Las crónicas de la Segunda Guerra Mundial guardan pasajes insólitos donde el azar, el ingenio y el absurdo se entrelazan. En una de esas jornadas convulsas, un paracaidista aliado fue arrojado tras las líneas enemigas, envuelto en la bruma de la campiña italiana. Con el apremio de no dejar huella alguna de su pertenencia a las fuerzas aliadas y desesperado por no ser descubierto, tomó una decisión extrema: Se desprendió por completo de su uniforme, de sus botas y de cualquier insignia militar, emprendiendo una marcha solitaria y desnuda bajo el sol, con la tenue esperanza de alcanzar la frontera suiza.
El destino, sin embargo, le tendió una emboscada. Una patrulla de soldados italianos tropezó con el extravagante caminante y lo detuvo de inmediato. Consciente de la fragilidad de su situación, el hombre optó por un mutismo absoluto durante todo el trayecto hacia el puesto de mando. Pero al enfrentarse al interrogatorio inevitable, el dilema se volvió angustioso: Articular una sola palabra en inglés equivalía a firmar su propia sentencia. En el filo de la desesperación, buceó en sus recuerdos de infancia hasta rescatar los fragmentos de un poema en alemán que había memorizado muchos años atrás.
A cada pregunta incisiva y escudriñadora de los oficiales italianos, el prisionero respondió imperturbable, con voz firme y mirada serena, recitando estrofas inconexas de aquella lírica germánica. Los captores, impresionados por la sonora cadencia del idioma de sus entonces aliados nazis, no dudaron un segundo: Asumieron con alivio que se encontraban ante un estrafalario camarada alemán que había perdido el rumbo y la ropa. Sin cerciorarse de más detalles ni reparar en el sinsentido de los versos, le suministraron ropa, alimentos y hasta una pistola y un salvoconducto y lo liberaron de inmediato.
Esta singular anécdota bélica ofrece una matriz narrativa reveladora para diseccionar la dinámica contemporánea de la política venezolana. Uno no puede evitar sospechar que las breves, solemnes y recurrentes «conversaciones» entre la figura del “tutor” internacional y la delegación de la Asamblea Nacional de 2015 guardan una inquietante similitud con aquel intercambio surrealista entre el soldado aliado y la patrulla italiana.
El éxito de la estratagema del paracaidista no residió en la lógica de sus respuestas ni en la veracidad de su relato, sino en el cumplimiento estricto y mecánico de una expectativa formal. Se desplegó allí un diálogo enteramente simulado, en el que una parte recitaba líneas de memoria sin relación alguna con el trasfondo del interrogatorio, mientras la otra daba por válidas las intervenciones simplemente porque encajaban en su molde mental predeterminado. Ninguno de los soldados se molestó en descifrar el significado de las palabras; Bastó con identificar la superficie del lenguaje para dar el asunto por zanjado.
En el escenario político actual, la interacción entre el “tutor” y la representación de la AN2015 responde a la misma puesta en escena. De un lado, el tutor plantea interrogantes apremiantes sobre la articulación de una estrategia real, la operatividad política en las calles, la viabilidad económica y las garantías de legitimidad sobre el terreno. Del otro lado del escritorio, la delegación responde recitando de memoria un repertorio ya desgastado de clichés diplomáticos, fórmulas jurídicas abstractas y consignas prefabricadas. Son versos repetidos que poco o nada dicen sobre las dinámicas profundas del país o la asfixiante cotidianidad que atraviesa la ciudadanía.
Al igual que los patrulleros de la anécdota, el tutor prefiere no hurgar demasiado ni profundizar en el interrogatorio. Validar la retórica predecible de la delegación resulta cómodo y conveniente: Ahorra fricciones diplomáticas, justifica la continuidad indefinida de las mesas de trabajo y mantiene a flote la cómoda ilusión de un proceso de interlocución institucional vivo. El lenguaje técnico-democrático opera así como un refinado traje protector y un mecanismo de autopreservación: mientras la representación siga recitando los versos esperados en el foro adecuado, mantendrá su estatus de interlocutor formal, al margen de su efectividad real o de la falta de sustento de sus palabras.
La audacia del paracaidista descalzo fue una genialidad de supervivencia individual en tiempos de conmoción; Pero cuando se traslada a la política de alto nivel, la simulación sistemática deja de ser una astucia ingeniosa para convertirse, más temprano que tarde, en una trágica comedia de simulación. El paracaidista falló en su misión original, los italianos se tragaron el cuento, y la guerra continuó para desgracia de la población.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

