A la crisis de legitimidad y de una gestión gubernamental que nadie en su sano juicio puede aprobar, se suma el salario como problema. Este esclerótico socialismo neoliberal ha colocado a la clase trabajadora en condiciones inhumanas que violan todos los acuerdos internacionales, suscritos por el Estado en materia laboral. Después de un cuarto de siglo de mal gobierno, el trabajador -como el país- se encuentra en la penuria más vergonzosa de la historia contemporánea, con condiciones de vida insufribles.
A manera de ilustración, uno se pregunta ¿por qué los jubilados del Ministerio de Educación tienen una exclusiva y paupérrima remuneración?, ¿por qué no cobran los cestatikets cuando debería ser un derecho ganado?, ¿será que dejaron de alimentarse para solo mendigar medicamentos? En otro punto, ¿cómo se explica que un docente venezolano que logró varias jubilaciones legalmente en distintos entes gubernamentales (nacional, estadal o municipal) recibe apenas por ello un solo pago: el bono de guerra, que no tiene incidencia alguna sobre su salario? ¡Una crueldad!
Bajo este panorama, para el personal activo, lógicamente no tiene ningún sentido laborar en varias instituciones (o cargarse de horas académicas) porque por más trabajo que acumule, solo percibirá un único bono de guerra también sin incidencia. ¿Entonces para qué trabajar 54 horas en 1 o 2 entidades educativas, cuando por 18 horas en una sola institución, la remuneración es la misma? Esta absurda e irrazonable situación laboral está obligando a los docentes a renunciar horas académicas, lo que agrava aún más el déficit de profesionales de la educación a lo largo del mapa nacional (¿qué pasará en la mente de los gobernantes?).
En materia de prestaciones sociales la escena es más fatídica. Luego de 25 o 30 años solo te espera una compensación de 100$, quizá menos debido a la devaluación vertiginosa de la moneda nacional (eso fue lo que percibió quien escribe este artículo en la Alcaldía del Municipio Sucre del Estado Miranda, entidad que no depende del situado constitucional, puesto que maneja ingresos propios en más del 90% de su presupuesto y, aun así, se niega a honrar con mayor mérito la vida útil de sus educadores). En síntesis, el régimen liquidó el diálogo social, le arrebató al trabajador una conquista laboral de años de lucha, un derecho inalienable que desenmascara la verdadera naturaleza de quienes en la actualidad ostentan el poder.
Así las cosas, ni vacaciones ni aguinaldos ni jubilaciones. Nada de nada. En esta coyuntura el trabajador se encuentra en un total desamparo, en una indefensión absoluta, sin que nada ocurra, sin que nadie haga o diga algo. En esta hecatombe de aguinaldos fraccionados que no alcanzan para comprar el medio cartón de huevos (menos de 2$) y bonos vacacionales que fueron la misma burla, ¿cómo no esperar una solución del cielo, de Dios, de dónde sea, que sacuda el estado de cosas que hoy oprime a la nación?
En este despojado horizonte no puede existir “unión nacional” (¿cómo acompañar a quién mata de hambre al pueblo?, ¿en defensa de qué?) y mucho menos “navidad”, no solo porque no estamos en el último mes del año, sino que es abrupto (¿fascismo goebbeliano) presionar a la familia venezolana que aún no ha comprado todos los útiles, para ponerla a sufrir gastos festivos que no puede sufragar. En esta despótica (¿distópica?) realidad no hay nada que normalizar, se debe retomar de a poco como Sísifo la lucha por los derechos reivindicativos del trabajador.

