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Soledad Morillo Belloso: La realidad es respondona

 

Quizás sea cierto lo que dicen los que siempre tienen un primo, un compadre o un vecino que “sabe cómo se bate el cobre”. Esos “managers” de información de tercera mano que nunca muestran la fuente, pero siempre conocen a alguien que conoce a alguien que estuvo allí.

Según dicen, aquí todo está cantado. No hay punto ni coma que no venga aprobado desde alguna oficina con aire acondicionado polar, café ilimitado y una alarmante distancia de la realidad. Todo estaría resuelto de antemano: Quién sube, quién espera, quién se resigna, quién pela bola  y quién termina celebrando como si el mérito hubiera tenido algo que ver con el asunto. Hasta la ilusión de escoger libremente, desde una candidatura hasta el relleno de una arepa, sería apenas utilería. Como las matas de plástico en las recepciones de ciertos organismos: Están allí para decorar, no para vivir.

Y sería necio negar que el tutor existe. Claro que existe. Y claro que tiene poder. El poder del tamaño, de los reales, de las botas, de la tecnología y de la capacidad de convertir una versión de los hechos en la versión oficial de los hechos. Mueve fichas, reparte favores, administra silencios y reales y fabrica consensos con la misma naturalidad con la que algunos reparten estampitas en Semana Santa.

Pero una cosa es tener poder y otra muy distinta tener garantizado el resultado. Porque si algo demuestra la historia es que hasta el tutor más encopetado pela el boche.

Al final, por más láminas de PowerPoint que proyecte en pantallas gigantes, por más consultores que facture y por más informes que se acumulen en carpetas marcadas como “estrictamente confidencial”, la realidad conserva una fea costumbre: No obedecer completamente.

Y cuando el plan falla, aparecen los informes post mortem. Esos documentos de treinta páginas que explican con elegante redacción por qué ocurrió exactamente lo que se aseguraba que era imposible que ocurriera.

Hasta al más veterano cazador se le escapa una liebre. Y no una vez. Varias. A veces por exceso de confianza. Otras por soberbia. Otras porque alguien leyó mal los datos. Y muchas porque existen variables que no caben en ninguna hoja de cálculo ni en ninguna sala situacional.

Esa es la parte que los enamorados del control absoluto prefieren olvidar: El margen de error nunca desaparece. Jamás llega a cero. Se reduce, se administra, se maquilla, se rodea de gráficos coloridos y declaraciones solemnes, pero sigue allí, escondido como una gotera detrás de una capa nueva de pintura.

Porque el control absoluto funciona muy bien en los discursos, en las cadenas, en los comunicados y en las memorias institucionales. El problema es cuando tiene que medirse contra la vida real. Y la vida real es respondona.

La gente se molesta. La gente se cansa. La gente improvisa. La gente encuentra atajos. La gente se equivoca. La gente desobedece. Una cosa es el papel. Otra muy distinta es la calle. Por eso abundan los planes perfectos que terminan pareciéndose a una carretera recién inaugurada después del primer aguacero: Sobre el folleto eran impecables; sobre el terreno aparecen los huecos.

Además, tenemos la costumbre de atribuirles poderes sobrenaturales a quienes ocupan posiciones de mando. Si aciertan, son genios. Si fallan, aparecen los pretextos: Que cambió el contexto, que faltó información, que hubo factores exógenos, que nadie podía preverlo.

Y, de repente, el estratega infalible resulta ser tan humano como cualquiera. Tan susceptible al error, al ego y hasta a las flatulencias como el resto de los mortales. El tutor orienta, presiona, recomienda, acomoda piezas y hasta inclina la cancha cuando puede. Pero no controla el partido completo. Nunca lo ha hecho. Ni lo hará. Y cuando falla no sorprende que caiga en la elaboración de pretextos y en el ponciopilatismo.

Por eso conviene desconfiar de quienes hablan del futuro con la seguridad de quien ya leyó el último capítulo. Los cementerios de la historia están llenos de inevitabilidades que no llegaron a ninguna parte. Lo inevitable suele durar exactamente hasta que deja de serlo.

Tal vez el error más común sea confundir poder con omnipotencia. El tutor puede señalar el camino, pero no recorrerlo por todos. Puede redactar el libreto, pero siempre aparece alguien que improvisa una línea. Puede mover muchos hilos, pero tarde o temprano descubre que algunos nudos tienen voluntad propia.

Y ahí está el gran error de todos los fabricantes de certezas: Mientras exista una sola variable fuera de cálculo, una sola voluntad indócil o una sola circunstancia imprevista, el desenlace seguirá abierto. Porque la realidad nunca ha sido una ciencia exacta. Y porque, al final, los guiones que parecen más cerrados son justamente los que suelen terminar con las sorpresas más incómodas.

El buen liderazgo, el inteligente, es precavido. Tiene que dudar. Y con esa duda, pensar en un plan B, por si el Plan A falla.

Ciertamente, es una evidencia de debilidad del régimen el asunto del TSJ. Quedarse sin el control del poder celestino que ha legalizado y alcahueteado toda su barbarie no es bocado fácil de tragar. La posibilidad de tener que actuar con el cuchillo en el pescuezo los pone a sudar tinta china. Porque el terremoto que se avizora en el TSJ cambia mucho y con fuerza. Y no se limita a cambiar a los zamuros. Es despellejar toda su ristra de leyes y decisiones inconstitucionales. Falta sí saber cómo lo van a hacer, sin caer en el expediente de repartirse las poltronas entre viejas y nuevas tribus.

La petición del oro no pasa de ser una presunción de ególatras y una provocación a nosotros. Cuesta creer que ante tantas evidencias de saqueo le vayan a lograr poner las garras a esos lingotes. No creo que los británicos sean tan incautos.y preferirán entrar en una larga diatriba.

Pero, por otra parte, es una muestra de debilidad de la oposición (AN2015) el no haber podido (o querido) incluir en el primer comunicado de resultados el anuncio de la liberación de todos los presos políticos y la agenda detallada sobre la intervención del CNE. “Eso ya viene”, “eso ya se está conversando”, me dicen. Y la gente en la calle dice: “Sí, el día que San Juan agache el dedo”. Es una muestra de flacuchentería política porque eso sí sería un mensaje claro e indiscutible de que de veras tienen la sartén por el mango.

Ayer, además de haberse dado el postín de convocar a la prensa para las 12:30, anunciar declaración para las 2:30 y finalmente hablar pasadas las 7:00, tuvieron el tupé de ignorar a quienes fueron a protestar frente al Meliá (elección muy equivocada del “location” por su infausta recordación). El retraso es una grosería, mala educación, patanería; el ignorar las protestas y permitir que los esbirros marcaran la pauta, una absoluta vulgaridad. Y esos dos gestos son “más de lo mismo”.

En fin, ya veremos cómo se desarrolla la próxima fase. Por lo pronto, la primera recibe una evaluación: Un 14 sobre 20, y estoy siendo generosa. Un guayoyo recalentao y aguao.

Ah, un consejo, para la próxima: Hay que cuidar los detalles. Por ejemplo, que la traducción del inglés al venezolano no parezca hecha con un app de uso gratuito o por alguien que aprendió español viendo subtítulos en series de Netflix. Digo, para que se note menos que las líneas del libreto no fueron escritas aquí ni por gente que haya hecho una cola para echar gasolina, pasado horas eternas sin electricidad, lidiado con una inflación insaciable o discutido si la arepa va con mantequilla antes o después del relleno, y eso si el bolsillo aguanta para comprar mantequilla. Esos detalles también hablan. Y a veces gritan.

soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

Emisora Costa del Sol 93.1 FM