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Soledad Morillo Belloso: Piscolabis

 

En el escenario de la política criolla, las reuniones de negociación —o de acuerdos, o como sea que les venga en gana llamarlas— tienen mucho de teatro de pueblo chiquito, pero con las repercusiones y consecuencias de una puesta en escena de alcance nacional.

Cuando hoy el telón se vuelva a levantar, se inicie una nueva ronda  y las delegaciones de hunos y otros se vean las caras, la cosa no pinta la delicadeza ni la cortesía de una merienda de señoras en Los Palos Grandes. Al volver a sentarse Dinorah enfrente, el menú que llevará en el morral no estará compuesto precisamente por piscolabis, suspiros de convento y dulcitos de mazapán, sino por un surtido bastante áspero de torpezas, reveses y descalabros que el régimen viene acumulando en la despensa.

No se trata de estocadas mortales, no nos engañemos; ya se sabe que el poder de la señora Delcy tiene una capacidad de recuperación que raya en lo milagroso y en lo descarado, y a ella todavía le quedan un montón de cartas en la doble costura de la manga. Pero sí son tropiezos lo suficientemente pesados, feos y malolientes como para amargarle el café a cualquiera. Son esos fiascos que no tumban al gobierno, pero que le ensucian los puños de la almidonada camisa antes de entrar al salón.

Ahora es cuando la cosa se pone sabrosa para el observador de patio. Porque don Jorge, acostumbrado a ejercer el rol de vocero omnipresente y a llegar a estas citas con esa arrogancia de dueño de gallinero —masticando cada frase con el desdén del que se cree poseedor del mapa y las llaves del candado—, va a tener que tragarse un plato de realidad nada apetitoso. Ese aire de sobrado, tan suyo, se le puede atragantar al primer choque de miradas.

La bandeja no va a llegar pelada ni mucho menos, porque la materia prima sobra. Servido estará, para empezar, el aislamiento diplomático y la erosión del mito de la legitimidad. El desconocimiento internacional tras las turbias maniobras, sumado a los roces y la distancia que han marcado incluso antiguos aliados regionales (Lula, por ejemplo), deja al descubierto una fachada que ya no la tapan ni los petrodólares ni la retórica antiimperialista.

A eso se le añade el peso aplastante de los expedientes en organismos multilaterales y tribunales estadounidenses e internacionales por violaciones a los derechos humanos, persecución política y la pelusa del narcotráfico: carpetas densas que son verdaderas piedras en el bolsillo para quien pretenda vender normalidad institucional.

En el frente socioeconómico, el mentado «milagro» que pregonaban se les volvió a desinflar ruidosamente en las manos. La devaluación incesante, la inflación que corroe los bolsillos, el salario mínimo pulverizado que ya no alcanza ni para el pasaje en mototaxi o carrito, el desempleo y el colapso continuado de los servicios públicos —el agua que no llega, la luz que agoniza y la gasolina y el gas convertidos en un calvario de colas y matracas— tiran al piso cualquier discurso triunfalista.

Llegar a la mesa arrastrando las costuras deshilachadas de la economía, el desgaste de una narrativa que ya no convence, y el cerco de las presiones financieras cuesta bastante disimularlo. Por más que don Jorge se afeite bien, vista camisas hechas a medida, se ponga la mejor sonrisa de estratega implacable y ensaye frente al espejo la pose del que le hace un favor al país con sentarse, los bultos en los bolsillos se le van a notar a leguas.

Dinorah no necesitará levantar la voz ni sacar un garrote; le bastará con ir desempacando, uno a uno, esos regalitos que la realidad le dejó al régimen en la puerta. Sin aspavientos, como quien saca del bolso el pañuelo o las llaves de la casa, pero dejando claro que en esa habitación el tufo a desgaste no lo tapa ningún perfume comprado en el duty free de cualquier aeropuerto del primer mundo.

Al final, la altivez suele perder fuerza cuando los hechos empujan en sentido contrario, y la gran pregunta será cuánto de ese aire de papa de los helados estará dispuesto a ceder Jorge Rodríguez frente a los kilos de realidad acumulados sobre la mesa. Habida cuenta de los camaradas que ya generosamente ha entregado el régimen, abundan los analistas y ciudadanos que se preguntan quiénes serán los próximos «amigos» en ser procesados por tribunales estadounidenses.

Y ahí es donde, con ese viejo bolero sonando bajito entre las rendijas de la memoria y el humito del café de la tarde, uno entiende la fragilidad del show. «Tiemblas, cada vez que me ves yo sé que tiemblas…», canta la voz desde el pasado para retratar la escena. Don Jorge podrá mantener la mueca de suficiencia, apretar los dientes y fingir la arrogancia del dueño del circo; pero en la penumbra del camerino, cuando las esquinas del régimen crujen por todos lados, por dentro le corre ese mismo frío. Sabe que los bultos pesan, que la invulnerabilidad se deshilacha a empujones y que, por más soberbia que le ponga al libreto, la procesión va por dentro. Frente a una Dinorah que llega con el paso firme y los expedientes bien ordenados en el regazo, hasta el más pintado de los mandamases termina sintiendo el compás tembloroso de un bolero que jamás se equivoca.

Solo esperemos que Dinorah saque las uñas, que no atienda las llamaditas desde Washington y Madrid, que no coja línea y que, mirando directamente a los ojos a Jorge, le diga: «Y ahora, ¿qué vas a piar, pajarito?».

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob