Hay una obscenidad poco elegante en el cinismo cuando se viste de burocracia. Escuchar a Delcy pontificar sobre la «puesta en escena» y el «show innecesario» del regreso de María Corina tiene la misma carga de surrealismo que un pirómano ofreciendo lecciones de prevención de incendios. Según el catecismo apóstata del palacio, el calvario de las trochas, las alcabalas clandestinas, las prohibiciones de venir a su país y diez meses de cerrojos medievales eran solo un capricho estético de la opositora. «Pudo entrar por un aeropuerto», soltó con esa sonrisita de suficiencia que el régimen perfeccionó para adormecer la indignación pública.
Hay que reconocerle al discurso oficial un talento casi poético para la amnesia selectiva. Pretender que Venezuela es como el Aeropuerto Internacional de Ginebra —donde las aduanas funcionan con la pulcritud de un reloj de cuco y los derechos civiles no se pisotean en la rampa de desembarque— exige una dosis de descaro que roza la genialidad patológica. Sugerir que la ciudadanía padece una amnesia inducida y acusar al adversario de «teatral» es el reflejo condicionado del mediocre que habita en una tramoya permanente y no concibe que la realidad se mueva sin un libreto.
Para la narrativa del régimen, todo lo que escape a su monopolio de la fuerza y la narrativa es una «provocación». Si la gente se agolpa en la frontera o se persigna ante la Divina Pastora, es payasada; si hay fe y fervor popular, es una maniobra publicitaria; si alguien insiste en volver a su patria desafiando el veto implícito, es un actor desesperado por un titular. Llama «show» a la caminata ajena quien lleva un cuarto de siglo montada sobre una tarima de cartón piedra, financiada con el saqueo de la nación y sostenida únicamente por la bayoneta de turno.
Lo que verdaderamente carcome a la vocería oficial no es la logística del viaje, sino el hedor a fracaso de su propio dispositivo de control. Se gastaron meses de saliva, decretos y gesticulaciones de matón de barrio para sellar la historia, y la historia terminó metiéndoseles por la puerta de servicio: despeinada y sin pedir permiso. Delcy no le habla al país cuando ironiza; le habla a su propio espejo para convencerse de que todavía tiene la manija del portón.
En ese desencuentro se revela el síntoma de la calle y la fractura del aplauso: el momento exacto en que la retórica del poder deja de dar risa y causa una mezcla entre asco estético y hartazgo molecular. Despachar este regreso como un espectáculo de variedades insulta el sentido común de una colectividad que lleva años pagando con el cuello las consecuencias de esa comedia.
La reacción social ante la declaración de Delcy no fue la sorpresa, sino la confirmación de una ruptura metafísica. El venezolano común ya no consume la propaganda con la indignación militante de antes; la escucha con la frialdad del forense que examina un tejido muerto. Cuanto más se esforzó el régimen en tildar de escena artificial los pasos del que regresa, más importante se volvió la llegada en la percepción popular. La masa sabe diferenciar entre la escenografía de anime de los discursos oficiales y la vibración real de un territorio golpeado que reconoce a los suyos.
El sainete continuará con sus adjetivos desgastados e ironías de bulevar. Pero la vitamina de la escena ya quedó inoculada: mientras en el micrófono se ensaya la risita nerviosa del que intenta minimizar el desastre, en la calle queda al descubierto que los dueños del circo le tienen pánico a los pasos de quien camina sobre la piel dura de la realidad sin pedirles la hora.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

