Yerran quienes afirman que María Corina quiere manejar la mesa. Yerran porque miran el clamor del día, la anécdota, el chisporroteo del momento, y no la distancia. La distancia es la única que revela la intención verdadera; el presente, en cambio, es un animal nervioso que engaña.
Esa aseveración nace de la obsesión venezolana por reducirlo todo a un pleito de comedor: Quién se sienta, quién reparte, quién levanta la voz. Como si la política fuera un regaño doméstico y no una disputa por el rumbo histórico. Quien dice que ella quiere “controlar la mesa” está leyendo sombras, no objetos; está interpretando la política como un forcejeo de manos sobre un mantel, cuando lo que está en juego es el mapa entero.
La mesa es circunstancial. La mesa es un mueble. La mesa es un punto en la línea, no la línea. Confundirla con el propósito es un error de quienes viven pegados al fogonazo del día y no al trazo largo. La distancia muestra otra cosa: Que lo que se disputa no es la administración del mobiliario, sino la arquitectura del proceso. No es el turno de palabra; es la dirección del país. No es la silla; es el camino.
Por eso yerran: Porque miran el ruido y no la trayectoria, porque se quedan en la espuma y no en la corriente, porque creen que la política se decide en la mesa cuando en realidad la mesa es apenas un escenario transitorio, un interludio, un capítulo dentro de una obra que se escribe lejos, muy lejos del pasajero instante.
Ha aprendido María Corina— a fuerza de golpes, traspiés, distancias y persistencias — a no permitir que la transitoriedad la gobierne. Entendió que la política no se mira solo con los ojos: exige periscopio para leer lo que se mueve bajo la superficie, microscopio para detectar la partícula que altera el rumbo, y telescopio para no perder de vista la constelación completa.
Harían bien en entender que María Corina no quiere tener la punta de esa mesa, no quiere mandar: María Corina quiere gobernar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

