Desde hace algún tiempo en los países del sur de América se observan tendencias políticas diferentes –y aún contrarias– a las tradicionales. Se tenía por líderes o grupos de izquierda a los partidarios de la libertad y del cambio de estructuras; y por gentes de derecha a los defensores del orden y la evolución progresiva. Aquellos proponían revoluciones (incluso armadas) para avanzar. Los otros, el mejoramiento de las condiciones mediante programas previstos en las leyes. En general, los primeros eran antiimperialistas (antiyanquis). Los segundos admiradores de Estados Unidos (pitiyanquis), sostén de dictaduras favorables a sus intereses. Ahora, las cosas han cambiado.

Ilustración de Juan Diego Avendaño.
En realidad, desde el siglo XIX no hubo un modelo único de régimen político en Iberoamérica. Aunque algunos elementos esenciales eran comunes y se compartían objetivos fundamentales, cada país se dio el suyo propio. Tal vez porque no hubo durante el periodo colonial experiencia de participación popular en el ejercicio del gobierno (como sí ocurrió en el Norte, donde se conocieron “asambleas representativas” desde temprano). Francisco de Miranda lo señaló en su diario de viaje por el país de “la libertad racional”. Todo el poder derivaba de la Corona, que apenas permitía el funcionamiento de cabildos para el manejo, dentro del marco de las Leyes de Indias, de los asuntos locales. Excepcionalmente, el de Caracas tenía la potestad de asumir el gobierno cuando faltaba su titular. Y, en verdad, aunque las primeras constituciones se inspiraron en la norteamericana (1787), la francesa (1791) o la de Cádiz (1812), no tuvieron vigencia real.
Consolidada la independencia, los próceres (Guadalupe Victoria, Páez, Santander) o sus herederos (Portales, Castilla), como gobernantes dictaron las instituciones: oligarquías conservadoras o liberales (que fueron de corta duración), cuando no hegemonías autoritarias (el dr. Francia o Rosas). Posteriormente, tras períodos turbulentos, aparecieron los caudillos “ilustrados”: tales García Moreno, Guzmán Blanco, Justo Rufino Barrios, Porfirio Diaz. Algunos países tuvieron luego períodos de estabilidad civil más o menos prolongados (Chile, Argentina, Uruguay, Perú), mientras en otros se imponían “gendarmes” (Gómez, Cabrera, Leguía) calificados de “necesarios” por ciertos pensadores positivistas. No faltaron ensayos políticos: el “estado novo” de Getulio Vargas en Brasil, el justicialismo de J.D. Perón en Argentina, la revolución nacionalista en Bolivia. Después fue la época de los dictadores militares (Somoza, Batista, Odría, Pérez Jiménez, Stroessner). Y también de la aparición de los partidos modernos, de democracias que se creían bien asentadas, de las derechas y las izquierdas. De la inestabilidad.
No hubo, pues, un tipo de régimen predominante. Se tenía a los revolucionarios como de izquierda; mientras que los conservadores eran de derecha. Aquellos estaban aureolados por sus luchas y sus propuestas de cambio. Pero, esa opinión comenzó a cambiar a raíz del pacto de la URSS con la Alemania nazi (para el reparto de Europa en 1939), Y sobre todo, después de las revelaciones de Nikita Kruschev en el XX Congreso del PCUS (1956). El socialismo se había implantado mediante el terror y el “camarada” Stalin era un brutal dictador (como Hitler). Millones habían sido encarcelados por sus ideas o ejecutados en los campos del GULAG. Por su parte, la revolución cubana (1959), que tantas esperanzas despertó, degeneró rápidamente en un régimen dictatorial que produjo mayor pobreza y la emigración de millones de personas. El socialismo real (o comunismo) dejó de ser tenido como un objetivo revolucionario (o de izquierda).
En 1990 a raíz del fin del imperio soviético, para apoyar al régimen cubano (dependiente de Moscú) y mantener las posibilidades de ascenso al poder de grupos de izquierda radical en la región, se constituyó el Foro de Sao Paulo, por iniciativa de “Lula” da Silva (líder del PDT de Brasil). Dos años después en Venezuela (afectada por serios problemas) un grupo de militares ambiciosos se alzó en armas contra el gobierno democrático. Derrotados, entraron en contacto con otros sectores políticos (y Fidel Castro) y organizados en partido (MVR) ganaron con Hugo Chávez la elección presidencial de 1998. Con el control de los recursos del estado, el nuevo “caudillo” pretendió implantar una sociedad socialista (rechazada en referéndum), al tiempo que daba apoyo a otros movimientos de similares propósitos en el continente. El costo total fue enorme: provocó una pavorosa crisis económica (con caída brutal de la producción) y el empobrecimiento general.
Aún antes de 1998 Hugo Chávez adhirió al Foro de Sao Paulo. De ese mecanismo formaban parte las guerrillas colombianas (FARC y ELN) con las que ya en el poder mantuvo relación “fraternal” y llegó a acuerdos. No ignoraba que estaban involucradas en el tráfico ilegal de drogas. Su sucesor permitió su presencia en Venezuela y su vinculación con la fuerza armada, que se vio así comprometida en una actividad considerada criminal por la comunidad internacional. Lo mismo ocurrió en otros países cercanos. Sus gobiernos se hicieron socios del negocio; y por tanto enemigos de los estados donde se consumen aquellas sustancias (especialmente Estados Unidos), que causan grave daño a su población. La dedicación a esa actividad (muy “rentable”) provocó cambios en la estructura de aquellos regímenes, llamados “narcoestados”: de soberanía (interna y externa) limitada y economía dependiente, rechazan el estado de derecho y practican el autoritarismo (sin órganos ni partidos autónomos).
Miguel Henrique Otero, en su columna de El Nacional del pasado 23 de noviembre, llamó la atención sobre la toma del poder (o la notable influencia ejercida) en algunos estados por parte del narcoterrorismo. El fenómeno que se extiende por América Latina se observa también en otras regiones del mundo: se ha comprobado suficientemente los vínculos entre los productores de opio y el gobierno militar de Birmania (que superó a Afganistán, como principal productor). En América, ese fue un proyecto de Pablo Escobar Gaviria, el capo colombiano de la droga (Cártel de Medellín) que llegó a ser elegido representante al Congreso Nacional y quien, incluso, pactó las condiciones de su detención. El llamado “Proceso 800” (abierto para investigar los aportes de los narcotraficantes a la campaña de Ernesto Samper), mostró los alcances de aquella pretensión. Aunque después pareció abandonada se mantuvo viva entre los grupos que no aceptaron la paz.
Como recuerda el presidente editor de El Nacional, no pudo el llamado “patrón del mal” realizar su proyecto. Terminó con su ajusticiamiento en un barrio de Medellín en 1993. Después los jefes de las FARC lo tomaron para sí. Guerrilleros al tiempo que narcotraficantes pretendieron el control del poder del estado: “muchos de nuestros comandantes no son otra cosa que empresarios narcos” confesó Raúl Reyes (el 2º al mando). No lo lograron porque se los impidió el ejército de Colombia y las fuerzas democráticas. Pero, para entonces, ya algunos se habían enriquecido y entrado en contacto con dirigentes políticos de otros países. Está bien documentada la conexión del comercio ilícito (y negocios prohibidos) con grupos gobernantes en Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Olvidaron sus postulados revolucionarios. De manera que ahora al lado de los gobiernos de izquierda y de derecha, tenemos los del narcotráfico: forman parte de la diversidad política de la región.
El combate contra el narcotráfico no se dirige ahora sólo contra algunos “capos” (de mafias u organizaciones criminales) que obtienen grandes ganancias de una actividad que causa daños graves en las sociedades ricas y avanzadas. Enfrenta algunos regímenes que se han involucrado (de diversa forma) en el negocio. Ese hecho plantea muchos interrogantes, políticos y jurídicos. Tal vez el más importante sea establecer quién tiene la autoridad para intervenir en la circunstancia (determinar la existencia de un caso y ordenar las medidas convenientes): ¿la comunidad internacional o cualquier estado afectado? Esto último lo afirma D. Trump en sus amenazas contra Venezuela.
X: @JesusRondonN

