidad desmedida; vuestros gritos de júbilo, vacíos y desalmados; vuestras denuncias contra los tiranos, una desvergüenza absoluta; vuestros gritos de libertad e igualdad, una burla hueca”. Sin embargo, al final de su discurso, Douglass predijo el fin de la esclavitud, “alentado por la Declaración de Independencia, los grandes principios que contiene y el genio de las instituciones estadounidenses”.
Durante el siglo siguiente e incluso más, los movimientos sociales estadounidenses, para motivar a sus miembros e intentar convencer a más gente, recurrieron a proclamaciones y declaraciones inspiradas en la que redactó Jefferson en 1776. En 1876, con motivo de su centenario, una Unión Política Negra hizo pública una Declaración de Independencia Negra y un Partido de los Trabajadores publicó un manifiesto en el que se destacaban los “agravios repetidos” infligidos a los trabajadores asalariados. En 1895, Eugene V. Debs, el socialista más popular de la historia de Estados Unidos (al menos hasta la llegada de Bernie Sanders), aseguró ante sus seguidores que “el espíritu del 76 sigue vivo. Las llamas de la libertad y las nobles aspiraciones no se han extinguido. La reivindicación y la glorificación de los principios de gobierno americanos, tal como se anunciaron al mundo en la Declaración de Independencia, son el noble propósito de esta convocatoria”.
En 1933, en el peor momento de la Gran Depresión, las Ligas de Desempleados, dirigidas por el socialista A. J. Muste, parafrasearon las palabras de Jefferson para resaltar las penurias económicas que sufrían los estadounidenses de a pie: “Cuando, en una nación que posee recursos ilimitados, además del mayor equipamiento industrial y de transporte que jamás ha conocido el mundo, se produce una situación en la que millones de ciudadanos se ven obligados a vivir en la indigencia y el hambre más absolutos, … tienen el deber de organizarse para cambiar esas condiciones”.
La Declaración de Independencia original tuvo gran influencia no solo en el país que ayudó a crear. Numerosos pueblos de todo el mundo se vieron afectados por lo que el historiador David Armitage denomina “un contagio de soberanía” y llevaron a cabo sus propias declaraciones en las que anunciaban su liberación del dominio extranjero. La tradición comenzó en Haití en 1804, corrió como la pólvora por los países americanos que se independizaron de España, y se extendió a muchos países de Asia y África que celebraron la liberación de los imperios coloniales después de la Segunda Guerra Mundial. El día en que terminó la guerra, en 1945, Ho Chi Minh compareció ante una muchedumbre en Hanói y repitió literalmente las famosas palabras que habían encendido el ánimo de los patriotas estadounidenses en 1776: “Todos los hombres son creados iguales. Su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. No mucho tiempo después, Ho dirigía a su país, Vietnam, en un largo y sangriento conflicto contra la misma nación en la que se habían escrito esas palabras.
En las últimas décadas, muchos activistas e intelectuales de la izquierda estadounidense han dejado de citar la Declaración como inspiración de los drásticos cambios que pretenden instaurar en la política y la cultura del país. Creen que apelar a los grandes valores del nacimiento de la nación niega la realidad de que EE UU se construyó a costa de los pueblos indígenas, los esclavos africanos y los inmigrantes pobres. ¿Por qué alabar los ideales fundacionales de un leviatán “colonialista” cuyas ansias de conquista solo se frenaron con una derrota militar, como ocurrió en Vietnam?
Pero la mayoría de los estadounidenses se sienten orgullosos de los valores que defiende su país y la mejor expresión de ese credo sigue siendo el manifiesto redactado en Filadelfia hace 250 años, por muy hipócritas que fueran Jefferson y los líderes que le sucedieron. Como escribió Todd Gitlin, antiguo líder de la Nueva Izquierda, a principios de este siglo: “Ha llegado la hora del patriotismo de la mutua ayuda, no solo de exhibiciones simbólicas, ni de catecismos ni de autocomplacencia. Ha llegado la hora de reducir la discrepancia entre la nación que amamos y la justicia que también amamos. Ha llegado la hora de que la verdadera América se ponga en pie”.