pancarta sol

Soledad Morillo Belloso: Venezuela no se rinde

 

Hay un país que se quedó habitando en el pretérito imperfecto de los naufragios, donde el asfalto es una memoria de brea y los techos de cinc aprendieron a rezarle al óxido. Aquí las mañanas no llegan con la frescura del rocío, sino con el tufo espeso de una penuria repetida tanto que ya parece un folclor de cemento armado. Venezuela se ha vuelto un cuadro de costumbres tristes y aturdidoras, un sainete criollo sin gracia donde los actores cambian de libreto, pero conservan la misma desvergüenza en el bolsillo y la misma retórica hueca en los labios.

Es la geografía del eufemismo obligatorio, del país rebautizado a la fuerza en una mesa de despacho mientras el mercado municipal se convierte en una ruleta rusa de billetes desvalorizados y vísceras al aire. Sobrevivir en esta patria extraviada exige una contabilidad de orfebre: Se mide la vida en litros de agua que no caen, en vatios que titilan como luciérnagas moribundas y en la tragedia cotidiana de subir una colina de barrio con el alma a cuestas y las manos vacías. El costumbrismo patrio ya no es el cuadro bucólico del café humeante y la hamaca al fresco; Es la cola interminable frente a una persiana cerrada, la fe ciega en un santo de cartón y la resignación de ver cómo los hijos se van desgranando hacia el destierro con una maleta de cartón piedra y los ojos huraños.

Y en medio de este desolladero moral, la palabra se prostituyó con una procacidad asombrosa. Allá arriba, en el limbo doradito de los despachos oficiales y en la comedia bufa de los hemiciclos y las mesas, la retórica es un ventilador de estiércol cubierto de hojalata. Todo es «histórico», «patriótico», «revolucionario», como si con repetir tres veces el adjetivo pomposo la miseria se fuera a disfrazar de triunfo. Nos gobiernan burócratas de opereta que recitan su catecismo de cartón piedra mientras el país real se desangra por las costuras, reduciendo la dignidad a una bolsa de arroz racionado y el porvenir a un golpe de suerte en la lotería.

Analizar esta tragedia venezolana duele como arrancar una costra sobre carne viva, porque revela que el derrumbe no fue solo económico o material, sino una demolición quirúrgica del alma colectiva. Nos acostumbraron al delirio, a naturalizar lo monstruoso, a mirar el abismo con la indiferencia del que ya no espera nada de la madrugada. Pero debajo de este barniz de ceniza y fatiga, en el fondo de la olla común donde se cuece la paciencia del venezolano de a pie, late una resistencia terca y silenciosa, la certidumbre íntima de que ninguna mentira oficial, por más altisonante y solemne que se disfrace, podrá borrar el derecho sagrado a la claridad.

Teodoro Petkoff

Si Teodoro Petkoff estuviera hoy frente a su máquina de escribir —o frente a la pantalla en blanco con esa mirada socarrona y feroz que no perdonaba la estupidez ni de propios ni de extraños—, no nos regalaría un consuelo tibio ni una elegía piadosa. Teodoro agarraría la pluma como quien empuña un bisturí y titularía la editorial con dos  palabras tajantes, desprovistas de todo adorno: «Toca pensar».

Nos diría, con ese pragmatismo ácido que solía desarmar a los fanáticos de cualquier acera, que ya estuvo bueno del llanto como oficio y del suspiro nostálgico como sucedáneo de la política. Escribiría que este país no necesita más profetas del desastre ni más mercachifles de la épica barata, sino una terca y helada lucidez. Nos recordaría que la libertad no es una herencia que se reclama con el estallido de una consigna, sino una disciplina que se reconstruye con la razón, desconfiando siempre de los charlatanes que ofrecen atajos al paraíso y guiando al ciudadano para que deje de ser espectador de su propia ruina. Y al final, tras desmontar el tinglado de las mentiras oficiales con tres guadañazos de lógica, Teodoro firmaría abajo y nos dejaría la tarea pendiente: La de volver a llamar a las cosas por su nombre, sin miedo y sin rodilleras. No en balde en la primera plana de Tal Cual se lee la frase «claro y raspao».

Y en esa línea exacta —en ese «claro y raspao», sin falsas pacificaciones ni orquestas de cartón que pretendan disimular el dolor con un vals forzado— es donde se juega el todo por el todo la política venezolana de hoy.

Porque la sensatez que exige este momento no tiene nada que ver con la condescendencia ni con esa diplomacia de salón que pide «madurez» a los estómagos vacíos y a los corazones rotos. La verdadera coherencia, la única que puede sostener el peso de este trance, pasa por mirar de frente el llanto del país sin estetizarlo, sin convertir el sufrimiento de la calle en un recurso poético para consumo de tribunas nacionales y extranjeras.

María Corina Machado no puede permitirse la pose mística ni la bravuconería de barricada. El país ya no está para fuegos artificiales retóricos; Exige la dureza del diamante, la frialdad de los cirujanos y una disciplina de hierro que sepa navegar entre la rabia contenida y la inteligencia táctica. No se trata de fingir una paz de cementerio que sepulte las culpas y las heridas, sino de articular una ruta donde la verdad, por más áspera y desollada que se presente, sea el único pegamento capaz de mantener unida a una sociedad fracturada.

Ese es el desafío monumental: Liderar desde la decencia y la ética, desde la verdad inapelable del dolor colectivo, negándose a transar con la farsa, pero sin regalarle al poder el pretexto del desborde ciego. Coherencia y sensatez, sí; pero con los dientes apretados y la convicción intacta de que a este naufragio hay que ganarle la partida con la razón.

El país no está feliz. Pero no se rinde. Y respalda a María Corina porque María Corina respalda al país.

soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob