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Soledad Morillo Belloso: La calculadora del Tío Sam y la estrategia de la mirada tuerta

 

Como decía con fina malicia Paulina Gamus, la política exterior estadounidense jamás ha tenido amigos ni afectos: Lo suyo son planos de arquitectura, métricas de riesgo y carpetas de costos. Cuando los caballeros del norte —tan suyos con su pragmatismo de reloj, su visión de “lo que cabe en una lámina de PowerPoint”  y modales de oficina— posan la mirada sobre esta bendita y magullada tierra caribeña, no los conmueve el verdor de nuestras montañas ni el mármol heroico de los próceres. No. Miran a Venezuela con los ojos fríos del perito inmobiliario que evalúa una casa en ruinas levantada justo encima de un tesoro.

Para la lógica de Washington, el país es ese patio trasero donde los dueños dejaron el portón abierto y terminaron colándose los guapos de barrio ajeno: Los rusos cargados de aparatos, los chinos repartiendo pagarés y un puñado de aprendices de la geopolítica jugando a la Guerra Fría en pleno trópico. Al Tío Sam esto no le rompe el corazón; Le descuadra la caja registradora y la cuenta de seguridad nacional. Le exaspera que en su propia acera le hayan instalado un ventorrillo clandestino de petróleo, oro y sustancias oscuras donde se murmura en cirílico y se cobra en yuanes y criptos.

Y luego está la gran obsesión negra: Esa sopa viscosa que duerme en el subsuelo. Para el analista de pasillo o el magnate de Houston, nuestro petróleo no es soberanía ni repique de tambor; Es densidad API, rendimiento por barril y distancia en millas náuticas hacia las refinerías de Texas y Luisiana. El crudo venezolano es para ellos como los viejos matrimonios por conveniencia: No hay romance ni serenata, es cama que resuelve la cena y mantiene encendida la cocina cuando el resto del planeta entra en cortocircuito.

Si de pragmatismo helado se trata, eso que llaman realpolitik, la mesa ya está vestida para el servicio, aunque ha habido retrasos con los mayordomos. Cuando la OFAC le levanta la sanción a un hombre como Jorge Rodríguez, no es porque en el Departamento del Tesoro haya brotado una conversión mística ni porque descubrieran un destello de bondad en la cúpula caraqueña. ¡Por favor! Eso no es absolución ni indulgencia; En el tablero de ajedrez estadounidense, quitar una sanción es mover un peón para engrasar la maquinaria, garantizar que fluya un trámite petrolero o saldar la cuenta de un apretón de manos entre gallos y medianoche. Para el gobierno norteamericano, la sanción jamás fue un dogma ético ni un castigo eterno, sino un alicate de presión. Y si aflojan la tuerca con el operador clave, es porque necesitan que la puerta siga girando a favor de sus propios intereses.

Sin embargo, basta acercar la lupa a esa supuesta «estrategia maestra» para notar sus costuras deshilachadas. Más que una brillante jugada imperial, lo que queda a la vista es una marcha a tropezones y una miopía alarmante. El viejo cuento del garrote y la zanahoria tropieza con su propia fe ciega en los pactos de cúpula: En el norte insisten en creer que un guiño diplomático o un alivio financiero se traducen en milagros institucionales. Olvidan que los hilos del poder en Caracas se mueven por pura supervivencia revolucionaria, donde una concesión no desmantela el sistema, sino que le regala un tanque de oxígeno a quienes lo administran. Cada vez que aflojan la tuerca, desorientan a sus propios aliados en ambos hemisferios y dejan al desnudo que sus discursos sobre democracia y derechos humanos son una divisa que se devalúa en cuanto asoma la escasez de crudo.

En esta cuenta cabe que el libreto dio un giro radical cuando el dolor venezolano cruzó el Río Grande. Dejamos de ser la lejana telenovela tropical para convertirnos en una boleta electoral en Florida y en un titular incómodo en la frontera texana. La tragedia del éxodo —esa diáspora que empacó la vida en una maleta con la mirada nublada— se les transformó en un dolor de cabeza doméstico, en debate parlamentario y en eslogan de campaña para sus propios políticos.

Así que no nos hagamos ilusiones ni nos vistamos de vanidad. Al estadounidense no le quita el sueño la pureza de nuestras instituciones ni si el café nos gusta guayoyo o cargado. Le importa que su casa no se llene de humo, que la válvula del petróleo vuelva a girar hacia su lado y que nadie le monte un cuartel rival frente a la ventana.

Lo que parecen no entender en Washington es algo elemental: Lo que no es bueno para el pavo, tampoco lo es para la pava. La solidez institucional no es un capricho moral, es una condición indispensable para que cualquier contrato que firmen hoy no se vuelva papel mojado mañana.

Y a los “salvados por la campana” se les olvida que el tutor que hoy tiene el poder para quitar sanciones, mañana seguirá teniéndolo para volverlas a poner, a su libérrimo antojo y placer.

Todo lo demás, rabietas y sonrisas incluidas, es adorno, literatura barata en español ruinoso para la prensa y un show de fuegos artificiales diplomáticos en medio de la noche.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob