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Rafael Fauquié: Dar lo mejor de nosotros mismos I

 

En uno de mis cursos, en una sesión en la que trabajábamos un texto del recientemente fallecido Edgar Morin, “Enseñar a vivir”, un estudiante me formuló una sencilla pregunta: ¿Hasta qué punto la moral y la ética afectan al buen vivir? ¿Son necesarias para vivir bien? Le hice notar que esa misma pregunta se la había formulado hace dos mil quinientos años Aristóteles en su Ética para Nicómaco.

Aristóteles entendía que solo la virtud permite una vida buena. Y aclara que eso que llama “virtud” posee dos acepciones: la intelectual y la moral. El conocimiento, el saber, el ingenio estarían relacionados con la virtud intelectual; en tanto que la generosidad, la moderación, la perseverancia, la honestidad serían virtudes relacionadas con la moral.  Y son éstas las que realmente definen el carácter de  un individuo. En tanto virtudes, ellas son atemporales. Planean a todo lo largo del itinerario humano. El saber erudito, la capacidad que es secuela del ingenio o de la inteligencia, puede evolucionar, pero los principios éticos permanecen inalterables. Además, ni el saber ni la sola inteligencia proporcionan, como sí puede hacerlo la virtud que nos convierte en mejores personas y nos permite vivir mejor junto a nosotros mismos, la felicidad o la plenitud. Solo la moral, la convicción de que lo que estamos haciendo es humanamente correcto, puede permitirnos crecer en nuestra propia compañía y junto a esos otros con quienes nos relacionamos.

Dice Aristóteles: “La riqueza o el placer no es el bien que buscamos. El bien que se busca por sí mismo, el que llamamos bien perfecto es ése que elegimos por sí mismo; como la felicidad: la elegimos por ella misma y nunca por otra cosa. Por ello decimos que es suficiente, porque es perfecta, porque por sí misma ella hace deseable la vida … Para terminar diré que la felicidad es lo más hermoso y lo más agradable, y estas cosas nunca podrían estar separadas unas de otras, al igual que lo que leemos en la inscripción del templo de Delos: ‘Lo más hermoso es lo más justo, lo mejor, la salud. Pero lo más agradable es hacer lo que uno ama’”.

Hacer lo que uno ama posee la forma de las verdades conquistadas, de los propósitos convertidos en norte de la existencia. La felicidad, la plenitud no podrían dejar de relacionarse con esa noción de entrega a la labor bien hecha, al esfuerzo que nos ennoblece porque en él volcamos lo mejor de nosotros mismos, apoyados en el sentimiento de que estamos dando lo mejor que podemos dar. Una genuina vocación es mucho más que solo una potestad. Asumida como la necesaria responsabilidad que nos relaciona con nosotros y con el tiempo que nos toca vivir es, en sí misma, una genuina virtud.

Desde hace tiempo, en mis cursos, en mis diálogos con mis estudiantes relacionados con el tema de la vocación, me gusta acompañarme de las ideas de Herman Hesse en su novela El juego de los abalorios. Ellas encarnan mi visión sobre el significado de una vocación convertida en rumbo de la existencia: “Había experimentado el proceso de la vocación, que muy bien puede llamarse sacramento … La vocación no era solamente una gracia y una advertencia para su propia alma y en su propia conciencia, sino también un don y una admonición de los poderes terrenos para él … por la vocación el alma es despertada, transformada o sublimizada de tal manera que en lugar de los ensueños y las intuiciones de dentro surge de repente un llamado de fuera, un trozo de realidad, y se apodera del espíritu. Y así, comenzando y creciendo desde dentro hacia el encuentro y la confirmación interior y exterior… lo íntimo y lo externo trabajaron armoniosa y uniformemente, creciendo al enfrentarse recíprocamente”.