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Soledad Morillo Belloso: La prisión de las etiquetas

 

Las etiquetas son cómodas como las sandalias viejas: Uno se las pone sin mirar si están rotas, sin preguntarse si todavía sirven, sin admitir que ya huelen a encierro. “Comunista”, “conservador”, “izquierda”, “derecha”, “capitalista”, “progre”… Un zoológico entero de palabras amaestradas para no tener que pensar. Las usamos como quien mete la ropa sucia en una bolsa y la amarra fuerte: No resuelve nada, pero evita el olor por un rato. Son sellos de goma, estampados sin leer el documento, sin revisar la firma, sin verificar si el papel es siquiera nuestro. Atajos mentales para no caminar el camino completo, muletas para no enfrentar la complejidad del otro y del mundo.

Y claro, funcionan como pasaportes morales. Si te pongo una etiqueta, ya sé —o creo saber— quién eres, qué piensas, qué votarías, qué odias, qué celebras. Te vuelves un dibujo de palitos, una caricatura útil, un personaje de utilería. En política —y en lo social, que es política con maquillaje— esa utilidad se vuelve arma. Las etiquetas convierten al enemigo en monstruo de feria y al aliado en mascota de peluche. Son el sueño húmedo de los polarizadores: Con ellas no hay que debatir, solo repetir consignas. La vida se vuelve menú infantil de dos opciones, servido en bandeja de plástico, como si el mundo fuera una cajita feliz y no un laberinto lleno de puertas que cuesta atreverse a abrir.

Pero las etiquetas más peligrosas no son las que se gritan en discursos ni las que se lanzan como dardos en redes sociales. Son las íntimas, las que uno descubre en la mirada del otro. “Tú eres así”, dicen. “Tú siempre has sido así”. Y uno siente cómo lo encajonan, cómo lo achican, cómo lo vuelven personaje secundario de una historia que no escribió. La familia es experta en fabricar moldes; los amigos, en preferir versiones antiguas de uno; los desconocidos, en creer que una frase basta para definir a un ser humano entero. ¿Cuántas vidas caben en una sola etiqueta? ¿Cuántas contradicciones, cuántas heridas, cuántos cambios, cuántas noches de insomnio? ¿Cuántas veces uno ha tenido que arrancarse la etiqueta como quien despega un parche que ya no cura nada?

Las etiquetas son, al final, una renuncia. Renuncia a mirar. Renuncia a pensar. Renuncia a la posibilidad de que el otro sea más grande, más complejo, más inesperado de lo que uno imaginaba. Y también son una renuncia a uno mismo: porque quien etiqueta al otro termina creyendo que él también cabe en una cajita. Y allí se queda, en esa prisión de cartón, apretado, respirando poco, convencido de que la vida es más simple de lo que realmente es. Hasta que lo simple se vuelve simplón, y lo simplón, tirano.

Al final, las etiquetas son la versión low‑cost de la verdad: baratas, rápidas, desechables, y siempre con un adhesivo que termina pegándose donde no es. Son la plastificación del juicio, la fotocopia del pensamiento, el origami torcido de lo que no nos atrevemos a mirar de frente. Sirven para no pensar, para no dudar, para no admitir que el mundo es más grande que nuestras certezas de bolsillo. Pero la gran broma —la broma cruel— es que quien etiqueta termina etiquetado. Uno cree que está clasificando al mundo y resulta que el mundo lo archiva a uno en la carpeta de “simplones con prisa”. Y allí, en esa gaveta mental, uno descubre que la etiqueta que puso afuera ahora está pegada adentro, justo en la frente, como un recordatorio de que la pereza intelectual también deja marca. Porque etiquetar es un acto de fe en lo pequeño, y la fe en lo pequeño siempre termina por empequeñecer al creyente.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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