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José Rafael Herrera: Penélope o la reconstrucción de la República

 

Existen formas de resistencia que no necesitan levantar espadas. En la penumbra de Ítaca, bajo la infamia de los pretendientes, Penélope teje y desteje, mientras el tiempo avanza. En esa paciente y silenciosa labor, la tenacidad se traduce en inteligencia y la inteligencia en la efectiva posibilidad de alterar el destino. La historia política venezolana no ha sido ajena a la infamia de los pretendientes, y por eso mismo parece hallarse inmersa en una paradoja similar: la Independencia, concebida como el proceso de emancipación de la sociedad, terminó por engendrar formas de autoridad que hicieron de la voluntad personal el fundamento del poder. Desde la guerra emancipadora, la figura del caudillo ha acompañado la formación de la República, atravesando sus transformaciones institucionales y sobreviviendo, incluso, a la instauración de la democracia representativa. La cuestión no consiste en decretar el rechazo abstracto de esa persistencia histórica y cultural, sino en comprenderla, porque comprender quiere decir superar. Por eso mismo, conviene advertir de entrada que caudillismo y presidencialismo no necesariamente se identifican, y que no toda forma de liderazgo político reproduce la lógica de la subordinación.

El presidencialismo representa una determinada forma de organización del poder. El caudillismo, en cambio, una particular relación entre el poder y la sociedad. Un presidente ejerce una función instituida y delimitada por el orden constitucional, a diferencia de un caudillo, quien tiende a revestirse de los colores de la voluntad colectiva, haciendo de su propia persona la condición de unidad y destino de la sociedad. La diferencia no es meramente formal: un presidente puede ser elegido democráticamente y, sin embargo, comportarse como un caudillo. La elección no suprime el personalismo cuando la legitimidad política termina dependiendo de la adhesión incondicional a quien ejerce el poder.

La historia venezolana ofrece ejemplos suficientes. El proyecto republicano de Independencia debió enfrentar la disolución de las antiguas mediaciones coloniales y la dificultad de constituir una sociedad políticamente integrada. La guerra produjo jefaturas militares, lealtades personales y formas de autoridad que no siempre encontraron su correlato en instituciones estables. El caudillo apareció, entonces, como la fuerza capaz de articular el poder ahí donde la sociedad todavía no había logrado instituirlo. La interpretación de Laureano Vallenilla Lanz, en Cesarismo democrático, hizo de esa circunstancia la clave explicativa de la historia nacional: el “gendarme necesario”, esa suerte de parto de los montes del positivismo criollo, expresa la necesidad de una autoridad personal capaz de imponer el orden y garantizar la unidad social y política.

Pero la persistencia histórica de esa relación no implica que toda la autoridad política venezolana deba ser «metida en el mismo saco» y comprehendida bajo la misma categoría. Durante los cuarenta años de democracia representativa, el presidencialismo conservó, sin duda, rasgos personalistas, pero la existencia de elecciones, partidos, alternancia y mediaciones institucionales estableció una diferencia sustancial respecto del militarismo que, con Chávez, volvió a identificar la conducción del Estado con la voluntad del caudillo. Es verdad que Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez ocuparon la Presidencia de la República, pero sus respectivas formas de liderazgo no pueden, en ningún caso, ser comprendidas como expresiones equivalentes de una misma lógica política.

El caudillismo no es, por tanto, una consecuencia necesaria del presidencialismo. Es una forma de apropiación personal del poder que puede aparecer bajo distintas estructuras institucionales. Su rasgo distintivo consiste en que la unidad de la sociedad parece depender de la voluntad del jefe. Ahí donde el caudillo se presenta como encarnación de la comunidad, la política tiende a convertirse en obediencia, mientras que donde la autoridad es reconocida como una función temporal e instituida, la sociedad conserva la posibilidad de reconocerse como sujeto de su propia historia.

La crisis venezolana ha llevado esa contradicción a sus términos extremos. La descomposición de las instituciones, la destrucción de las mediaciones políticas y el abandono de la sociedad “a la buena de Dios” han producido una forma de orfandad que no es simplemente institucional. Una sociedad puede tener gobernantes, leyes y estructuras administrativas y, sin embargo, encontrarse políticamente huérfana cuando esas formas dejan de expresar sus necesidades y aspiraciones. Bajo semejante circunstancia, la aparición de un liderazgo capaz de suscitar la identificación colectiva, de recomponer el Volkgeist de la Nación, su Eticidad, no tiene por qué ser interpretada como el retorno del caudillismo.

La noción de carisma tampoco pareciera dar suficientes explicaciones más allá del pathos necesario. La adhesión a una personalidad considerada extraordinaria –el «líder carismático»– puede explicar una parte del fenómeno, pero no alcanza a comprender la naturaleza de una identificación que desborda la excepcionalidad individual. Lo que está en juego es la posibilidad de reconstruir la comunidad política y social –precisamente, el Ethos– que, hace ya mucho tiempo, extravió sus formas de reconocimiento. El liderazgo adquiere, entonces, una significación muy distinta: no se trata de encarnar al pueblo, sino de contribuir a que el pueblo vuelva a reconocerse como sujeto y objeto de su propia historia. Es el yo que, en realidad, es un nosotros.

Claro que la imagen maternal –la sublimación de “María”– puede expresar esa relación, siempre que no se convierta en una nueva forma de excepcionalidad personal. La madre de una sociedad huérfana no es quien sustituye la voluntad de sus miembros, sino la que hace posible que estos vuelvan a reconocerse entre sí. Tampoco parece tratarse de que una figura femenina haya reemplazado al caudillo masculino –como recientemente declarara un destacado político–. Más bien, la sociedad pareciera comenzar a expresar su voluntad de reconstrucción mediante una relación política que no necesita reproducir la lógica del mando personal. La legitimidad de ese liderazgo no reside en la imposición de una voluntad sobre la sociedad, sino en la capacidad de expresar la voluntad social que, no sin paciencia, se ha ido constituyendo históricamente.

La diferencia parece ser decisiva. En el caudillismo, la unidad de la sociedad es producida verticalmente por el jefe; en esta excepcional modalidad de liderazgo, la figura pública es reconocida por una sociedad que comienza a producir su propia unidad desde las bases. No se trata de la acción política sin dirigentes, sino de una relación en la que el liderazgo no sustituye al sujeto colectivo. La reconstrucción del Espíritu de un pueblo no puede consistir en la identificación de la Nación con una persona, sino en la recuperación de la capacidad de reconocerse en sus propias producciones históricas, en sus instituciones y en sus posibilidades de transformación. Ha llegado la hora de enterrar definitivamente a Norberto Ceresole.

Es por eso que la figura de Penélope ofrece un prisma de interpretación más fecundo que el de la resobada imagen de la heroína montada en su caballo blanco vistiendo casaca militar. Mientras que el orden existente pretende perpetuarse, ella va deshaciendo durante la noche los nudos tejidos en el día. Esa paciente –patiens–labor que sostiene su acción no comporta una simple negación: interrumpe la reproducción de lo existente. Tampoco su tejido es una mera restauración de lo perdido. Es la elaboración de una nueva formación. Destejer y tejer constituyen una misma actividad inmanente: la determinada negación de un orden que abre la posibilidad de su propia superación.

La reconstrucción de la República no puede consistir en volver a la Venezuela anterior a la crisis, como si la historia pudiera desandar su propio corso e ricorso. Se trata de superar las condiciones que hicieron posible la destrucción de la vida republicana, conservando aquello que todavía puede sostener la existencia de la sociedad política y de la sociedad civil. Comprender significa superar, como ya se ha dicho. Pero superar no significa borrar, sino transformar conservando. No significa restaurar lo que fue, sino construir aquello que puede efectivamente llegar a ser.

La historia venezolana no necesita un nuevo caudillo que encarne a la Nación. Necesita una sociedad capaz de reconocerse nuevamente como Nación. El liderazgo que expresa esa posibilidad no puede ser comprendido únicamente por la excepcionalidad de quien lo ejerce, sino por la naturaleza de la relación histórica que contribuye a constituir. No es una figura trascendente, ajena a la historia, que viene a salvarla, sino una expresión concreta de la posibilidad de que la sociedad vuelva a hacerse históricamente a sí misma. Verum et factum convertuntur.

Penélope no espera que la historia se detenga. Desteje el orden que pretende perpetuarse mientras teje, hilo a hilo, la concreción del nuevo consenso. En esa actividad, la Nación deja de ser una herencia perdida o una voluntad encarnada en un caudillo, para convertirse en la principal tarea de su propia historia.

@jrherreraucv