Convivir con la culpa no exige teatro ni grandes catástrofes; Basta el desgaste miserable de quien aprende a andar de lado, escondiendo las costuras rotas del alma entre la bulla y el plato servido.
Hay un cansancio muy ruin en la casa de quien guarda una podredumbre a solas. No es fatiga de lomo ni de brazos, sino una peste invisible que se acomoda en la mecedora y ahí se queda, meciéndose acompasada, enrareciendo hasta el último soplo de aire. Quien lleva la conciencia podrida se vuelve bicho de penumbra, un perito en entrecerrar los calados para que el sol del mediodía no le descascare la sonrisa falsa. Es el oficio cobarde de andar de perfil, de contraer el alma, esquivando el roce del prójimo para que no se le pegue la roña como la broza amarga al fondo del pocillo.
En la mesa, la sopa no reconforta: Se vuelve engrudo para el que disimula. Tiene que masticar con alfileres en la lengua, agarrar los cubiertos como si quemaran y tragar buches amargos antes de soltar cualquier tontería sobre la lluvia o el precio del queso. Porque la culpa no entra rompiendo corotos ni gritando como borracho; la culpa es una cucaracha sigilosa que camina por el borde del plato, un hollín terco que le cae en los ojos a las fotos de los muertos y los va dejando ciegos en sus marcos de plata. Por eso urge la bulla. Hay que prender la radio a todo volumen, dejar la llave del fregadero corriendo con furia, berrear un pasodoble viejo; Lo que sea con tal de ahogar el silbido podrido que retumba en el caracol del oído.
El tiempo de los limpios avanza en horas; El de los tramposos, en puñaladas de susto. Un manotazo en la puerta, un timbre que suena a deshora, una tabla que cruje en el pasillo: Todo huele a piquete de policía. La cabeza se convierte en un calabozo sin llave donde se es reo, verdugo y juez vendido, revolviendo legajos de excusas roídas por los ratones. Se apela a embustes baratos, de esos que se recogen del suelo por pura miseria: Que aquí todo el mundo roba, que las ganas pudieron más, que la vida es una perra y el afectado tampoco era una mansa paloma. Pero en la madrugadita, cuando el ventilador muele el aire caliente y la calle se queda muda, el mosquitero se vuelve una jaula y la cobija pesa como una lápida de cemento.
Ese desvelo no se cura con guarapos ni con compresas. La fiebre arde por encima, pero la culpa no es una fosa común. Es el estallido de vergüenza que quema el pescuezo cuando una tía ingenua echa la bendición a ciegas, o el sudor frío que chorrea por la espalda cuando alguien pondera una decencia que ya se pudrió hace rato. El ruin no cree en nadie: sospecha de la cara limpia del vecino porque el que ya vendió su alma asume que todo el mundo tiene precio.
Y así van pasando los años, cocinando una soledad atestada de gente, una comedia barnizada de santos rosarios y saludos melosos por encima de la empalizada, mientras por dentro el patio es un barrial, los helechos se pudren en los ganchos y la piscina huele a perro muerto. Ni el jabón de tierra ni cien misas cantadas le quitan la mugre a lo que ya se quedó en el pecho. O se tiene el coraje perro de abrir la puerta de golpe, recibir el golpe de luz en la cara y pagar la fianza con el cuero propio, o se muere a pedazos.
La fachada amanecerá limpia y los vecinos seguirán saludando. Pero la paz no se negocia con señas ni se paga con mentiras piadosas. Queda solo la amargura seca de saber que a las sombras no se las espanta rezando, y que al final de la noche, o se le mira a la cara al monstruo que se lleva dentro, o la podredumbre termina por tragarse la casa entera.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

