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Soledad Morillo Belloso: La mayoría aplastante de los venezolanos

 

Salen las encuestas. Como era de imaginarse, el apoyo al gobierno de Delcy es prácticamente inexistente. Pero a los venezolanos no nos hace falta un tratado de sociología ni una encuesta de alta factura para entender lo que pasa a la mesa, a la puerta y al alma. Nos basta con mirar la cafetera. Con medir el chorrito de agua que llega —cuando llega— los martes, o con contar los puestos vacíos alrededor del mantel en el almuerzo de los domingos.

La mayoría aplastante de este país no pide imposibles ni milagros de estampita. Lo que quiere la gente es algo tan elemental y tan humano que, de tan sencillo, retrata la magnitud del despojo.

Quiere que el sueldo no se vuelva sal de agua en el trayecto entre la caja del abasto y la acera. Quiere que la pensión del viejo no sea una limosna en bolívares de utilería, de esos que cambian de ceros como quien le quita o le pone adornos a un arbolito de Navidad en ruinas. Quiere que la luz no se vaya a mitad de una conversación o de una cocción; Que el agua caiga limpia por el grifo sin tener que perseguirla con tobos desgastados; que el hospital no sea una ruleta rusa donde el enfermo deba llevar desde la inyectadora hasta la paciencia.

Quiere, con un dolor desgarrador que se ha vuelto costumbre, que la pantalla del celular deje de ser el único abrazo disponible. El venezolano quiere el regreso de los suyos. No quiere más despedidas en la rampa de Maiquetía ni abrazos apretados con olor a maleta y llanto disimulado en los terminales de autobús. Quiere ver a sus hijos crecer y envejecer aquí, cerca, donde el sol quema pero abriga, y no desperdigados por el mapa pagando el peaje del desarraigo.

Pero detrás de ese catálogo de urgencias cotidianas, detrás de la tortilla con menos huevos y de la medicina conseguida a pellizcos, hay una certeza que ya no la tapa ningún trapo rojo ni la borra ningún discurso de tarima: La gente sabe que para que vuelva el agua, la luz, el pan y el hijo, tiene que haber un cambio de gobierno. No dentro de un par de años. No. Es para ayer. O como dicen las mamás cuando los carricitos se ponen malcriados y no quieren hacer caso: “Es para ya. Cuento tres y voy por dos”.

Y no. No es una necedad partidista ni un capricho de salón. Es el cansancio acumulado de un país al que le vendieron una épica de utilería y le dejaron la casa en ruinas. El ciudadano de a pie entendió —a fuerza de golpes, de colas y de ausencias— que con los mismos administradores del desastre no hay milagro posible. Que el modelo se agotó, que la tramoya se cayó y que el país necesita aire fresco, instituciones que no tengan color político y un poder que respete la voluntad de la gente en lugar de atrincherarse tras las cortinas.

Y eso, con la misma urgencia implacable y sin una sola pizca de diplomacia aburguesada, lo tienen que terminar de entender en Washington. Tienen que dejarse ya de tanta tontería, de marear la perdiz con cálculos fríos sobre moquetas con aire acondicionado y de pretender administrar nuestra agonía a cuentagotas según sople el viento de sus propias coyunturas electorales y los intereses de unos cuantos inversionistas que lo único que quieren es el negocio del enchufe. La tragedia de Venezuela no es un laboratorio para burócratas de oficina ni una ficha de canje geopolítico. No hay espacio para mareos ni para la ceguera cómoda de los laboratorios de política exterior: Aquí no hay matices que valgan ni fórmulas a medio cocinar. La voluntad de un pueblo aplastado pero despierto se respeta, se acata y se acompaña sin titubeos, porque mientras allá se teoriza en salones perfumados, aquí la vida se nos consume en el fogón apagado de cada casa. Y la calentera agarra color de hormiga amazónica en celo.

La mayoría aplastante quiere, sencillamente, recuperar la normalidad. La bendita y sagrada normalidad: poder trabajar y que alcance, poder planificar el mes que viene, poder abrazar al que se fue y saber que el futuro ya no es una amenaza, sino un lugar al que de verdad dan ganas de llegar.

¿Se entiende o lo pongo en inglés?

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob