Hay palabras que caen en desgracia por pura torpeza de la época, porque a alguien le dio por arrojarlas al montón de la basura del lenguaje sin tomarse el trabajo de desempolvarlas primero. A “burguesía” le tocó la peor parte. En este circo de adjetivos fáciles y dogmas de utilería, pronunciarla en una conversación es arriesgarse a que lo miren a uno como si llevara un pecado capital cosido a la solapa o un sombrerazo cargado de codicia.
La palabra se volvió pecaminosa, viscosa, una suerte de insulto con el que los sermoneadores del momento pretenden despachar de un plumazo todo lo que les huele a método, a sosiego, a buenas maneras. Menuda ignorancia la de los repartidores de culpas, que en su afán por caricaturizarlo todo confunden la estridencia del advenedizo con la serena dignidad de la buena burguesía.
Porque la buena burguesía no ruge, no encandila ni encarga estatuas. La buena burguesía olía —y ojalá siga oliendo— a madera encerada los sábados por la mañana, a libros acomodados en anaqueles de caoba por orden alfabético, a café recién colado en jarra de porcelana sin desconchones y a mantelería de lino que ha sobrevivido a tres generaciones sin perder el almidón ni el decoro.
Hay en ella un discreto encanto que la chusquería moderna no alcanza a perdonarle. Es la sobriedad de quien no necesita andar enseñando la etiqueta del traje ni el precio del reloj para saber quién es y de dónde viene. Es la ética silenciosa del profesional que cumple la palabra empeñada sin necesidad de sello notariado, del comerciante que no estafa en el peso, de la familia que cuida el jardín de la fachada no para impresionar al vecino, sino para que la calle no pierda la gracia.
Los detractores del asunto, hinchados de un purismo de cartón piedra, se empeñan en retratar al burgués como un tipo panzón devorando rentas. Qué ceguera tan torpe. Se les olvida que de los salones de esa misma burguesía salieron las bibliotecas públicas, el mecenazgo discreto que no pide placa de bronce, el respeto sagrado por el espacio ajeno y la idea bien plantada de que la civilización empieza por saber dar los buenos días y guardar la compostura cuando todo alrededor amenaza con venirse abajo.
La burguesía de verdad, la buena, no ostenta. La ostentación es vicio del nuevo rico, de ese que necesita el ruido de las cadenas de oro y el brillo chabacano para tapar el vacío de la biblioteca. La buena burguesía prefiere la penumbra de un patio con trinitarias, una conversación donde no se grita pero se argumenta con sutileza, y el culto a las cosas bien hechas, esas que se fabrican para que duren más que uno.
Dinamitar a esa clase llana, educada y moderada en nombre de una pureza ideológica que solo sabe levantar ruinas es uno de los desatinos más costosos de la historia. Cuando la buena burguesía se repliega, asustada o arrinconada por el escarnio, la sociedad pierde sus referencias; Los teatros se quedan sin público atento, los ateneos se convierten en depósitos de polvo y el civismo pasa a ser un recuerdo viejo en el fondo de un baúl.
Reivindicarla hoy no es un ejercicio de nostalgia ni un aplauso al privilegio desmedido. Es, sencillamente, un acto de sensatez. Es recordar que el mundo se sostiene mejor sobre las espaldas de la gente medida, culta y responsable que sobre el grito destemplado de los profetas de ocasión. Y que la elegancia, esa que no se compra en ningún bodegón de esquina, sigue siendo la forma más contundente de resistencia contra la vulgaridad.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

