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Rafael Fauquié: Lecciones de maestros II

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En su discurso de agradecimiento al recibir el Premio Nobel de Literatura, Saint John-Perse recordó que toda actividad creadora –científica o artística- es una respuesta del ser humano ante el universo; respuesta alcanzada a través de una intuición que siempre será poética. “Toda creación del espíritu –dice- es, ante todo, poética, en el sentido propio de la palabra… El misterio es común. La gran aventura del espíritu poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la ciencia moderna… Algunos astrónomos han podido perder el juicio ante la teoría de un universo en expansión: no hay menos expansión en el infinito moral del hombre: ese universo”.

La inabarcable grandeza del cosmos análoga a la inabarcable complejidad del alma… En ambos casos: las interrogantes de los hombres aspiran a un mismo fin: entender, bien el infinito universo que habitamos, bien ese universo que nosotros mismos somos.

Aunque ciencia y arte se separen en sus respuestas, ambos son hijos de su tiempo y responden a similares paradigmas. Merlau-Ponty dijo lo que podrían compartir por igual científicos y artistas: “Estamos condenados al significado”; o, en palabras de Nietzsche: “no existen hechos, solo interpretaciones”.

Lo externo y lo interno: alma y cosmos: de ambos dependemos; y a ellos nos aproximamos apoyados en una misma necesidad de comprender, de saber; necesidad deudora de la inteligencia y la curiosidad, de la lucidez y la sensibilidad, pero, acaso por sobre todo, de la imaginación.

Si la imaginación falta, dijo alguna vez Baudelaire en relación al mundo del arte, entonces todo falta. Fue el más grande científico del siglo XX, Albert Einstein, quien dijo: “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica”. Científicos y poetas, intelectuales y artistas, creadores y pensadores suelen parecerse más de lo que generalmente se cree. Perciben eso que la mayoría de los otros no ven, o distinguen más lejos que ellos.

Hoy por hoy, la ciencia acepta lo que siempre supo la poesía: la razón sola es insuficiente para realmente poder entender. El poético fue el más antiguo modo de conocimiento. Solo más tarde, mucho más tarde, después de la religión, llegó para los hombres la noción de una Razón necesaria para medir y catalogar las cosas antes de comprenderlas. Pero tanto en el terreno de la ciencia como en el del arte existen –deberían existir- idénticos sentidos de compromiso y de respeto. En el caso del arte, una necesaria coherencia entre la fuerza de la expresión estética y la validez de sus expresadas verdades; en el de la ciencia, una reconciliación entre lo creado y el compromiso con el destinatario de la creación.

Existe, también, un significado ético en la actitud necesariamente esperanzada de todo creador. No se trata de atender de éste banales formas de optimismo sino de que exista en él la absoluta convicción de, con su creación, ser capaz de aportar algo enriquecedor al itinerario humano.

La ciencia que comunica al ser humano con los afueras, la poesía que lo relaciona consigo mismo; aquélla que interroga el mundo exterior desde leyes que –suponemos- lo rigen; ésta que se propone entenderlo desde valoraciones y comprensiones subjetivamente humanas… Unas y otras: respuestas de la ciencia y respuestas poéticas: ecos, proyecciones; quizá insuficientes, pero siempre signos de actitudes que hablan, por igual, de posibilidad, de verdad, de esperanza…

Cada vez más nuestra época vislumbra el universo como un inmenso organismo donde todo existe en correspondencia con todo; donde una sintaxis cósmica sugiere lógica y balance, equilibrio y armonía; reunión de diversidades en luminoso acuerdo, diseño de una escritura celestial iniciada desde el comienzo de los tiempos…  Y para la concepción de este acuerdo universal es cada vez más necesaria la intuición de un equilibrio haciendo comprensibles y aceptables todas las razones: un justo desenlace de la comprensión humana proponiéndose distinguir la infinitud exterior o la ínfima infinidad del propio espíritu a través de un mismo prisma: necesariamente esperanzador, necesariamente ético.

 

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