Aquí y ahora Venezuela.
Hoy, 12 de octubre, Venezuela conmemora el Día de la Resistencia Indígena. Una fecha que nos invita a mirar nuestras raíces y reconocer la lucha de los pueblos originarios por defender sus territorios, sus costumbres, su identidad y su derecho a existir frente a la imposición de una cultura ajena.
Pero mientras pienso en aquella resistencia ancestral, no puedo evitar mirar a la Venezuela de hoy y preguntarme: ¿cuántas formas de resistencia caben en la vida de un venezolano?
Porque en este país resistir dejó de ser una palabra asociada exclusivamente a las gestas históricas. Se convirtió en una experiencia cotidiana, en una tarea que comienza al despertar y que, para muchos, no termina ni siquiera al cerrar los ojos.
Resiste la madre que hace malabares con el presupuesto para alimentar a sus hijos. El trabajador que cumple su jornada y regresa a casa preguntándose cómo cubrirá los gastos del día siguiente. El maestro que llega al aula con más vocación que recursos. El médico que procura atender a sus pacientes en medio de las carencias. El joven que intenta construir un futuro sin saber si ese futuro será posible en su propia tierra.
Resistimos económicamente, pero también emocionalmente.
La primera resistencia tiene rostro de familia: está en quien estira cada moneda, compara precios y renuncia a pequeños gustos para garantizar lo indispensable. La segunda es más silenciosa. No aparece en las estadísticas ni se refleja en las cifras de inflación, pero deja huellas profundas en el corazón.
Es la resistencia de quien extraña a un hijo que emigró, de quien sostiene una relación a distancia, de quien celebra un logro familiar frente a una silla vacía. Es la de los abuelos que ven crecer a sus nietos a través de una pantalla, la de los padres que disimulan su tristeza para no preocupar a los hijos y la de quienes sonríen mientras libran batallas que nadie conoce.
Hay familias que se aman desde distintos países y han aprendido a abrazarse por videollamada. Hay despedidas que no terminan en el aeropuerto, porque continúan cada día en la mesa, en las fotografías, en los cumpleaños y en las noticias que quisiéramos compartir con quienes ya no están cerca.
¿Quién puede medir el costo emocional de un país que ha tenido que aprender a vivir con tantas ausencias?
También resistimos culturalmente. En nuestra música, en el sabor de la comida que nos recuerda la casa, en nuestras expresiones, tradiciones y maneras de celebrar la vida, incluso cuando las circunstancias no ayudan. Nuestra identidad sobrevive en la memoria y en las historias que contamos a nuestros hijos.
Pero honrar la resistencia indígena exige algo más que recordarla una vez al año. Significa reconocer a los pueblos originarios de hoy, escuchar sus voces y respetar sus lenguas, sus territorios y sus derechos. La memoria pierde su sentido cuando se convierte en ceremonia y no se traduce en reconocimiento cotidiano.
En lo social, resistimos cuando tendemos una mano, compartimos lo poco que tenemos y acompañamos a quien atraviesa una dificultad. Porque, a pesar del cansancio, todavía hay venezolanos capaces de organizarse, colaborar y comprender que la necesidad del otro no es una competencia con la propia.
También hay una resistencia espiritual. Para algunos, la fe es refugio; para otros, lo son la familia, el amor, la esperanza o la convicción de que todavía es posible construir una sociedad distinta. Cada quien encuentra sus propias razones para continuar.
Y está la resistencia política: la de quien conserva su conciencia ciudadana, defiende el derecho a pensar diferente y comprende que la participación no termina con un voto ni desaparece cuando llega la frustración. Una sociedad también se construye con preguntas, con memoria y con ciudadanos que exigen que quienes ejercen el poder respondan por sus decisiones.
Sin embargo, hay algo que me inquieta en medio de tantas formas de resistencia:
¿En qué momento comenzamos a confundir resistir con acostumbrarnos?
Nos hemos vuelto expertos en resolver lo urgente, improvisar soluciones y continuar a pesar de las dificultades. Esa capacidad habla de nuestra creatividad y fortaleza, pero también puede ocultar una realidad que no deberíamos normalizar.
No todo lo que soportamos es aceptable. No toda carencia debe convertirse en una prueba de carácter. No toda injusticia tiene que recibirse en silencio. Y no podemos exigirle al ciudadano que sea eternamente resiliente mientras olvidamos que merece condiciones dignas para vivir.
Los pueblos indígenas resistieron para preservar su existencia, sus territorios y su identidad. Nosotros, los venezolanos de este tiempo, tenemos el desafío de lograr que nuestra resistencia no se reduzca a sobrevivir, sino que nos permita recuperar la capacidad de construir, participar, encontrarnos y transformar nuestra realidad.
Porque resistir no es solamente quedarse. También resiste quien emigra para proteger a su familia; quien regresa dispuesto a empezar de nuevo; quien enseña a pensar en libertad; quien denuncia una injusticia y quien se niega a reproducir la violencia, aun cuando la vida le ha dado suficientes motivos para endurecerse.
La resistencia más fecunda es aquella que no nos roba la ternura, que no nos convierte en espectadores de nuestra propia historia y que nos recuerda que ningún país se transforma por la voluntad de una sola persona. Hace falta una ciudadanía consciente, solidaria y dispuesta a actuar desde sus espacios, sin esperar que todas las respuestas lleguen desde arriba.
Hoy quiero honrar la memoria de quienes defendieron su derecho a existir, pero también mirar a quienes resisten desde sus hogares, escuelas, hospitales, comunidades y lugares de trabajo.
A quienes siguen apostando por Venezuela, aun cuando tienen razones para sentirse cansados. A quienes se fueron y llevan al país consigo. A quienes regresaron buscando un lugar donde volver a empezar. A quienes cuidan, educan, producen, crean y acompañan. A quienes no han permitido que las dificultades les arrebaten la capacidad de sentir por el otro.
Y quiero decirles algo: no tenemos que ser fuertes todos los días. También tenemos derecho a cansarnos, a llorar, a sentir miedo y a reconocer que no podemos con todo. La resistencia no consiste en esconder nuestras heridas, sino en encontrar la manera de seguir adelante sin dejar de ser humanos.
Nuestra fortaleza no debe medirse únicamente por cuánto dolor somos capaces de soportar, sino también por nuestra voluntad de impedir que ese dolor siga siendo el destino de las próximas generaciones.
Porque Venezuela no puede conformarse con ser un país que resiste.
Venezuela merece ser un país donde también se pueda vivir, soñar, amar, trabajar, disentir y prosperar con dignidad.
Quizá esa sea la tarea más importante de nuestra resistencia actual: dejar de preguntarnos solamente cómo hacemos para aguantar un día más y comenzar a preguntarnos, juntos, qué estamos dispuestos a hacer para que mañana sea diferente.
Aquí y ahora, Venezuela nos necesita presentes, conscientes y humanos. No invencibles. No indiferentes. No resignados.
Humanos. Capaces de reconocer nuestras heridas, de tendernos la mano y de comprender que la transformación comienza cuando dejamos de considerar inevitable aquello que todavía podemos cambiar.
Porque resistir nos ha permitido llegar hasta aquí.
Ahora nos corresponde convertir esa resistencia en la oportunidad de construir el país que merecemos.
@JannethTex

