El libro de Manuel Caballero “Rómulo Betancourt, político de nación” está disponible en PDF

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Durante mucho tiempo, un lugar común entre perezoso y adu­lador, se empeñó en consagrar a Rómulo Betancourt «Padre de la Democracia» venezolana. Se trata de una vieja maña producto de una sociedad con una lacrimosa actitud huérfana; de un cretinismo histórico que no se atreve a actuar si no es bajo una protección paternal: Simón Bolívar es así el Padre de la Patria, Juan Vicente Gómez el Padre de la Paz, y luego vendría este otro padrecito.

Pero llamar de la guisa a Rómulo Betancourt repugna no sola­mente a la historia, sino a la simple lógica. Porque en cuanto a lo primero, ese tipo de héroe cultural no pertenece a la historia, sino a la leyenda. Y segundo, cuando un sistema político solicita o se deja imponer un padre, podrá ser cualquier cosa, menos una democra­cia. Por lo demás, es un insulto a la memoria que se pretende así halagar; desde el primer momento de su ser político, Rómulo Betancourt insurgió contra el paternalismo gomecista.

No fue por cierto una actitud individual, sino un reclamo social. La convicción de esto último es lo que nos lleva a hablar de Rómulo Betancourt como de «un político de nación»; porque ambas cosas no son ni pueden ser características individuales, sino situaciones sociales.

Hay en semejante caracterización dos elementos: política y nación. Rómulo Betancourt y la generación que con él entró en la historia en 1928 no fueron simples líderes políticos que escogieron esa como cualquier otra profesión. En Venezuela, ellos inventaron la política; y esto, en todos los sentidos que quiera dársele.

En primer lugar, representan la Venezuela que se había bajado del caballo en 1903, con el fin de las guerras civiles. Son los primeros actores que se muestran en el recién estrenado teatro de las luchas sociales: la ciudad.

En segundo lugar, se alzan contra la potestad absoluta, o sea la tiranía, que en el lenguaje maquiaveliano es lo opuesto del vivere político, es la negación de la política. Tres, son dirigentes civiles: serán, entre otras cosas, los fundadores del poder civil en Venezue­la: antes de ellos, solo habían existido pálidos retoños mostrándose indecisos bajo la tutela militar.

Son, y esto sea dicho en cuarto lugar, ciudadanos ellos mismos y creadores de ciudadanía. A su acción se deberá en primer lugar la extensión del voto y sobre todo, la fundación de los partidos polí­ticos modernos, y de las demás formas de participación popular. Serán así los verdaderos fundadores de la democracia representati­va, y los creadores de la sociedad civil en Venezuela.

Por último, Betancourt, pese a su fama de polémico, y hasta de sectario y exclúyeme, es sin embargo el primero en haberse dado cuenta, en proceder en consecuencia y en lograr al fin imponer, que aquel vivere político maquiaveliano solo puede emerger cuan­do se parte del abandono de una actitud que viene de las guerras de religión, y que se resume en la negativa a reconocer la existencia del adversario. Solo cuando se tiene aquella actitud se comienza a actuar políticamente, se ingresa a la política, que es mucho más que ingresara la democracia. Esa actitud en Betancourt y su gente toma­rá varios nombres: «convivencia» en los años finales de la década del treinta e iniciales de la del cuarenta, Pacto de Punto Fijo al final de los cincuenta.

En cuanto a lo de «nación», no se tome como un simple arcaísmo o coloquialismo por «nacimiento». Betancourt y los suyos, Betancourt y su tiempo, son más que testigos, actores comprometidos a fondo con la formación de la Nación venezolana, proceso que se da en el siglo veinte, siguiendo de cerca la fundación del Estado bajo el gomecismo. Tan de cerca que casi se confunden, pero con ese orden de precedencia. Porque como lo anotara Georges Burdeau en su estudio sobre el Estado, si en «todos los países antiguos» la Nación se vino for­mando a través de los siglos para finalmente dar vida al Estado que la rige (y dado el caso, como sucede en la Europa actual, busca superarla sustituyéndola por un ente supranacional), en otras partes, el Estado ha sido el creador de la Nación y es el caso venezolano.

Esto, por supuesto, no debe ser tomado al pie de la letra. Porque el combate por formar la nación, su proceso, y la acción de Betan­court y los suyos, no espera al momento en que se hagan del poder, sino que comienza desde abajo, en la calle, en la oposición, en su incesante y arduo trabajo para formar un partido.

Y aquí aparece una palabra clave en este estudio: partido. En las líneas anteriores, se evita la tercera persona del singular para referir­se a Betancourt (se habla siempre de «ellos», de «Betancourt y los suyos»), lo que podría parecer extraño en una biografía personal No es sólo por lo dicho al inicio sobre el carácter colectivo de la actividad política, sino por la voluntad del propio Betancourt a partir de sus ini­cios en 1928: desde la decisión de eludir el «yo» que es el pronombre distintivo de la egomanía de tiranos y antitiranos, y sustituirlo por el «nosotros», nombrándose a sí mismo no por su apelativo individual, sino bajo el fuenteovejunesco plural de «generación»; hasta su repeti­da afirmación de no ser, no haber sido jamás, un «francotirador polí­tico». Sobre todo, la voluntad de que su biografía fuese inseparable del partido que fundó y formó con un tesón inigualable desde un pequeño grupo de desterrados carbonarios en 1931, hasta llevarlo dos veces al poder y verlo convertirse, hacia el final de su vida, en el partido más numeroso de la reconstituida Internacional Socialista. Y de cuyo derrumbe la muerte lo libró de ser testigo.

Ese partido será una adaptación del organismo creado por Vladimir Ulianov en la Rusia de los Zares. El de Betancourt será muy especial; un caso único en el mundo: el de un partido leninista no- marxista. Pero él no provendrá solo de sus lecturas de juventud ni de su militancia en el Partido Comunista de Costa Rica, sino que en el fondo está el secular miedo venezolano a la guerra civil. Una vez muerto el tirano que, según sus áulicos, era el único que había logrado contener la anarquía, existía en la sociedad venezolana el temor de que ella volviese a desatarse. Betancourt buscará sustituir­lo por un partido que encarne ese pueblo y encauce su torrentosa voluntad. Ese partido será entonces «el Príncipe de los tiempos modernos», tal como lo quería Gramsci.

Entonces, ¿por qué escribir la historia de ese partido, de esa voluntad colectiva, centrándola en una personalidad, por relevan­te que ella sea? Es porque intentamos situarnos a prudente e igual distancia del positivismo sociológico y del determinismo marxista: la historia no es solo producto de fuerzas ciegas donde nada o muy poco cuenta la voluntad humana, sino de hombres muy concretos de carne y hueso.

Hemos dividido este trabajo en cuatro partes, buscando que se perciban más como conjuntos temáticos, como series de problemas, que como períodos de un recorrido vital.

En la primera parte, «Bajo la tiranía: retrato del intelectual cachorro» la biografía es por fuerza la más personal: son los años que van desde el nacimiento físico en 1908 al nacimiento político en 1928. Más que solazamos con las gracias o morisquetas del niño pre­coz y parlero, nos interesa saber cómo un padre extranjero se adapta en una sociedad rural, cómo es la formación intelectual del niño, su fugaz paso por la literatura hasta que «se corte la coleta» para abra­zar lo que será la avasallante pasión de su vida, la política.

La tercera parte, «El reformador: el hombre de poder» es aquella donde lo vemos poner por obra la idea de Bismarck según la cual la política es el arte de lo posible. Más que eso, pues según lo com­pletaba Isaac Deutscher, la política es el arte de hacer posible lo imposible. Va desde la creación de un tipo social más que político o partidista, el «adeco», hasta su entrega del poder en 1964, sin inten­tar quedarse en él «ni un minuto más» de lo que la Constitución establecía. Contiene su primer arribo al poder de brazos de una logia militar; y el grave riesgo de perder la vida a raíz del atentado de Los Próceres en su segundo mandato.

 

La última parte, «El conservador: el hombre de bronce» es la que menos rinde parias a la cronología. Lo de «conservador» no debe tomarse en su acepción corriente de reaccionario, de opuesto al cambio, sino como su preocupación por extender la estructura política que concibió desde 1931 más allá de su propia vida o de su propio paso por el gobierno. Allí se nota la diferencia que hay para Betancourt entre poder y gobierno: este es el dominio del Estado, aquel el dominio de la sociedad. Se analiza allí lo que, imitando a Lawrence de Arabia, se podría llamar «los cuatro pilares de la sabi­duría»: partido, petróleo, ejército y probidad administrativa.

La presente es menos una biografía personal que política. Es que desconfiamos mucho de esos ensayos biográficos que pretenden presentar a los personajes históricos «en su dimensión humana». La única dimensión de verdad humana es aquella donde interviene la inteligencia, incluso cuando actúan las pasiones. Esas biografías que pretenden hurgar el «lado humano» de un personaje histórico, lo que su descubrimiento del marxismo y sobre todo del leninismo. Es la fundación de la «Agrupación Revolucionaria de Izquierda», la hoy casi legendaria ARDI que lanzará en 1931 el «Plan de Barranquilla». Es también el momento de su conversión en el líder máximo del par­tido comunista de Costa Rica, y de una copiosa correspondencia a la sombra teórica de Lenin; una década que se cierra en 1941.

Este es un trozo de historia venezolana, que abarca casi todo el siglo veinte. Pero es también un trozo de historia americana y univer­sal, pues las acciones y los debates que aquí se analizan se inscriben, para aceptarlas o para rechazarlas, dentro de las grandes líneas doc­trinarias y prácticas de la política de ese siglo. Lo cual quiere decir que sobre ellos planea la sangrienta historia de la Revolución Rusa y los fallidos esfuerzos de la Tercera Internacional Comunista por convertirla en una revolución mundial.

Es además este, un ensayo de historia intelectual, como debe serlo la de toda acción política. Porque en ella no se mueven sim­ples apetencias personales de poder, sino ideas (o sea, el discurso) y prácticas destinadas a influir sobre el desarrollo de una sociedad, la historia de un pueblo, con la conciencia de unos objetivos diseña­dos o propuestos con anterioridad, de sus avances y retrocesos en el contacto con la realidad, con la dinámica social.

Siempre hemos rechazado la idea de que una determinada bio­grafía sea «definitiva»; esta lo es mucho menos que ninguna, por la sencilla razón de que es, que sepamos, la primera; y porque estamos conscientes de que no hemos podido agotar el abanico de las fuen­tes, en particular las de los archivos extranjeros. No pretendemos entonces otra cosa que abrir un debate.

Por supuesto, tampoco esperamos que esta sea una obra recibi­da con aplauso unánime: eso tal vez jamás sea posible al tratar de una personalidad tan polémica como Rómulo Betancourt y menos a tan poco tiempo transcurrido desde su vida y desde su muerte. De hecho, hay ya quienes no han esperado a que escribamos este libro. Para decir que estamos elaborando un retrato elogioso, por supues­to bien pagado; y hay quienes, por el otro lado, sospechan que no es fácil que hayamos abandonado los viejos reconcomios hacia un dirigente político a quien adversamos con acritud.

Esto nos lleva a otro aspecto del asunto. Durante muchos años, nos opusimos a la acción política de Rómulo Betancourt, a su segun­do gobierno (durante el primero éramos demasiado jóvenes para hacerlo) y a su creación, el partido Acción Democrática. Lo hicimos con toda la vehemencia de que somos capaces; pero no venimos, con este libro, de regresos ni arrepentimientos; tampoco es que aho­ra hayamos escogido el fácil observatorio de la imparcialidad. No somos jueces, y eso nos exonera de tener que situarnos en un lado u otro de los dos extremos en que, a la hora de juzgar a Betancourt, Miguel Otero Silva dividía a los venezolanos en el texto que sirve de epígrafe a este libro.

Nada de eso: ni renegados, ni jueces, ni observadores asexua­dos. Hemos, en dos palabras, tratado de estudiar al personaje y a su época en historien. Lo cual quiere decir que tratamos de compren­der al hombre y a su tiempo en sus contextos ideológicos y época; confrontando su acción con sus propios propósitos, no con los nuestros; su proyecto con su realización, no con lo que nosotros hubiésemos propuesto o deseado.

No se trata entonces de condenar o de absolver, sino de buscar las razones para explicar la prolongada influencia de Rómulo Betan­court en el siglo XX venezolano; las razones para que, después de su paso, los venezolanos seamos diferentes, para bien o para mal, y de seguro ambas cosas.

 

 

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