Iban dos Venezuelas en un mismo vagón de metro, y el silencio entre ellas era más espeso que el asfalto fundido de agosto. Ninguna se atrevía a mirarse a los ojos porque reconocer a la otra equivalía a asomarse a un espejo roto. Una llevaba el carnet de la patria en la cartera, raída y mugrienta de tanto manosear la urgencia y mendigar el subsidio; La otra traía en los labios un eslogan afilado como cuchillo de remate, de esos que prometen fundar una República inmaculada y extirpar de raíz todos los dolores de la patria. Decía la abuela en los tiempos de la bonanza que cuando el río suena no siempre trae piedras: a veces, lo que arrastra con furia es un ahogado. Y hoy Venezuela entera es ese río turbio que devuelve naufragios.
En la acera de enfrente, el discurso del poder encarnado por Delcy Rodríguez ha dejado de ser una propuesta de gobierno para convertirse en un ejercicio de entomología estatal: La preservación biológica de un cadáver institucional. Lo suyo es una sopa de quinchoncho recalentada mil veces en el microondas de Miraflores. Su promesa básica no busca el desarrollo, sino la administración científica del desamparo. Es la pedagogía de la resignación utilitaria, donde el régimen no le promete al ciudadano vivir mejor, sino garantizarle que no le arrancarán el último pedazo de yuca del plato mientras canta el himno nacional y la élite revolucionaria baila en un templete.
El modelo articula una paradoja ideológica grotesca: Una retórica de soberanía maridada con un pragmatismo salvaje de bodegón. Bajo esta lógica, la divisa extranjera dolariza la miseria social mientras la soberanía real se suspende en la taquilla de pago de los nuevos enclaves económicos. Es el entreguismo de chequera, opacidad y clandestinidad más severo de nuestra historia republicana. Su armazón no descansa en la legitimidad de origen, sino en el uso estratégico de la ley como garrote: Un constitucionalismo de fachada que apela a estatutos de los que se mofa en la práctica, parapetándose en la efigie marmórea del Libertador para proyectar un orden incontestable frente a la supuesta amenaza de anarquía. Es el viejo colchón lleno de chinches: Incómodo, apestoso a humedad y destructor de la espalda, pero vendido desde el micrófono oficial como el único refugio seguro contra la intemperie.
Al otro lado de la plaza, María Corina Machado levanta un proyecto de refundación con olor a barniz fresco, sacristía, rigor técnico y misa de doce. Su palabra no propone un reajuste cosmético ni una negociación de cuotas; Funda una épica de ruptura total. La arquitectura política que plantea recupera los pilares de la democracia liberal clásica, el capitalismo popular, la restauración expedita del Estado de derecho y la vigencia irrestricta de los derechos humanos. Sin embargo, su planteamiento trasciende la mera gestión pública para operar como una suerte de exorcismo sociopolítico, destinado a extirpar el mal sistémico desde sus cimientos morales.
Su “hasta el final” resuena con la vibración de un clarín de campaña, pero en la penumbra de la cocina, mientras la familia calcula el costo de la bombona de gas, la gente se pregunta en voz baja cuánto cuesta el billete de autobús para llegar a ese final sin quedarse tirado a mitad del desierto. La oratoria abreva en la gesta existencial. Escinde el conflicto en una confrontación binaria entre el bien absoluto y la descomposición moral, exigiendo un compromiso ciudadano inquebrantable. Su mayor activo no es la doctrina económica, sino la politización del dolor: Apelar a la fibra más íntima de la tragedia humanizada con la promesa del retorno de los hijos que se tragó la diáspora. Utiliza la calle no como espacio de mitin, sino como templo de validación popular insumisa, ajena a las componendas de la clase política gobernante.
Frente a este choque, hablar de “polarización” en este páramo es comprarle la mercancía averiada al enemigo. Esa supuesta gran polarización nacional es una impostura analítica, una ficción diseñada para el consumo de cancillerías, platós de televisión y podcasts académicos. No existen dos mitades del país enfrentadas por proyectos de nación incompatibles; Lo que existe es una asimetría colosal. De un lado opera una camarilla corporativa y militar aferrada al presupuesto y al monopolio de la fuerza mediante la coacción burocrática y la extorsión; Del otro se sitúa una inmensa masa exhausta, transversal e ideológicamente heterogénea que solo pide recuperar la normalidad: Votar, trabajar, comer y vivir sin el chantaje diario de la supervivencia.
La polarización simulada no es más que el intento de monopolio del conflicto: La manipulación del susto para convertir al ciudadano en rehén de una función de teatro donde el costo siempre lo paga la platea. Delcy ofrece la anomia controlada y la ruina administrada como costo de permanencia. María Corina plantea una cirugía a corazón abierto sin anestesia institucional garantizada, exigiendo un acto de fe en la marea ciudadana para desmantelar la estructura del régimen.
Y atrapado entre la resistencia de utilería y el milagro liberal, el venezolano de a pie sigue contando los granos de caraota en el fondo del plato. Se pregunta en qué recodo del camino la política dejó de ser el modesto arte de lo posible —de resolver la cotidiana— para convertirse en un duelo teológico ante un público que solo pide lo elemental: Que el agua vuelva a subir por la tubería por fuerza de gravedad y que el salario alcance para comprar algo más que el derecho a guardar silencio.
¿Cuál de las dos promesas se impondrá en este laberinto? Nadie puede decretarlo con certeza. No cabe duda de que María Corina se impondría por un margen demoledor en cualquier terreno donde el voto mantenga su valor normativo, pues encarna el clamor desesperado de un país que anhela cerrar este calvario. Pero para ganar una elección bajo las reglas de la democracia clásica, primero se necesita un sistema electoral, y Delcy, acorazada en los pasillos de un aparato estatal que perdió hace tiempo el pudor y el remordimiento, hará lo indecible para impedirlo. Es consciente de que una urna limpia y auditada no representa una derrota electoral, sino la liquidación definitiva de su ecosistema de corrupción, impunidad y privilegios.
De este modo, la política venezolana se ha reducido a una ecuación de voluntades irreconciliables: La contundencia matemática de un descontento popular masivo frente a la violencia fría, burocrática y blindada de una estructura que prefiere inmolar la República antes que ceder el mando. En el centro no hay un espacio de mediación virtuosa, sino un calendario donde el tiempo transcurre cobrándose vidas, familias fracturadas y expectativas mutiladas. Mientras la retórica se afila en los estudios y los monólogos de Miraflores se eternizan, la nación permanece en una paradoja trágica: Un régimen que solo puede sostenerse clausurando el futuro, y una sociedad entera que conoce perfectamente su destino, pero sigue prisionera en la jaula que le construyeron con los escombros de su propia casa.
La clave está en cuándo sería la nueva elección presidencial. Cuando le convendría a Washington. ¿Van a seguir dándole largas? La Constitución es clara. Declarada la vacancia, toca convocar elecciones en un plazo determinado. Pero tal parece que en Washington los artículos cambian en la traducción.
Esto no es un cuento de hadas. Tampoco es una historia ya escrita. La travesía es compleja y nada está garantizado de antemano. Pero la resignación no constituye una alternativa política. Los ciudadanos involucrados y comprometidos con el rescate republicano —que nadie lo dude— somos abrumadora mayoría. Los buenos somos más.
soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

