ABC de la política.
En estas líneas haremos un análisis sobre el informe Latinobarómetro 2024, que me ha tenido pendiente, ya que abre un espacio a la resiliencia a nuestras democracias imperfectas, endebles o deficientes, como las queramos llamar. El documento refleja el deterioro democrático que venía en picada desde el 2010, que se detiene en el año 2024 cuando llega el apoyo al 52%, refleja el informe: “…Se acaba el pesimismo económico con que salimos de la pandemia y se produce un récord de presión de expectativas sobre los gobiernos, la gente cree que estará mejor en el futuro de lo que estarán sus países, lo cual es una contradicción”.
Resultado que me obliga a hacer una reflexión sobre Latinoamérica, que cuentan una misma historia de sometimiento español, caudillismo, de lucha independentista, de división social, revoluciones, dictaduras militares, desigualdad social, pobreza, democracias de derechas e izquierda, y ahora, pleno siglo XXI de autoritarismos; con unos rasgos comunes de personalismo, populismo y en grado superlativo la corrupción; donde la ciudadanía siempre ha estado alejada, apartada e impotente, frente a los malos gobiernos.
Hemos transitado procesos políticos que describen el informe analizado, haciendo referencia a la opinión de Hirscman y Marshall, que en el siglo XVIII se consolida la ciudadanía, el siglo XIX la ciudadanía política y el XX la ciudadanía económica que conlleva al estado del bienestar; por lo que pareciera que, y esto es mío, ahora el siglo XXI las demandas sociales privan sobre la política.
En efecto, en estos tiempos los gobiernos y los ciudadanos se han ensimismado, cada quien a ocupándose de lo suyo. Con un estilo de gobernar que me recuerda al caudillo. A ese líder, cacique, jefe, fuerte, inteligente, sagaz, que arengaba a la gente para saltar haciendas para, literalmente, repartirse el botín. Comportamiento que quedó en el ADN de los gobernantes, no tengo aliados sino incondicionales, no tengo adversarios sino enemigos a vencer, imponiendo su voluntad de hierro. Que atraviesa el Zeitgeist de la colonia, a la lucha independentista, a la post guerra y se incrusta en la democracia a través de los partidos políticos.
Una cultura política cómoda para las dictaduras desde Jorge Rafael Videla (1976-78), en Uruguay Juan María Bordaberry (1972-73), en Bolivia Hugo Banzer (1971-78), en Chile Augusto Pinochet (1973-1990), en Brasil Humberto Castillo Blanco (1964-85), en Paraguay Alfredo Stroessner (1954-89), en Colombia Gustavo Rojas Pinilla (1953-57); hasta en Venezuela con Marcos Pérez Jiménez (1954-59). Que sobrevive a las democracias a partir de los años 70, cuando comienza una ola de victorias electorales de candidatos de izquierda y de derecha. Gobiernos que han llegado por elecciones pero que una vez que ganan limitan la libertad de prensa, controlan los poderes públicos y tergiversan la ley en función de sus intereses.
Es el mismo caudillo que patenta la democracia en la forma, llega a través de elección y después se ocupan de fortalecerse para ganar nuevamente, lo importante es ganar a costa de lo que sea. Así todos vimos con estupor a un Bolsonaro llamando a un golpe de estado al perder las elecciones contra Lula.
El mismo caudillo que exacerba el personalismo político y no quiere abandonar el poder, por nada del mundo. Cambiando las constituciones con ese único propósito.
Que, además, necesita dinero para satisfacer sus necesidades personales y las de su partido político, dejando que los demás se corrompan para controlarlos. Con ello, en 8 países 22 presidentes han sido acusados por corrupción. En Perú todos sus expresidentes vivos, democráticamente elegidos, están o estuvieron presos, perseguidos o condenados por la justicia de su país: Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo, Alberto Fujimori (1990-2001), Alejandro Toledo (2001-2006), Alan García (1985-1990; 2006-2011), Ollanta Humala (2011-2016), Pedro Pablo Kuczynski (2016-2017), Pedro Castillo (2021-2022), fue detenido después de intentar un golpe de Estado en 2022.
De allí, que el continente atraviese una crisis estructural con el agotamiento de la política, la desconfianza en los políticos, en los partidos políticos y en las instituciones, donde no hay respuesta a las demandas sociales. Por lo que, a mí juicio, los ciudadanos racionalizan su bienestar ocupándose de su superación personal, sin sentido de país.
Pienso que el informe acierta cuando dice que la gente se está volviendo resiliente. Ya que al ver que no tienen herramientas para cambiar la realidad descrita decide alejarse más, de lo que estaba, de la política, para superarse ellos. Porque la resiliencia no es sólo la capacidad de adaptarse a situaciones adversas, sino superarlas y salir fortalecidos de ellas, desarrollando nuevas habilidades y perspectivas.
Entonces, se adapta para atravesar la ola, tipo sunami, que significan los malos gobiernos, contra los cuales no tienen herramientas para defenderse. El Estado a través del uso coercitivo de la fuerza pública amedrenta, enjuicia, empobrece… mientras el ciudadano sólo tiene el voto. Cuyo ejercicio es una herramienta valida cuando están presentes los valores y principios democráticos para su implementación, pero no cuando es manipulado y controlado por el sistema electoral.
A la afirmación de que la democracia se puede volver resiliente, para mí, aunque juega a favor de las autocracias en el continente, es real, porque saliendo de la pandemia la gente lo que necesitaba era sostener a sus familias. En lugar de quedarse en el malestar decidieron buscar cómo superarse sin tener nada que ver con el país.
Contradicción que es muy peligrosa porque ni los ciudadanos ni los países pueden estar bien si no reman en el mismo sentido. Este es un juego donde todos perdemos.
Carlotasc@gmail.com – @carlotasalazar

