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Wladimir Rodríguez: El país sin cabeza a tragedia que la política no quiere ver

 

​La verdadera tragedia de un país no empieza cuando revienta una bomba, ni cuando colapsa un puente. Empieza mucho antes, en el silencio de un aula de clases donde un carajito de diez años mira un libro y no entiende un carajo  de lo que dice ahí.

​Susana Raffalli y la Universidad Católica Andrés Bello acaban de ponerle números a una catástrofe que en las cúpulas prefieren ignorar. Pero la clase política vive en su propio planeta. Unos atrincherados en su propaganda delirante de que “esto se arregló”, y otros atrapados en sus peleas de perros por una tajada de poder que a la gente le importa un pito. Le pasan por el lado a la realidad y no le paran bolas.

Las encuestas serias lo dicen desde hace rato, aunque a los políticos de oficio les dé alergia oírlo más del 80% del país está absolutamente desconectado de la clase política de tarima.

La gente no quiere más retórica ni negociaciones de embuste; la gente lo que quiere es comer, trabajar y que sus hijos aprendan algo en la escuela.

​Pero la realidad no perdona. Las cifras de la UCAB son un reporte crítico anticipado. Siete de cada diez estudiantes no comprenden lo que leen. En Matemáticas raspamos el fondo del barril con notas promedio que apenas rozan los 7 puntos. Y no nos engañemos esto no es una fallita del sistema, es la fabricación en serie de una generación de analfabetas funcionales. Gente que mañana no sabrá cómo leer un contrato, cómo calcular un presupuesto ni cómo exigir un derecho sin que lo dejen en el carril.

​A esta tragedia pedagógica se le suma el contraste más perverso de nuestra era muchachos pegados horas a una pantalla de teléfono, consumiendo basura digital pero con el estómago vacío. Las advertencias de Susana Raffalli sobre la generacion 2014-2020 son un pellizco a la conciencia nacional la malnutrición en los primeros mil días de vida impone una cuesta arriba cruenta al desarrollo de un niño. Pero no nos confundamos ni pequemos de fatalistas nuestros muchachos no nacieron sin talento ni están condenados por naturaleza. El problema no es su cerebro, es la canallada de ponerlos a competir en la vida con el estómago en el espinazo y la escuela en ruinas.

Es un crimen de oportunidad, una brecha inmisericorde que la política ignora mientras a toda una generación le roban el derecho de aprender.

​Y para rematar la faena, inventaron esa barbaridad del “horario mosaico”. Dos o tres días de clase a la semana porque a los maestros les pagan un sueldo de miseria que no alcanza ni para el pasaje del autobús. El docente tiene que salir a rebuscarse en una moto o vendiendo lo que sea para no morirse de hambre. De semejante combinación mal comer y no estudiar no sale una potencia; sale un país devorado por la ignorancia.

​¿Y la dirigencia? Bien, gracias. Unos prometen el paraíso en televisión y los otros sacan cuentas de bodega a ver qué cargo les toca. Ninguno tiene una sola idea sería para rescatar la inteligencia venezolana.

​Atacar este desastre no se logra con discursos altisonantes en una plaza pública ni con comisiones burocráticas. Exige cosas muy concretas:

1. ​Eliminar el horario mosaico Pagarle un sueldo digno al docente con auxilio internacional si hace falta a cambio de que los muchachos vuelvan a la escuela los cinco días de la semana.

2. Comida de verdad en el aula Dejar el reparto ideológico de carbohidratos e ir directo a la proteína con los productores locales.

3. ​Usar la tecnología a favor Si los muchachos ya tienen un teléfono en la mano, usemos esa pantalla para enseñarles a leer bien y a pensar con lógica.

4. Devolverle la escuela a los padres Despolitizar los planteles y que sean las familias las que vigilen si la comida llega y si el maestro está en el aula.

​La infraestructura destruida se levanta con cemento y dinero; la mente atrofiada de un niño hambriento no se recupera con nada. Un país puede sobrevivir a la quiebra de sus empresas y al colapso de sus servicios públicos, pero jamás sobrevivirá al día en que la ignorancia le apague definitivamente las luces.

​La verdadera tragedia de Venezuela no es el país que ya perdimos, sino el que estamos dejando de construir hoy en cada aula vacía y en cada plato incompleto. La política podrá seguir mirando para otro lado y jugando a sus guerras de trinchera, pero el tiempo no perdona. Mientras la dirigencia política  discute quién se queda con las ruinas de Venezuela a toda una generación se le están apagando las luces del cerebro.

Y cuando la ignorancia termine de tomar el control total, no habrá discurso, ni petróleo, ni milagro político que nos devuelva la cabeza.

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