Cuando la señora Delcy se enfunda el disfraz de diplomática y sube al podio de la FAO —o de cualquier mausoleo internacional donde la burocracia se pasea con perfume caro y alfombras que amortiguan conciencias—, el libreto es tan predecible como una mala telenovela. Y claro que la reciben con sonrisas de vitrina y aplausos de utilería: El director del organismo, un señor de modales acolchados y currículo de museo, viene de Hunan, la misma provincia donde Mao aprendió a convertir el poder en dogma. No podía ser más simbólico.
Ante semejante anfitrión, la delegación venezolana despliega su opereta favorita: Estadísticas de cartón, promesas de prosperidad dibujadas en anime y un catálogo de disparates que haría sonrojar a cualquier embustero profesional. Desde este rincón castigado del mapa, donde el venezolano común hace acrobacias para parar la olla (*), la escena provoca una mezcla de risa amarga y náusea. En su cocina, frente a una hornilla que apenas respira; Casilda masculla: “Que la misia se venga pa’ acá, pa’ enseñarle cómo se bate el cobre de verdad”.
Pero no nos engañemos. El peligro no está en la sarta de mentiras que la señora escupe con gesto de prócer. Mentir desde un podio es la ocupación más vieja de los palacios. La tragedia verdadera es la platea: Esa audiencia que escucha con cara de póquer, toma notas serviles y aplaude como si la estafa fuera una virtud diplomática. Y ese director —emisario práctico de la corte de Xi Jinping— que reparte sonrisas y carantoñas para congraciarse con el régimen venezolano y, de paso, sacarle la piedra al catire del norte. La jugada se huele desde lejos.
El papel lo aguanta todo. El micrófono también. La pantalla, ni se diga. La verdad no. La alimentación es la base misma de la existencia. Maslow no descubrió el agua tibia, pero tuvo el tino de ordenar lo obvio: Mientras la tripa ruge, a nadie le importa la autorrealización ni el aplauso social. Comer, beber, respirar, dormir: Ese es el piso. Pretender construir “soberanías” o “prosperidades” sobre un pueblo al que se le niega el fundamento de la alimentación es una estafa biológica y moral.
Mientras en Roma se sirve un banquete de ficciones, la mesa venezolana impone su hierro: Comer dejó de ser un acto fisiológico para convertirse en un deporte extremo. Platos escasos, proteínas invisibles, carbohidratos de pobre valor nutricional y una sociedad envejecida a golpes de escasez e inflación y salarios pulverizados. Tal vez hay alimentos en los mercados, pero un altísimo porcentaje de la población no tiene cómo pagarlos. Esta miseria no la trajo ninguna plaga bíblica; Es el resultado calculado del desmontaje del campo, la masacre de la industria alimentaria y la conversión de la comida en bozal de arepa burocrático para someter a un país hambreado. Nada ha sido casual.
Este montaje de opulencia virtual sobre ruinas reales tiene genealogía. Y el director de la FAO la conoce de memoria. Beijing perfeccionó el arte de blanquear el horror: La Gran Hambruna China que duró desde 1959 a 1961, se rebautizó como “tres años de desastres naturales”. En 1981, el Partido decretó que Mao fue “70% bueno y 30% malo”, una ecuación de cinismo diseñada para borrar responsabilidades criminales y prohibir palabras como “masacre”. Mientras investigadores calculan entre 15 y 55 millones de muertos por inanición, el aparato oficial sigue culpando al clima y persigue la verdad. Los burócratas locales inflaban cifras por miedo al castigo, el Estado requisaba hasta la última semilla y pueblos enteros caían en la nada. Diplomáticos y periodistas extranjeros recorrían granjas de cartón piedra y regresaban a Occidente escribiendo odas al “milagro agrícola”. El hambre se borró por decreto.
Que hoy la FAO esté dirigida por un heredero de esa tradición le añade a la comedia un filo escalofriante. La misma fórmula de manipulación contable y ceguera voluntaria se recicla cuando las cúpulas multilaterales le tienden la alfombra roja a la propaganda de la señora Delcy.
Seamos francos: En esos pasillos no hay ingenuos. Hay fauna. De un lado, la izquierda caviar, dispuesta a tragarse cualquier sapo para no quedarse como la guayabera; Del otro, el burócrata que engorda en Roma o Ginebra cobrando viáticos en euros, para quien es más cómodo creer el panfleto oficial que arruinarse la digestión mirando las neveras venezolanas.
Ahí está el veneno. Cuando la FAO o la ONU estampan su sello sobre el libreto de una dictadura, no están siendo perezosas: Están siendo encubridoras y cómplices. Le otorgan bula a la impunidad, lavan el expediente de los victimarios y anestesian la conciencia de un mundo que prefiere no mirar.
Bien hubiera hecho el director de la FAO en invitar a Susana Raffalli —esa voz que no necesita alfombras rojas para decir la verdad— a hablar justo después de la alocución de la señora Delcy. Habría sido un choque de placas tectónicas: Del lado oficial, el turismo de cifras maquilladas; Del lado de Raffalli, la realidad desnuda, documentada, incómoda, imposible de barrer bajo la mesa. Su intervención habría devuelto gravedad al recinto, recordando que la seguridad alimentaria no se declama: Se demuestra, se mide, se sufre. Y que frente al hambre, la propaganda es un insulto biológico.
La retórica del régimen es una bufonada, sí; Pero es la fe ciega de los adeptos y la guiñada cómplice de los acomodados lo que sostiene la tramoya. La tarea de quienes nos negamos a empeñar la memoria no es solo abuchear las mentiras del espectáculo, sino desnudar la vergüenza de esa platea docta que aplaude el engaño mientras en Venezuela el pueblo sigue comiéndose un cable.
(*) La expresión «parar la olla» no es un vulgarismo; Es un coloquialismo que significa conseguir los ingresos o los alimentos necesarios para poder cocinar y mantener viva a la familia.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

