Lectura de finde.
Jovito Villalba (firmando), Rafael Caldera (centro) y Rómulo Betancourt
El venezolano suele mirar el pasado con la sospecha del que fue estafado en una esquina, olvidando que para juzgar los cimientos de una casa primero hay que recordar la tormenta que la amenazaba. Creemos a veces que aquello que no se mueve dura para siempre, sin entender que la fijeza, cuando se cuida con sabiduría, es la única arquitectura capaz de salvar a un país del naufragio.
El 31 de octubre de 1958, en una quinta que olía a café recién colado y a solaz de posguerra, tres señores de flux oscuro y solapas de casimir firmaron un papel. El lugar se llamaba Puntofijo —así, pegado, como se escribía entonces la esperanza—. La genialidad y la ironía del asunto residieron en una certeza tan pragmática como visionaria: lo mejor de aquel pacto era, precisamente, que tenía puntos fijos.
En un continente propenso al desbarajuste y la bota militar, el invento tuvo el mérito extraordinario de los arneses bien cortados. Tras el estruendo de los aviones del 23 de enero y el desbande de la dictadura, la política nacional era una gallinera alborotada al borde del precipicio. Rómulo, Rafael y Jóvito —los tres compadres de la modista republicana— diseñaron un tinglado de alta costura para que la democracia no se desfondara a las primeras de cambio. Supieron exorcizar el canibalismo atávico de nuestra historia, obligando a las facciones a sentarse a la mesa a pactar reglas de juego en lugar de sacarse las tripas en la calle.
Aquellos puntos fijos fueron pilares de sobriedad. Le quitaron a los cuarteles el pretexto del zarpazo fácil y blindaron la supremacía del poder civil durante más de tres décadas, transformando a Venezuela en una rara isla de libertad en medio de un mapa latinoamericano infestado de uniformados y guerrillas. La fijeza de las instituciones trajo consigo el milagro de la previsibilidad: las urnas de cartón se convirtieron en el único árbitro legítimo y el traspaso de mando dejó de ser un baño de sangre para ser un trámite republicano.
Gracias a ese remanso de estabilidad, el país dio un salto mortal hacia la modernidad. La renta petrolera, en lugar de diluirse en asonadas y revueltas de caudillos, se encauzó hacia la construcción de una nación verdadera. De esa certeza institucional nació una clase media pujante, las universidades pobladas por los hijos de los campesinos, las grandes autopistas que tajaron la geografía y un sistema de salud que erradicó males ancestrales. La gente aprendió a vivir con agua corriente, luz eléctrica continua y la tranquilidad de saber que mañana el comercio abriría sus puertas.
Es verdad que con el transcurrir de las cosechas la madera de la estructura sufrió de polilla y la comodidad trajo un veneno lento de inmovilismo. Los acuerdos se volvieron dogmas, el pacto derivó por momentos en una tertulia de sordos y la partidocracia se confió al pensar que bastaba con renovar los sellos de goma cada cinco años. Sin embargo, tachar el acuerdo únicamente por sus grietas tardías es ignorar que fue ese mismo tinglado el que garantizó los años más prósperos, educados y libres que recuerde esta tierra. Los clavos de Puntofijo sostuvieron el arca durante la marejada más peligrosa del siglo XX, demostrando que cuando los venezolanos deciden fijar reglas claras y respetarse, son capaces de edificar una República civil habitable, luminosa y duradera.
Y así, entre la nostalgia de lo que pudo ser y el reconocimiento de lo que efectivamente se edificó, nos queda la lección intacta. El Pacto de Puntofijo fue, ni más ni menos, que el intento más serio de los venezolanos por pactar la convivencia civilizada: Un puente de madera sólida que nos sacó del fango de la dictadura y nos condujo por la avenida de la modernidad, aunque al final el orgullo nos impidiera ensancharlo a tiempo. Quizás la verdadera tarea pendiente no sea maldecir aquellos clavos que alguna vez sostuvieron la casa, sino aprender a forjar nuevos puntos de encuentro —estos sí, flexibles, abiertos y capaces de respirar— para cuando baje, otra vez, la ventolera.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob


