Para Charo.
Siempre recordaré el libro de Josefina Passadori sobre Geografía. Un libro de texto que circuló en muchas escuelas de mi niñez caraqueña con mapas de bellos colores, montañas y mares y océanos de un azul desvanecido en las costas, pero oscuro e intenso en alta mar y me complacía copiarlos o trasladarlos a hojas grandes de dibujo y cuidaba mis creyones que por docena conservaba en su pequeño envoltorio de cartón y a medida que el azul iba invadiendo la blancura del papel mi imaginación navegaba en el color y me sentía pirata con parche en el ojo y pata de palo recostado en el mostrador de una sucia taberna de La Tortuga o asaltando las costas del Caribe o me veía como rudo marinero en un desamparado esquife o tripulante en un navío cargado de oro colonial víctima del abordaje de algún bucanero enemigo de España o elegante pasajero en un trasatlántico de lujo como aparecían en los cuentos que me contaba mi mamá.
Seguramente no eran seres ni situaciones tan definidos, pero eran figuras que se escapaban también de las ilustraciones de El Tesoro de la Juventud, una apreciada lectura de mi niñez que me enseñó mucho.
Recuerdo una de esas ilustraciones que mostraban a un niño llamado Giotto dibujando ovejas sobre una roca con un guijarro. A muy temprana edad supe que Giotto fue en su tiempo un gran pintor prerrenacentista pesar de que nunca supo qué cosa era la perspectiva. Vi escrito su nombre justo cuando estaba descubriendo en la escuela que si unía o confundía el color azul con el amarillo inventaba el verde.
Codiciaba aquellos creyones Prismacolor porque en ellos se removían los destellos de mi inocente e infantil imaginación pictórica: figuras humanas convertidas en monigotes, flores que jamás han existido porque era yo quien las creaba, cirros y cúmulos de bordes brillantes, altas y majestuosas montañas y el pequeño camino que invariablemente comienza en la puerta de la casita de techo inclinado y persistente humo de chimenea, ventanas abiertas a la luz del día y a un lado un perro triste y desnutrido bajo un árbol polvoriento y solitario.
Nunca llegué a tener la famosa caja de cartón con tapa móvil que reunía sesenta creyones Prismacolor. Eran los mejores y cada uno estaba señalado con un número a manera de código incluyendo los colores de plata, carne o dorado que nunca aparecieron en los torpes dibujos que yo trazaba en aquellos lejanos tiempos de la Geografía Passadori porque ignoraba que existían tan numerosos y en degradé y vine a conocerlos a edad avanzada cuando Charo, mi nuera, me mostró como privilegiado ejemplo suyo de conservación el atractivo estuche Prismacolor y sus sesenta creyones hechos en Venezuela; algunos como el rojo, el negro o el azul se ven pequeños y gastados por el uso, pero Charo los ha mantenido durante años como un verdadero tesoro, tan tesoro como el Tesoro de la Juventud.
Es una manera, pienso yo, de mantener intactos el azul del mar o del cielo sin cirros ni estratos en el horizonte y de honrar la geografía escolar que me dio a conocer el lugar y los nombres de países y continentes y entender qué es una isla o qué son los estrechos como el de Magallanes o el de los Dardanelos y saber por qué el planeta se llama Tierra existiendo más agua que tierra en mares, ríos y océanos, y reconocer y aceptar que en mi país no hay volcanes sino extinguidas fumarolas que fueron dejadas por la memoria del Tirano Aguirre cuando fue a morir a Barquisimeto y dio muerte a puñaladas a su hija Elvira para que no le dijesen que era hija de un traidor.
Fueron los primeros colores que conocí porque los usé, los tuve en mis manos y sentía que protegidos por el vistoso envoltorio de los creyones se descubrían a sí mismos, pero luego me enteré y me sigo enterando que hay muchos otros colores más espléndidos y gloriosos porque los reinventaban y les daban vida, expresión y carácter pintores de talento y sensibilidad como Tito Salas, Manuel Cabré, Marcos Castillo y muchos otros que hoy son amigos míos mientras yo, amoroso y fascinado, pensaba en Giotto dibujando ovejas en una piedra y me abrazaba siendo niño como él al libro de Josefina Passadori y a los creyones Prismacolor.

