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Soledad Morillo Belloso: Alex Saab un operador de la miseria

 

Alex Saab no es un corrupto común. No es un vivo de oficina, ni un coleccionista de coimas, ni un funcionario que aprendió a moverse entre carpetas y favores. No. Saab pertenece a otra especie: la de los que convierten el sufrimiento en industria, la necesidad en mercancía, la vulnerabilidad en mina de oro. Sus delitos no son chanchullos: Son agresiones. Son heridas abiertas en el cuerpo de un país.

Porque cuando se manipula la alimentación de una nación, no se roba comida: se roba desarrollo. Se roba infancia. Se roba futuro. Un niño mal alimentado no es solo un niño con hambre: es un cerebro que quedó incompleto, una arquitectura neurológica que nunca se terminó de levantar, una vida que arrancó con menos herramientas. Eso no lo arregla ningún discurso patriótico ni ninguna cadena con banderitas. Eso queda tatuado en la biología.

Saab convirtió la comida en arma política. Transformó la harina, el aceite y los granos en mecanismos de chantaje. Hizo del hambre un sistema de control. Puso precio a la dignidad. Mientras él y su mujer se paseaban en jets privados, exhibiendo relojes obscenos y ropa de diseñador, aquí los niños crecían con déficit nutricional, con retrasos cognitivos, con hambre que se volvió paisaje. Hambre que se volvió normalidad. Hambre que se volvió condena.

Y ahora pretenden vendernos la fábula de que pagar 195.000.000 de dólares es castigo. Para cualquiera de nosotros esa cifra es un abismo; para él es propina. Es vuelto. Es lo que uno deja en la mesa después de un almuerzo mediocre. Es una cifra que no roza ni la superficie del daño que causó.

La obscenidad de este mequetrefe no cabe en ninguna metáfora. Mientras el país se desmoronaba, él movía millones como quien juega dominó en la plaza. Lo que repartió no fue comida: Fue basura. Productos adulterados, mezclas que no cumplen ni con los estándares mínimos de nutrición. Y esa porquería terminó en los platos de los más pobres, de los más vulnerables, de los que no tenían cómo protestar. Saab no es un corrupto: es un depredador. Un traficante de miseria. Un individuo que vio un país en ruinas y dijo: “Aquí hay negocio”.

Por eso uno quisiera —yo al menos— que algún juez, algún fiscal, algún ser humano con poder de decisión entendiera que a este sujeto hay que meterlo en una celda y darle de comer la misma basura que él repartió. No por venganza —la venganza es barata— sino por pedagogía moral. Para que experimente en su propio cuerpo lo que él llamó “solución alimentaria”.

Y hay que poner toda la transa a la luz pública. No permitir que lo lancen al hueco de la desmemoria. La memoria, en este caso, es defensa. Es negarse a que nos vendan la historia lavada, planchada y perfumada. Es recordar que mientras él firmaba contratos, aquí se moldeaba una generación con menos neuronas, menos talla, menos futuro. Y eso no es metáfora: es estadística, es biología, es tragedia.

Saab no es un corrupto más: es la encarnación del daño estructural.

Un hombre que convirtió la tragedia en modelo de negocio. Un operador que hizo del hambre un mecanismo de control político. Un nauseabundo traficante de miseria.

Hay que negarse a la anestesia moral. Hay que entender que esto no fue un negocio turbio: fue una agresión contra la infancia de un país. Recordar y entender es impedir que mañana alguien repita el mismo esquema con otro nombre, otra empresa fachada y otro gobierno amigo y socio de la barbarie.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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