Con desdichado menosprecio Winston Churchill dijo de Mahatma Ghandi que parecía un faquir, pero es seguro que detrás de tan necia e irrespetuosa apreciación se agitara la desventura política de la independencia de la India con la que el faquir iba a herir mortalmente a Inglaterra manejando una nueva arma severamente eficaz como la “no violencia”. Sin embargo y contrariamente, la violencia se apoderó de los años cincuenta que vieron el final de la guerra de Indochina con la caída de Dien Bien Phu y el fracaso militar francés. Yo estaba frente al Arco de Triunfo en París con Ilio Novelino y muchos parisinos a mi alrededor cuando estalló la noticia. Novelino me miró y dijo: “¡No digas nada, ni siquiera te atrevas a sonreír, porque estos franceses están tan arrechos que te pueden degollar!”.
Los cincuenta, al igual que todas las décadas sucesivas, no fueron años placenteros porque sucumbieron ante los zarpazos del oprobio y la maldad de unos contra otros. China humilló al Dalai Lama y al Tibet cuando las ásperas botas maoístas de Mao Zedong aplastaron perfectas mandalas budistas y Corea significó un duro enfrentamiento entre el Norte de la península apoyado por China y la Unión Soviética y el Sur apoyado por la ONU, es decir, por los Estados Unidos, teniendo como límite el triste pero famoso paralelo 38 que desde entonces dividió la península coreana en dos países antagónicos. Fue el inicio de la Guerra Fría; una guerra de desgaste que derivó en una paz congelada. En Corea siguen sin verse las caras de un Norte impresentable y pavorosamente militarizado y un Sur democrático de envidiable desarrollo y prosperidad, aunque por encima del paralelo y sobre el mundo (¡que desde entonces vive aterrado!), persista el vuelo nervioso y lleno de presagios de alguna que otra mariposa de bellas alas y a veces de corta vida.
África percibió y conoció luego el huracán del anticolonialismo y el recuerdo de Leopoldo el miserable rey belga quedará en la memoria del mundo como una sombra siniestra y despiadada mientras los aires musicales del skiffle, el beat y el rock and roll nos preparaban para recibir una década más tarde a unos muchachos de Liverpool que van a estremecernos con su música y canciones. Ese mismo año 50, Alcides Ghiggia se abrazaba a la gloria de haber silenciado a los doscientos mil asistentes al Maracaná con el gol que convirtió a Uruguay en campeón mundial, venciendo al soberbio y jactancioso Brasil. Fue por eso que Ghiggia, con justificada altivez, dijo que solo tres personas han silenciado el Maracaná: El Papa, Frank Sinatra y él.
Yo deserté de la Sorbona, entonces célebre pero anticuada y polvorienta universidad en la que precipitadamente me matriculé para estudiar leyes. Al desertar, me entendí mejor con París, una espléndida ciudad que convertí en aula, algo mucho más beneficioso que aquella avergonzada universidad.
Y como si fuese un aire inquieto revoloteando por México, un músico llamado Luis Arcaraz (1910-1963) trazaba su camino dirigiendo una orquesta que, por su estridente sonoridad, recordaba a la del desdichado Glenn Miller, muerto en el mar cuando en diciembre del 44 cayó el avión que lo llevaba a Francia.
Aquel turbulento y maltratado año 50 de guerras, enconados encuentros y odios desatados presenció el secuestro y magnicidio de Carlos Delgado Chalbaud, pero también la destrucción de buena parte de El Tocuyo por un terremoto y una espinosa presencia militar. También supo de intensos y reverenciados afectos familiares que lograron mantener alguna esperanza de dicha y bienestar al pie de la cama de un mundo amenazado y enfermo, porque, a pesar de la constancia hogareña, pareciera que cada día aumenta el número de gente violenta y agresiva. ¡Lo sé porque ocurre desde hace más de veinte años en mi propio país!
Y como si apresara suavemente con sus dedos las alas de una de aquellas mariposas, México sorprendió a Luis Arcaraz cuando daba vida y música a la bella imagen de una modelo cuya atractiva figura aparecía en un número de la revista Esquire, de moda masculina y origen estadounidense. Fue así como en aquel desorbitado año 50, con letra intensa pero breve de Mario Molina Montes, capaz de narrar una deliciosa aventura de amor, conocimos una hermosa e inesperada canción llamada Muñequita de Esquire, sobre la chica que Arcaraz y yo no solo adoramos, sino que vimos escapar de la revista, tomar cuerpo, respirar junto a nosotros y ser, durante un tiempo de vida y muerte, mi principio y mi fin. ¡La inventada y deliciosa muñequita de Esquire que en aquellos años cincuenta me ayudó a vivir!
No obstante la equilibrada serenidad que he logrado alcanzar con los años, tiendo a idealizarme para defenderme de los oprobios del mundo y, en consecuencia, enaltezco a la gente que quiero. A Tula, mi mamá, porque me dio a conocer a Cordelia, la hija del rey Lear, pero no a la Cordelia adulta de Shakespeare, sino a la Cordelia niña, y soy el único que ha jugado con ella en el palacio del rey. Idealizo a mi mujer, Belén, con quien compartí y disfruté medio siglo de vida fascinante y adorable; a mi familia y a los numerosos amigos que me quieren y persisten en mi amistad.
Junto a Luis Arcaraz sublimé a la chica de Esquire y lo hago de manera constante con el país que me vio nacer y se esfuerza por volver a ser, pero mejor que el que fue, antes que el chavismo lo descuartizara. A mi avanzada edad me persigue una interrogante: ¿tendré tiempo para conocerme realmente y viajar una vez más hacia mí mismo? ¡Creo y sostengo que es la única manera de reconciliarme conmigo y con el mundo!
A Milnovecientos, como llamamos a Alberto Valero desde Varsovia, y a mí desde Caracas, a María Corina Machado no tengo por qué idealizarla. Ella no es una mariposa que revolotea sin propósito alguno; tampoco es una modelo escapada de las páginas de Esquire, sino una mujer histórica, única e irrepetible, ajena a la vociferante y mentirosa retórica política. ¡Ella es la familia venezolana hoy dispersa, pero MCM está destinada a reunir gloriosamente! Mujer de temple y coraje que no está situada dentro ni fuera de la historia, porque ¡ella es la historia! ¡Nuestra historia! Y todos la llevamos rebelde, solidaria e indómita en nuestra memoria y en nuestro corazón. ¡Y la admiro y respeto más que a aquella Muñequita de Esquire que quise en 1950 y, sin yo pedírselo, me ayudó a vivir!

