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Arturo Molina: Votos allá, petróleo aquí

 

El aguijón.

Este martes 3 de noviembre hay elecciones de medio término en los Estados Unidos y, como suele ocurrir en nuestra América, vuelve la costumbre de mirar hacia el norte esperando que las urnas ajenas resuelvan los dramas que no hemos podido solventar en casa. Sin embargo, lo que se juega en esa elección obliga a pisar tierra y a dejar de lado las ilusiones. Más allá de cuántos curules ganen los republicanos o los demócratas, lo que está a prueba es si se le pone freno o se le da vía libre a una forma de gobernar que ha cambiado las reglas democráticas por el capricho personal y la ley del más fuerte.

Hoy vemos a las grandes potencias sentadas en una mesa invisible repartiéndose el mundo en toletes, reviviendo aquellas viejas zonas de influencia del siglo pasado y de la Guerra Fría. La receta es conocida: los gigantes se trazan rayas en el mapa para adueñarse del destino de países enteros, asumiendo el derecho de intervenir, sacar recursos y poner o quitar gobiernos en lo que consideran su patio trasero, mientras se hacen de la vista gorda ante los atropellos que comete el rival en la parcela de enfrente. En ese reparto, la soberanía de las naciones más débiles simplemente no existe.

Curiosamente, quienes hoy impulsan desde Washington ese nuevo orden mundial a punta de fuerza, terminan sonando igualito al cántico de los mal llamados revolucionarios del siglo XXI cuando hablaban de construir al hombre nuevo. Es el mismo círculo vicioso por el control total, solo que con distinto collar. Escudándose en la seguridad nacional y en una supuesta paz, el actual mandatario estadounidense no ha dudado un segundo en atacar a otras naciones, lanzar acusaciones sin pruebas en los expedientes y ordenar la muerte de personas o figuras públicas de otros países bajo el cuento de que poseen armas atómicas para atacar suelo norteamericano. Es una política exterior incoherente e irresponsable que se lleva por delante cualquier respeto por la vida y las leyes internacionales.

Venezuela está metida de lleno en ese juego. Nadie olvida que los artífices del llamado socialismo del siglo XXI cometieron aquí abusos, asesinatos, persecuciones, privaciones de libertad y crímenes señalados como de lesa humanidad. Pero hoy lo que se respira en la calle venezolana es una profunda indignación, porque nada de lo que se prometió para reparar tantos años de sufrimiento se ha cumplido. Al revés: nuestro país pasó de ser una causa por la libertad a convertirse en un depósito de materia prima. Los acuerdos que se han cocinado con Estados Unidos para entregar petróleo, gas, hierro, aluminio y piedras raras demuestran que la famosa propuesta norteamericana de los tres pasos permanece estancada. El negocio para llevarse los recursos camina de maravilla, pero la transición política no arranca nunca, mientras la gente de a pie sigue esperando justicia y soluciones reales.

Con ese cuadro encima, muchos sueñan con que Donald Trump pierda el martes tanto la Cámara de Representantes como el Senado para que lo saquen del poder. Hay que hablar claro: en Estados Unidos, destituir a un presidente requiere el voto de dos tercios de los senadores, un número que los demócratas no tienen cómo alcanzar. Si Trump pierde ambas cámaras, no lo van a desalojar de la Casa Blanca, pero sí le van a trancar el juego. Un Congreso en contra se metería de cabeza a revisar y frenar el manejo discrecional de los negocios petroleros y mineros hechos con Caracas, lo que obligaría a volver a hablar de la transición política; aunque también existe el peligro de que un presidente acorralado dentro de su país decida inventar más conflictos afuera para tapar sus problemas internos.

Si la elección deja un Congreso picado por la mitad, la historia cambia poco para nosotros. Si Trump pierde los Diputados pero conserva el Senado, tendrá a la cámara baja haciéndole la vida de cuadritos con investigaciones y recortes de presupuesto, pero seguirá teniendo el Senado a su favor para nombrar funcionarios y proteger a las empresas que hoy extraen el crudo y nuestros minerales. Y si ocurre al revés —que gane Diputados y pierda el Senado—, se salvará de las investigaciones incómodas, pero tendrá las manos atadas para ratificar acuerdos internacionales o nombrar embajadores, dejando la relación con Venezuela sostenida con alfileres.

Ahora bien, nadie puede descartar que los republicanos logren conservar todo el Congreso o que, incluso perdiendo curules, salgan fortalecidos. Y es que del lado demócrata no se ve un liderazgo que conecte con la gente; siguen repitiendo las mismas estrategias, llenas de fisuras y sin propuestas claras. Ese vacío es el que ha permitido que desde la Casa Blanca se gobierne a fuerza de arrebatos personales. Si el oficialismo gana de calle este martes, lo tomará como un permiso absoluto para seguir repartiéndose el planeta y terminar de enterrar el reclamo democrático venezolano a cambio de minerales y barriles de crudo.

Detrás de todo este conteo de votos hay un problema de fondo que algunos se niegan a ver: el daño que esa política agresiva le está haciendo a la economía mundial y a la propia sociedad norteamericana. Gobernar a los gritos, irrespetando las instituciones e imponiendo aranceles por puro antojo está encareciendo la vida dentro de los mismos Estados Unidos y partiendo a esa nación en dos mitades que no se pueden ver ni en pintura, una fractura que a la larga les hará más daño que cualquier enemigo externo. Para los venezolanos, lo que ocurra este 3 de noviembre deja una lección que debemos aprender de una buena vez: las potencias no tienen amigos ni principios sagrados, solo tienen intereses, y nuestra libertad jamás va a salir de una caja de votos en el extranjero.

Secretario Nacional para Asuntos Fronterizos de Soluciones para Venezuela.

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