Hay rostros que se han pulido en el cinismo hasta volverse impenetrables como el mármol de los panteones. Delcy y su camarilla forman parte de esa casta de orfebres del desencanto, inmunes a la contabilidad de los agravios. Todas las mediciones de opinión, desde los estudios más escrupulosos que se hacen públicos o que me son enviados “bajo cuerda”, hasta el murmullo amargo en las colas del autobús, arrojan el mismo veredicto de desprecio. Las encuestas son apenas la traducción en porcentajes de una condena colectiva: Una abrumadora, incontestable y aplastante impopularidad que recorre el país de punta a punta como un viento glacial.
Pero a ellos, la cifra no les roza la piel. No puede importarles menos.
Al fin y al cabo, aplican a pies juntillas aquel viejo dicho de la sabiduría popular: «A perro grande no le ladran chiquitos». Asumen que, desde su cúpula, los reclamos de la gente no son más que ladridos lejanos de un pueblo al que desprecian por considerarlo diminuto e inofensivo frente a sus alcances. Para ellos los ciudadanos somos microbios.
Gobernar sin pueblo es una disciplina que han perfeccionado hasta convertirla en arte macabro. En su universo de espejos deformantes, la opinión pública es solo un ruido de fondo, un zumbido molesto de moscas que se despeja con un chasquido de dedos o con el pesadísimo cerrojo de una celda. Aprendieron hace tiempo a prescindir del afecto ciudadano, sustituyéndolo por el cálculo frío de la dominación. No buscan convencer; Les basta con paralizar. No aspiran a la admiración; se satisfacen con la usura de las lealtades compradas y la obediencia del miedo y la impotencia.
Saben que el país no los quiere, pero el rechazo no quita el sueño a quien se acuesta sobre el colchón blindado del poder fáctico. Saben que el desprecio los escolta a donde van, pero la vergüenza es una emoción demasiado humana para quienes han confundido la patria con una hacienda en ruinas sobre la que erigen sus propios altares. Cada punto de desaprobación en la gráfica de un encuestador es, para la cúpula, una medalla involuntaria a su capacidad de resistencia: La prueba irrefutable de que siguen allí, enquistados, sin necesitar más votos que las bayonetas ni más legitimidad que la fuerza bruta y la inmensa cantidad de dinero robado escondido bajo capas infinitas de firmas de testaferros.
Son el poder habitando su propia torre de marfil, ciega, sorda y displicente a los pesares de abajo. La impopularidad solo trasnocha a quien teme perder las elecciones de mañana, pero cuando la democracia ha sido reducida a un guiñol grotesco, las urnas son solo madera pulida y los sufragios, sombras chinescas. Mientras el país se duele en la penuria y cuenta los destrozos de la tormenta interminable, Delcy y su combo sonríen para las cámaras, vestidos de gala sobre las cenizas de una nación que los aborrece, plenamente conscientes de que el odio de todos jamás les arrebatará la impunidad que entre ellos mismos se conceden y otros toleran.
Al final, la historia tiene un reloj terco que no se detiene ante las bayonetas, ni por efecto de declaraciones de tutores, ni ante las sonrisas calculadas de la impunidad. Podrán atrincherarse detrás de sus espejismos de mármol, ignorar el peso incalculable del rechazo y sonreírle al abismo mientras firman decretos sobre la nada, pero no hay blindaje eterno contra el juicio implacable del tiempo. La impopularidad que hoy desprecian no es una simple cifra de encuestadora; Es el epitafio político que una nación entera ya ha escrito sobre su legado, a la espera del inevitable día en que el ruido de la calle derrumbe con su voz y su voto los muros de su soberbia.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

