A mis hermanos.
Inmersos en las tinieblas de Hypnos.
Al final del pasillo de la sección B está la subdirección, donde despacha la Gata Pérez y atiende la buenaza de Serafina, me saluda con una amable sonrisa: ¿Quiúbole manito, de donde venís tan emporifollao, vas a sacar la cédula? Le lanzo un beso y respondo, soy agente de ventas de la Casa B Hermanos de Caracas, sin mayores distracciones pregunto de una vez por el Siete. Entro y allí revisando carpetas de exámenes, esténciles para el multígrafo y libros, veo al viejo amigo en su escritorio afanado en su Olivetti. En la conversa, luego de los saludos de rigor y averiguar, lo bueno lo malo y lo feo del terruño, le cuento:
– ¿Recuerdas al pavo real del parque infantil? Lucía sus alas en todo su esplendor cada día durante mi paso por las mañanas o en las tardes, en el ir y venir de mis trajines, mandados al mercado o al centro de la ciudad a buscar alguna bisutería que se le ocurra a mi madre. Soy el mayor de los varones y el tercero luego de dos mujeres que andan por salir del bachillerato, una tras otra apenas a un año de diferencia. Luego dos chinos y una niña que es Chabela, para mi madre la pupila de sus ojos.
El que me sigue no se me despega, cada vez que tengo una eventualidad se aparece y no logro evitarlo. Se percata de cualquier ardid de mi parte para andar cerca como perro faldero. A cada encuentro con la pandilla de la Ciénega, él se presenta con su cauchera y su alijo de piedras o metras, ese es su arsenal y la disposición de no ser menos que los demás zagaletones del barrio. Conmigo la tropa se conformaba de siete: el Cabeza de Hacha, Tachiri, Mantetilla, Panela, Gomalaca y tú el Sietecanas, quienes iríamos a enfrentar o, mejor dicho, emboscar a los boyascaus de las Acacias.
En cualquier instante se presenta de impacto en el camino de la vida, una señal, una montaña, una selva oscura o un abismo, es cuando recuerdo a Borges, por aquello de “el lugar donde los senderos se bifurcan”.
-¡Capino! me gritó doña Sofía. ¿A dónde vas vos con esa cauchera? A matar lagartijos jeñora no se preocupe que no vamos pal cerro.
– ¡Cónchale! Me digo si es que tengo una cita y casi se me olvida. Y retorno hacia mi casa, a toda carrera me baño quiribín, quiribín, y me visto respondiendo la preguntadera de mi madre que anda ahora detrás de mí: cuando no es mi hermano es ella la que me persigue por cualquier vaina.
En la escalera, al salir de la iglesia San José, está Lilian de Lazo de la Vega, linda y bella, vestida de rosado y blusa estampada de flores amarillas, me espera luego de ir a misa. ¿Y cómo le voy a fallar ¡joda! si es la primera vez que me acepta una invitación? Tocándonos las manos y rozándonos, caminamos hacía el cine. Están dando en matiné El Niño y el Toro, me dice. La escucho y medito, en mis planes no figuraba ir a ver esa película con el seseo salivoso de los españoles, ¡qué va!, lo mío son las vaqueras, las del Santo El Enmascarado de Plata, las de Cantinflas o Tarzán. Veré que invento y quizás desista de entrar al Teatro Libertad. Al final Lilian se impuso, ¿iba a ser yo tan pendejo como para envainar el domingo de mi primer amor? Entramos al cine después de comprar chicles Adams, bueno, los compró ella porque yo pagué las entradas. Soy el mozo de mi película y no puedo sino ser un caballero.
– Te cuento que al apagar las luces nos arrimamos el uno al otro con cautela, por el qué dirán. Observamos a los sentados en las sillas de atrás y no había sino muchachas del Madre Ráfols, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana y uno que otro chino del Salesiano. Ni los conocemos, comentamos. Lilian reía y lloraba ensimismada con la trama. Y yo, sumido en mi estancia celestial, apenas vi escenas unas tres veces. Embobado, la contemplo y le acaricio su rubio cabello demostrándole mi afecto, cuando de repente el celuloide arde en el proyector Zeiss Ikon, y en la pantalla observamos un enorme hueco que crece y se abre como una llaga flamante. Una gritadera explotó en el patio: ¡cuadro!, ¡cuadro!, ¡cuadro! Refiriéndose a que la cinta revienta precisamente en las imágenes de fotos y carteles expuestas en la antesala. Arriba, los del balcón, lanzan las bolsas vacías de las cotufas, chicotes y cajetillas de golosinas. Nosotros estuvimos protegidos del aluvión en preferencia, allí no hubo mucho alboroto. Mientras tanto, en el receso obligado, el operador como pudo acomodó su rollo y la función pudo continuar. Apenas apagaron las luces, la audiencia se calmó. Lilian giró y me dio un besito de pajarito, me quedé como estatua de sal, petrificado y mudo de la emoción, ni cuenta me di de que ya estábamos en el último cuarto de hora. Luego, tomándome por sorpresa, me susurra al oído: “mira, yo tengo un pretendiente ¿sabés? es el Mazamorra, y no le comenté que venía al cine con vos”. Peor no pudo ser la confesión, creo que en ese momento todo se agita y en lo más íntimo del cuerpo, un remolino termina tragándote de la misma forma que lo hace un pozo del río.
-Las maripositas que sentía en el estómago volaron, ahora es refugio de grillos y bachacos. Inmóvil aún: “Quieto ahí”, todo cambia, el panorama, incluso el porvenir, otra bifurcación de laberintos pero en el espíritu. Mi contextura se reducía más de la cuenta, el gigante que había caminado con su damisela y que entró al espectáculo esponjado y fachoso, ahora se desinflaba lentamente. El Mazamorra, -quien lo creería -me dije- como para darme ánimo, ese tonto tarajallo y malbañao. De la alegría por el beso pasé a un susto alargado por la sorpresa y porque, hasta ese instante, me creía el sobrado, el protagonista. Todo acabó cuando salimos entre el barullo de gente al mediodía.
Tu que me conoces, sabrás que tengo por costumbre andar con gestos de vaquero por la calle, sueño con robar un banco a caballo como el kíd de las series del Valera y del Landia, pero nunca he disparado un tiro, sólo la intención, desenfundo cuando veo que viene un enemigo, un guaro despistado comecocos, uno de otro barrio con el que siempre nos estamos peleando a pescozadas o a punta e piedras. Así soy, un mozo como en las vaqueras y nadie me revira la novia.
En la esquina de la plaza está con su pandilla el zutano perencejo enrollando y desenrollando un trompo con el curricán. Envalentonado se me viene encima y no me queda más remedio que enfrentarlo:
– ¿qué fue?, me dijo, y ¿qué fue?, le dije;
– así el episodio en cuestión vibra entre empujones y amenazas, mientras al frente Lilian y un grupo de mirones se arrejuntan. De mis adentros, no sé de donde, sale un desafío, a lo mero macho mexicano y le grité:
-“si vos sos tan arrecho, búscate un arma, la que querrás”. Y el Mazamorra, un tanto irritado, come casquillo ante la arremetida del tarro e leche presumido, y para no ser humillado ante la princesa disputada, altanero y con voz melodramática contesta:
– “nos vemos en el puente del río a las 6 de la mañana de mañana, si es que vos no sos gallina” y con expresión de burro con sueño, hace una mueca dolorosa, guiña sus ojos y se ve cercado por sus compinches y curiosos. Me mira desde su altura encorvándose un tanto sobre mi rostro y con la mano en cristo sobre su boca, jura a todo pulmón:
– “sabelodios que sí voy”, provocando un alarido de admiración a su alrededor y un estupor reflejado en la bella cara de la catirita.
Te cuento que estupefacto y conmovido, tiempo después leí está noticia en un diario de la región: Hallan Un Esqueleto Con Una Fonda En El Cinto Bajo El Puente Del Motatán. Caramba, – el siete me mira sorprendido ante mi perorata- siempre un río. Uno entra y sale mojando los pies en sus aguas, en su transcurrir: permanente. ¡Ay su madre!, a buen dilema pa´ la policía. Decime vos que sos profesor en el Rangel y que te enteras de cuanta vaina hay, ajá, contáme: ¿Qué sabes de la vida de Lilian?

