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Arturo Pérez Reverte: Hispanoamérica nos cuelga el teléfono

 

Hay países a los que la Historia y la Geografía hacen un regalo, y otros capaces de tirarlo a la basura sin quitarle el lazo. España es de los segundos. Nos tocó estar en Europa, tener África a catorce kilómetros, compartir con cientos de millones de americanos una lengua, una cultura y cinco siglos en el currículum, y al final nos lo pasamos todo por la bisectriz. En el último medio siglo, mientras Francia fortalecía el vínculo con sus antiguas colonias, el Reino Unido trajinaba la Commonwealth y Portugal sacaba partido a la lusofonía, España tuvo un continente entero llamando a la puerta y dijo que estaba reunida. Hasta Franco con su coros y danzas, sus toreros, su Evita Perón y toda la retórica patriotera de aquel tiempo lo hizo mejor en eso.

Cuando llegó la democracia y nos homologaron en Bruselas, teníamos un puente formidable con la América de tradición hispana: lengua común, familias, memoria. Éramos mediador natural, capaces de hablar con Berlín y Buenos Aires, con París y Bogotá, como expertos en ambas orillas. A todos convenía recurrir a nosotros, pero otra vez cometimos el error de los Austrias obsesionados con Flandes y Europa en vez de trasladar la capital a Lisboa -durante sesenta años Portugal fue español- y dedicar su esfuerzo al mundo transatlántico. Y entendámonos: la entrada en la Comunidad Europea fue un pelotazo histórico; pero comportarnos como catetos advenedizos, una estupidez de órdago. Olvidamos que nuestra ventaja consistía en tener un continente en el currículum. Y mientras mirábamos a Bruselas babeando con la boca abierta, América esperaba que nos pusiéramos al teléfono. Pero nunca nos pusimos del todo, y cada vez menos, hasta que colgaron.

Desde hace medio siglo tenemos ministros de Exteriores de diverso pelaje, pero la gestión americana es desoladora. Nada dura tres telediarios: viaje oficial, discurso, protocolo y avión de vuelta a casa. Después cambia el gobierno, llega otro que se acojona apenas le nombran a Cortés y Moctezuma, y vuelta a empezar. Mientras tanto, cada vez más lejos, América camina sin esperarnos: China llegó con créditos, puertos, infraestructuras, contratos y perseverancia; Estados Unidos no deja de mirar al sur; Europa construye sus propios puentes saltándose el intermediario natural; y mientras unos hablan de litio, cobre, energía, tecnología y cadenas de suministro, nuestra fatua diplomacia milonguea con hermandad, raíces y destinos compartidos. La presidencia española del Consejo de la UE recuperó en 2023 la cumbre UE-CELAC, lo cual fue un avance estupendo; pero un selfi en una maratón no te convierte en Filípides. Para transformar afinidades en alianzas hace falta un Estado con objetivos claros, que no convierta a cada presidente o político de allí, según cómo respire, en amigo o enemigo para las cochinas guerras partidistas de aquí. Conviene saber que México no es Argentina, Argentina no es Colombia y Colombia no es Perú, etcétera. Y que la palabra Hispanoamérica es mucho más que un pretexto para que una peña de políticos ladrones trinquen con la Delcy Basurita de turno.

Justo es decir que hay héroes que pelean. Uno es la Real Academia, hermana de las americanas, consciente de que el español no pertenece a España sino a quienes lo hablan desde Estados Unidos a Tierra del Fuego. Otros son los empresarios españoles que se juegan el pellejo sin más respaldo que sus agallas: abrieron oficinas, aprendieron que cada país tiene sus reglas, su fiscalidad y su manera de complicar la vida, sobrevivieron a devaluaciones, vaivenes regulatorios y gobiernos diversos. Hablo de bancos, eléctricas, telecomunicaciones, constructoras, aseguradoras y hoteleras, pero también de quien monta una tienda en Lima, un restaurante en Veracruz o una consultora en Bogotá. Si España figura entre los grandes inversores extranjeros no es gracias a una estrategia de Estado, sino a pesar de su ausencia. Irrita advertir que unos señores y señoras dedicados a discutir adverbios, y otros duchos en pelear licencias, aranceles y permisos, tengan más peso diplomático que el ministro Albares y quienes lo precedieron.

Hablemos también de Felipe VI, porque es uno de los mayores activos que posee España. A ningún jefe de Estado del mundo se le abren las puertas iberoamericanas como a él, porque lleva toda la vida transitándolas: tomas de posesión, recepciones, encuentros y la paciencia de quien sabe que las relaciones internacionales se cultivan y no se inauguran. No todos simpatizan allí con la monarquía; existen sensibilidades republicanas, agravios históricos reales o figurados, oportunismos e hijos de la gran puta. Pero siempre se le recibe con un respeto que ya querrían para ellos Pedro Sánchez y sus sicarios. El Rey de España tiene lo que ningún rascapuertas tendrá: prestigio, autoridad, educación, conocimiento de códigos. Es un profesional educado para serlo. Su función no es dirigir la política exterior, sino representar al Estado. Y lo hace con una constancia elegante que debería provocar rubor a nuestra bajuna clase política.

No se trata de nostalgias coloniales, ni de creer que basta con compartir diccionario y apellidos. Hispanoamérica necesita socios fiables, capital que circule en ambas direcciones -México es el sexto inversor extranjero en España-, universidades conectadas, inversión, tecnología y respeto; y los españoles podríamos ofrecerlo sin paternalismos, sin lloros de potencia arrepentida, sin oficiar como chupacirios de Bruselas. Pero igual allí que en el norte de África, esperar eficacia de nuestra menguante política exterior es como pedir a un chimpancé que toque el violín: nada imposible en teoría, pero es mejor no apostar por Sostakovich. Por su parte -tan heroicamente solos como Gary Cooper en esa vieja película-, la RAE seguirá manteniendo la lengua común, los empresarios batiéndose el cobre, y el Rey, por simple vergüenza torera, haciendo lo que sucesivos e incompetentes gobiernos no son capaces de hacer. Si América está casi perdida para España, a ellos se debe que no lo esté del todo.