Venezuela no es un mapa de cartografía ilustrada; Es una cicatriz familiar que aprendió a gatear entre ruinas y remiendos.
Durante casi un año, la ausencia se vendió como misterio de botiquín, pero el silencio en este país siempre tiene nombres, apellidos y susurros de trastienda. María Corina no estaba fuera de la patria; trabajaba a ras de suelo, en la lejanía y a la vez en la cercanía de este desastre cotidiano, allí donde la dignidad no se negocia en dólares de dudosa procedencia ni se firma entre trago y trago en servilletas de cóctel. Su regreso no es una llegada de estampita patriótica para el altar de la sala: Es la irrupción de una aguja filosa en la fiesta de oropel de los cínicos.
Con su pisada en esta tierra raspada, se desploma la comedia del consenso fácil que se pretendía armar en la mesa del cafecito. Qué prisa tenían los mercaderes de la derrota, los apóstoles del acomodo y los burócratas del desahucio por decretar la paz de los cementerios. Querían vender una transición de boutique —perfumada con divisas, lavada con amnesia y financiada por los mismos compadres que convirtieron el país en un botín de bodega—; Pretendían que la economía floreciera sobre fosas comunes mientras la política se repartía en restaurantes de mantel largo y botellas de whisky escocés. Su retorno viene, precisamente, a escupir en ese banquete de sombras. Viene a recordarles a los administradores de la miseria que la libertad no es una franquicia de abasto ni una limosna de régimen, sino una cuenta por cobrar que no admite regateos.
Lo que cambia no es tanto la aritmética del poder, sino más bien la narrativa con impunidad de la farsa. María Corina vuelve y devuelve la peste de la incomodidad al salón aristocrático de los negociantes. Fuerza a los pragmáticos de la rendición a mirarse en el espejo roto de sus miserias tarifadas. Su sola presencia desnuda la cobardía de quienes buscaban pasar la página sin haber tenido el valor de leer el drama, de aquellos que solo aspiraban a heredar el látigo sin abolir la servidumbre.
La calle —esa criatura golpeada que hace milagros para estirar el presupuesto y anestesiada por la pura supervivencia— escucha de nuevo un tacón seco sobre el asfalto. En las esquinas y los zaguanes, algunos aplauden y sonríen; Otros, en sus poltronas, tiemblan. No hay mesianismo ni milagro de procesión en su retorno; Hay algo mucho más destructivo para el statu quo: La tozuda, peligrosa e imperdonable coherencia. La política venezolana, atiborrada de eufemismos de cabaret y pactos turbios de medianoche en trastiendas oscuras, choca otra vez contra la arista filosa de quien se niega a arrodillarse para salir en la foto de los vencedores de las mentiras.
Venezuela deja de ser una sala de espera de diplomáticos desempleados y conversadores de plaza para volver a ser una fragua encendida. Su regreso no garantiza el milagro, pero acaba de un manotazo con la elegante compostura de las parásitas sombras.
¿Y ahora qué van a hacer los mercaderes del acomodo cuando descubran que la dignidad no se deja comprar en el abasto, que la memoria no se deja anestesiar y que la historia, por más que intenten maquillarla para el bailoteo, vuelve siempre a reclamar su factura en la calle?
Y bueno, veremos…
Soledadmorillobelloso@gmail.com -@solmorillob

