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Soledad Morillo Belloso: Sobre el perdón y el olvido

 

La memoria —esa fibra tensa que atraviesa lo íntimo, lo moral, lo social, lo político— no es un depósito de recuerdos apolillados ni un álbum de estampitas desleídas. Es una postura ética, una columna vertebral con médula, un territorio donde se decide quiénes somos y qué barbaridades no debemos  tolerar jamás. La memoria es un arma. Y también es un juramento.

Recordar no es un simple accidente del tiempo: es una decisión. Una terquedad. Un acto de rebeldía contra quienes quisieran que todo se diluyera en una bruma. En Venezuela, recordar es una obligación moral hacia los que sufrieron, los que callaron porque los callaron, los que ya no pueden contar sus historias porque se las arrancaron de cuajo. La ética del recuerdo exige una lealtad feroz: no maquillar el horror, no barnizar la verdad, no permitir que la comodidad social —esa tentación de “pasar la página”— se imponga sobre la justicia.

Recordar es decir: “Esto pasó. Esto dolió. Esto destrozó vidas. Y no voy a permitir que lo conviertan en borrosa anécdota.”

No perdonar no es rencor: Es respeto. Respeto por las cicatrices que no se cierran con discursos, por las vidas que no se recuperan con un “vamos a reconciliarnos”, por el sufrimiento que no se negocia en mesas de diálogo con café y galleticas. Perdonar lo imperdonable sería traicionar a las víctimas. Sería hacerle el juego a la impunidad. Sería permitir que los culpables se escondan detrás de esa retórica que confunde reconciliación con conveniente amnesia.

No perdonar es negarse a participar en la ceremonia social del olvido. Es sostener la verdad sin convertirla en mercancía moral. Es decir: “No voy a absolver lo que destruyó vidas.”

La fe, ciertamente, predica perdón, misericordia, soltar el rencor. Pero la justicia —la humana, la terrenal, la que debe funcionar con o sin rezos— exige nombrar, señalar, reclamar, castigar. La tensión aparece cuando se pretende que la fe sustituya a la justicia, como si un perdón espiritual pudiera reemplazar la responsabilidad civil. Aquí hay pecados, y de los graves, y también delitos, de los más espantosos. La fe consuela. La justicia ordena. Pero ninguna debería usurpar el lugar de la otra. Y mucho menos debería exigírsele a la víctima que perdone para demostrar su “bondad”. La bondad no se mide en renuncias complacientes: Se mide en verdad.

Recordar no contradice la fe: Simplemente pertenece a otro plano, uno donde la justicia no puede delegarse en lo divino.

Recordar también es llorar. No siempre con lágrimas visibles, pero sí con ese llanto interno que se activa cada vez que uno toca el recuerdo. La memoria como duelo es un territorio donde uno conversa con lo perdido, con lo roto, con lo que ya no volverá. El duelo no es solo tristeza: es lucidez. Es entender que lo ocurrido merece ser nombrado, aunque duela. Es sostener el hilo que une a los ausentes con los vivos. Es una forma de amor que no busca consuelo, sino permanencia.

Recordar es decir a cada víctima, viva aún o ya muerta: “No te borraron. Aquí sigo, con tu historia en mi boca.”

Recordar es rebelarse. Es no comprar coartadas. Es negarse a aceptar la versión oficial, la narrativa higienizada, el relato que algunos quisieran imponer. Y claro, le temen a la memoria, porque es peligrosa, porque no se deja gobernar: no obedece decretos, no se ajusta a campañas, no se borra con discursos panfletarios. Cuando la justicia falla o tarda, la memoria se vuelve tribunal: no condena, pero señala. No castiga, pero impide que el silencio se convierta en absolución. Ejerce su derecho al repudio social.

Recordar es un acto político porque impide que el daño se normalice como método de gobierno. Porque obliga a la sociedad a mirarse en el espejo. Porque exige que el sufrimiento tenga lugar en la historia, no en el olvido.

Hay lugares donde la verdad se respeta y se vuelve arquitectura, piedra, silencio. Yad Vashem, con sus pasillos que estrechan el pecho y obligan a caminar dentro de la herida. El Museo de la Memoria en Santiago, donde cada testimonio es una bofetada contra la desmemoria. Robben Island, la isla donde Mandela pasó años triturando piedra mientras el régimen intentaba triturar su humanidad. Son territorios que enseñan una verdad incómoda: el horror siempre regresa cuando la sociedad decide “no mirar”.

En Yad Vashem, la memoria es un corredor que acusa. En Chile, la memoria es una vitrina que denuncia. En Robben Island, la memoria es una celda que no se resigna.

Esos lugares existen para recordarnos que la memoria no es un lujo intelectual ni un ejercicio museográfico: es una defensa civilizatoria. Son advertencias en piedra, en voz, en silencio. Son la prueba de que olvidar es abrirle la puerta al verdugo para que entre de nuevo.

Venezuela aún no tiene su Yad Vashem, ni su Museo de la Memoria, ni su Robben Island convertidos en lección nacional. Pero tiene algo que nadie puede confiscar: la memoria íntima, la memoria que se niega a obedecer, la memoria que no se deja domesticar por narrativas oficiales.

La responsabilidad de no perdonar, la tensión entre fe y justicia y la memoria como duelo no son caminos separados: son venas de un mismo cuerpo. Recordar es un acto moral, personal, íntimo, pero también social y político. Recordar es resistencia civilizatoria. Recordar es cuidado. Recordar es justicia, incluso cuando la justicia parece extraviada.

Recordar es decir: “No voy a olvidar ni perdonar. Mi memoria es mi forma de honrar, de resistir y de exigir.”

Lo que ha ocurrido en Venezuela no es una serie de episodios para “mejor no recordar”. Al contrario, el daño quedará intacto si lo metemos en el cajón del olvido. Y la próxima generación tendrá licencia para repetir la barbarie.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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