Las sociedades no se sostienen por el mero peso del barro y la mezcla, sino por la terquedad de las vigas que aceptan cargar el techo. Hay casas viejas de pueblo que se le plantan al tiempo no por el grosor de la tapia, sino por tres o cuatro horcones de madera de vera agarrados de la tierra con el ahínco de los viejos robles. Si a esos palos se los come el comején o se los lleva una crecida, la casa entera se le viene encima a quienes conversan bajo la sombra: Desde la abuela que pica el aliño para el sancocho hasta el perro chato que duerme en el poyete. Un país funciona exactamente igual.
A esa madera dura, a esa poquedad de gente a la que le toca encajar las columnas para que el rancho no se tuerza, los llamamos élites. Mentar la palabra provoca un brinco en la tripa, una dentera inmediata que se asocia al vivo de orilla, al privilegio mal habido y al desprecio por la peonada. Pero seamos serios: en cualquier casa grande, para organizar el trabajo y tomar el timón hace falta un seso pulido, cultura y coraje, virtudes que no se ejercen en montonera ni a tontas y a locas. El mal nunca ha sido que existan los que dirigen, sino de qué madera están hechos, qué ética cargan en el pecho y cómo responden a la hora de las chiquitas.
Una élite de verdad no se hereda en los manteles de hilo ni en la vajilla de plata. Esa no es élite: es apenas una aristocracia de solárium, de señoras copetonas que suspiran en la tarde de té mientras el país se les deshace entre los dedos, o de caballeros de librea que confunden la hidalguía con el derecho a colarse en la fila del mercado. La verdadera élite es la que entiende que mandar o influir no es un cheque en blanco, sino una hipoteca carísima que se paga a diario cobrándose duro a uno mismo. Es la de los empresarios con riñones y guáramo para arriesgar sin pedirle muletas al Gobierno, y la de los sabios que prefieren el encierro del escritorio antes que empeñar la dignidad por un aplauso de pasillo.
Cuando una nación cuenta con esa minoría velando el gallinero, la casa no se descalabra. Hay quien sabe leer las nubes antes de que reviente la tempestad y quien recuerde que la buena crianza no es adorno de ricos, sino la distancia justa para no matarnos a machetazos entre vecinos. La salud de esa casa depende de que los portones estén de par en par: Que el hijo del peón, si tiene talento y mérito, pueda sentarse a la mesa de mando para que la sangre circule y las instituciones no se vuelvan un pozo de agua pringosa.
Ahí radica el nudo ciego de nuestra tragedia. Si algo hay que llorarle a Venezuela es que sus élites, de todo pelaje, se ablandaron o se dejaron pasar por encima. Sufrimos una capitulación en pantuflas. Las élites tradicionales cayeron en la fatuidad de creerse eternas y en la comodidad de mirar para el techo mientras la carcoma les comía las patas a las sillas. Se emborracharon de bonanza petrolera, le pasaron el cerrojo a la puerta, se atrincheraron en sus clubes y le dejaron de hablar a la calle. Se les olvidó que el liderazgo no se hereda como una casa en la playa, sino que se vela todas las noches con el fusil de la responsabilidad al hombro.
En esa abdicación, se les abrió el zanjón a los mandones de medio pelo. Llegaron los aventureros del resentimiento, los improvisados del grito fácil y los buhoneros de la política: Gente sin espesor patrio, sin un libro leído en el lomo y sin una gota de vergüenza en el alma. Asaltaron las instituciones con los modales del capataz de montonera, confundiendo la ley con el garrote y la hacienda pública con su cartera personal. Volvieron la chabacanería una virtud de Estado y la mediocridad una cédula de identidad. La élite de principios fue barrida por una partida de vivos apurados, y el país empezó a dar tumbos como borracho en noche oscura: La vulgaridad se vistió de liquiliqui de gala y el talento pasó a ser un delito.
En la historia zurcida a golpes de nuestra América, ha habido momentos de luz donde ciertos dirigentes entendieron que el mando era una trinchera para dar la cara. Pensemos en la camada civilista del siglo XIX —los Bello, Sarmiento, Alberdi— que, arrojados a la intemperie por la barbarie de los caudillos, no se sentaron a llorar: Se pusieron a redactar gramáticas, códigos civiles y tratados de escuela pública, levantando en el papel los planos del país civilizado. O en los juristas e intelectuales del Cono Sur que en los setenta usaron el rigor de la ley para redactar recursos de amparo y trazar la ruta de retorno a la libertad. O en el empresariado de Colombia y Brasil que mantuvo las fábricas echando humo y sosteniendo a sus trabajadores mientras el Estado se deshacía como un terrón de azúcar en el agua.
Esas reservas de guáramo republicano demuestran que la estirpe de una élite no se mide en la fiesta, sino en el aguante con que encaja el golpe cuando la patria se viene abajo.
María Corina es élite. Y no por haber nacido en cuna de mantuano ni porque le hayan dado la compota en cucharita de plata; Lo es porque tiene cabeza, pulso firme y los riñones bien puestos para aguantar la embestida cuando a otros se les aflojan las piernas. Su jerarquía no viene de los apellidos, sino de esa terquedad de no vender la conciencia, y de una dignidad tiesa que no se doblega ante los capataces de turno. Ella es élite de la que falta nos hace: De la que asume el privilegio como una deuda impagable de coraje, trabajo y servicio a la patria.
Valga recordar que en Venezuela los mantuanos no fueron meros espectadores ni guardianes timoratos de sus privilegios; Por el contrario, resultaron una pieza clave en el engranaje de la gesta libertadora. A diferencia de las oligarquías y godarrias de otras latitudes del continente —que miraron la independencia con el desconcierto y la parálisis de la gallina que mira la sal—, la aristocracia criolla venezolana puso el pecho, la hacienda, la sangre y el apellido al servicio de la causa republicana. Entendieron que el verdadero linaje se refrenda en el compromiso con la patria y no en la comodidad de los blasones, convirtiéndose en el motor de una ruptura histórica que exigió arriesgarlo todo antes que rendirse a la servidumbre.
Ningún pueblo levanta cabeza si se queda huérfano de espejos donde mirarse. Si le apagamos la luz a los que saben para que nadie se acompleje, no nos volvemos todos iguales: Nos volvemos todos ciegos, dando palos a ciegas en un patio a oscuras donde cualquier charlatán con un fósforo se nos corona rey. El dolor venezolano es por la devastación del rigor, de la excelencia y del sentido de patria. Un país puede salir de la quiebra financiera en un par de décadas; Pero curarse del veneno de la chabacanería exige empezar desde abajo, con la paciencia del campesino, a cultivar una clase dirigente que de verdad tenga el coraje de llamarse así.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

