La política sobre Venezuela padece un mal persistente: La inclinación por el eslogan enfático y la incapacidad para leer la filigrana de la realidad. Se habla de la Casa Blanca como un altar de certidumbres morales o un tablero de ajedrez impecable, cuando suele funcionar como una oficina de urgencias apagando incendios domésticos con la manguera a la mano.
En su primer paso por el poder, la administración Trump creyó que la cuestión venezolana se resolvía con proclamas y un garrote estruendoso que golpeó el plato vacío de los de abajo. Aquella «máxima presión» olvidó una lección elemental: La escasez no derrumba autocracias; Las atrinchera. Mientras la retórica inflaba globos en Florida, en Caracas se aprendía a sobrevivir en la penumbra, cambiando socios tradicionales por aliados lejanos ajenos a las libertades occidentales. Insistir hoy en el mismo recetario —aunque con otros actores— no es firmeza, sino pereza intelectual. Venezuela ya no es un tema de mitin; Es una fractura que derrama sus esquirlas en las fronteras estadounidenses, en el precio del crudo y en la estabilidad regional.
Washington debe entender que cometer errores no está mal, pero insistir en ellos conduce al fracaso. Diseñar políticas para el titular de prensa alimenta la tentación de pactar con «socios de ocasión» —operadores oscuros e intermediarios que prometen levantar la producción de la noche a la mañana—. Pero ese es el negocio de los piratas: Vender espejismos en río revuelto y desaparecer al primer soplo de tormenta. Y sin el camino mueren algunos, bueno, ese es el precio que los aventureros están dispuestos a aceptar.
El «petróleo de sombra» es un remate a precio de «Black Friday». Detrás de la retórica geopolítica ocurren hechos vulgares: Barriles con descuentos escandalosos, pagos en criptomonedas opacas y tanqueros obsoletos navegando sin seguro, amenazando con desastres ecológicos en el Caribe. La diferencia con las grandes corporaciones es de física y aritmética. La gran petrolera tiene la tecnología para extraer crudo pesado, la chequera para mantener los mejoradores y acceso a refinerías que pagan el precio real, dejando un rastro auditable que aporta impuestos al erario. El intermediario de maletín no repara una bomba ni evita la contaminación; Solo compra barato al desesperado, vende rápido en el mercado negro evadiendo tributos y huye. Los bucaneros no producen desarrollo sino para sus bolsillos.
Las verdaderas corporaciones energéticas no juegan como apostadores de casino. Conocen el riesgo legal y reputacional, y saben esperar a que los corsarios, tras mostrar los colmillos, enseñen sus patas flacas al chocar con la falta de músculo técnico e insolvencia.
Recalibrar no es capitular ni otorgar indulgencias. Es ir a la trastienda de intercambios secos y calculados. Si el objetivo es el control migratorio, la certidumbre petrolera y la seguridad regional, hay que sentarse a hablar sobre cosas terrenales con quien tiene la llave del candado. Los pozos no responden a la indignación de un tuit, sino al flujo de capital y a reglas claras. Washington debe tejer una pinza real: Usar los controles como fichas negociables y entender que la oposición venezolana no es un decorado y María Corina no es una aparición metafísica, sino el cuerpo que conserva indiscutiblemente la masa muscular del voto, la legitimidad social y la posibilidad de visión de corto, mediano y largo plazo. Si quieren hablar de «realpolitik», es allí donde está.
En “Venezuela, política y petróleo” —lectura recomendada para Washington y Caracas—, Rómulo Betancourt asentó que el petróleo solo es instrumento de desarrollo cuando existe una estrategia de Estado y mirada de largo plazo. Despojarlo de institucionalidad para volverlo botín de urgencia es devorárselo en lugar de sembrarlo. No hay soberanía posible sobre las ruinas de una industria rematada al mejor postor.
Al apagarse las luces geopolíticas, la escena remite al desenlace de “There Will Be Blood”. En la soledad de la bolera, Daniel Plainview encarna el extractivismo puro: «I drink your milkshake!», le grita al predicador impotente. Ese es el riesgo de convertir la política energética en una comedia de piratas: Dejar al país a merced de actores implacables. Sin leyes ni visión estratégica, siempre habrá un Plainview en las sombras dispuesto a tomarse el vaso hasta la última gota.
Al final, la encrucijada se sintetiza en una distinción tajante: Ser un país petrolero o simplemente un país con petróleo. Ser un país petrolero exige instituciones sólidas, industria de envergadura, visión de Estado y la capacidad de sembrar la riqueza en el desarrollo real. Ser un país con petróleo es la resignación a ser un mero yacimiento: Una geografía generosa cuyo recurso se remata en los callejones del mercado negro, entre bucaneros de ocasión y transacciones a la sombra.
Esto no se trata de una controversia entre «maximalistas» y «minimalistas». Tampoco de negociadores dispuestos a rematar almas en el mercado negro. Esto va de gobiernos de estadistas y no de meros oportunistas. Si Washington insiste en atajos cortoplacistas, validará la reducción de Venezuela a un depósito desmantelado. Si Caracas insiste en la opacidad, terminará de rematar lo que fue. La verdadera recalibración consiste en entender que el futuro no se construye administrando las sobras de una industria en ruinas, sino en la determinación política y legal de volver a ser una nación donde el petróleo sea palanca de civilidad y no la excusa perfecta para la rapiña. Hay que trabajar con leones, no con hienas.
soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

