Todos los países poderosos son depredadores de otros, antes de convertirse en potencias o precisamente porque depredan. Eso no es nuevo. La historia está repleta de esos ejemplos. Y cuando uno amplía el foco, todo se vuelve todavía más evidente: No hay potencia que no tenga un prontuario. Ninguna. Todas, sin excepción, han construido su grandeza sobre la espalda de otros. La humanidad avanza como avanzan los grandes animales territoriales: Ocupando, extrayendo, sometiendo, justificando.
Los asirios, ocho siglos antes de Cristo, perfeccionaron la intimidación como política de Estado. Ciudades enteras desplazadas, poblaciones reubicadas a la fuerza, tributos exigidos con ferocidad. Sus relieves muestran reyes rodeados de cabezas cortadas: La depredación sin maquillaje.
Los persas aqueménidas levantaron un imperio que iba desde Egipto hasta la India. Las satrapías eran eficientes, sí, pero también máquinas de extracción. La “carretera real” no era una postal turística: era la autopista por donde circulaban ejércitos y tributos.
Los árabes omeyas y abasíes expandieron su dominio desde la península arábiga hasta el norte de África y la península ibérica. La expansión islámica del siglo VII al X fue militar y económica. Las ciudades conquistadas pagaban impuestos especiales; los no musulmanes tributaban más. El poder se alimentaba de esa estructura.
Los vikingos, que hoy se recuerdan como personajes de series, fueron depredadores marítimos. Saquearon desde las costas inglesas hasta el Mediterráneo. No construyeron un imperio formal, pero sí una red de asentamientos y rutas comerciales nacida del saqueo sistemático.
Los griegos helenísticos, tras Alejandro Magno, extendieron su dominio desde Egipto hasta Asia Central. Las ciudades fundadas —Alejandría, Seleucia, Antioquía— eran centros de control político y económico. La cultura era el barniz; la extracción, el fondo.
Los romanos perfeccionaron la anexión como ciencia. Hispania, Galia, Judea, Britania: cada provincia era una vaca ordeñada. Tributos, esclavos, metales, granos. La Pax Romana fue paz para Roma, no para quienes sostenían su grandeza.
Los mongoles, en el siglo XIII, construyeron el imperio terrestre más vasto de la historia en menos de cien años. No negociaban: Arrasaban. Controlaron la Ruta de la Seda como quien controla una arteria vital. La riqueza venía del saqueo y del control de rutas.
Los asirios neo-babilonios y luego los hititas, menos recordados, también fueron depredadores sistemáticos: ciudades incendiadas, poblaciones desplazadas, tributos que mantenían cortes fastuosas. La arqueología es un catálogo de ruinas que cuentan la misma historia.
Los españoles y portugueses en el siglo XVI llevaron la depredación a escala continental. América fue cantera: oro, plata, cacao, esclavos, tierras. La mita, la encomienda, el tráfico de esclavos africanos. La destrucción de civilizaciones enteras fue el costo de su grandeza.
Los franceses hicieron lo propio en África y el sudeste asiático. Argelia ocupada durante 132 años. Indochina explotada como plantación y mercado cautivo. La “misión civilizadora” era el cuento; la realidad era caucho, arroz, minerales y control estratégico.
Los holandeses, con su Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, fueron pioneros del capitalismo depredador. Controlaron el comercio de especias en Indonesia, impusieron monopolios, destruyeron economías locales. La empresa era un ejército con contabilidad.
Los rusos, desde los zares hasta la Unión Soviética, expandieron su territorio como una mancha de aceite. Siberia conquistada a punta de fusil. En el siglo XX, la URSS convirtió a Europa del Este en un cinturón de estados satélites cuya economía respondía a Moscú.
Los otomanos dominaron durante siglos el Mediterráneo oriental, los Balcanes y el norte de África. Su sistema de tributos, devşirme y control territorial fue una maquinaria de extracción sostenida por fuerza militar.
Los británicos perfeccionaron la depredación con modales estirados y dedo meñique empinado para tomar el té. India fue su mina; África, su reserva; el Caribe, su plantación. La Revolución Industrial británica no nació de la lluvia londinense sino del saqueo sistemático de medio planeta.
Los estadounidenses, ya en la modernidad, siguieron el mismo patrón con otro lenguaje. Expansión hacia el oeste sobre territorios indígenas. Guerra con México. Ocupación de Filipinas. Intervenciones en América Latina. Luego vino la depredación elegante: sanciones, golpes apoyados, control financiero, “intervenciones humanitarias”.
Los japoneses, en la primera mitad del siglo XX, construyeron un imperio feroz: Corea, Manchuria, partes de China, el sudeste asiático. Saqueo, trabajo forzado, control de recursos. La “Esfera de Coprosperidad del Gran Asia Oriental” era propaganda; Detrás había expansión militar.
Y así llegamos a esta China de hoy, que no inaugura nada. Solo continúa la tradición con otros instrumentos: infraestructura, créditos, puertos, empresas estatales, dependencia financiera. La estética es nueva; la esencia es vieja. La Iniciativa de la Franja y la Ruta es una red de arterias para mover mercancías, energía y poder, igual que las calzadas romanas. Sus préstamos gigantescos funcionan como el Plan Marshall, pero invertido. Sus empresas estatales y de capital mixto operan como la East India Company, avanzando, instalándose, volviéndose indispensables.
No quiero aburrir con más ejemplos. Esto es solo un palabreo para decantar en un mapa donde Venezuela aparece como una presa obvia. Que Venezuela haya caído en esta pelea de perros entre China y Estados Unidos (y algunos asomados por los costados) no tiene nada de sorpresivo. Si no tuviéramos petróleo, metales y materiales raros, y no estuviéramos en estas convenientes latitud y longitud en las que estamos, los mandamases de China y Estados Unidos no tendrían ni la menor idea de que existe un país llamado Venezuela. Somos visibles porque somos útiles; somos cortejados porque somos necesarios; Somos mencionados porque somos recurso. Ni Trump ni Xi Jinping ni la inmensa mayoría de norteamericanos y chinos tienen la más remota idea de quién fue Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. Con suerte creen que es un personaje de una tira de cómics hecha con IA.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

