pancarta sol

Primero sábado que domingo, por Soledad Morillo Belloso

 

Lecturas de finde.

Aquella sentencia que las abuelas soltaban al pasar el café por la manga —«hijo, primero viene sábado que domingo»— nunca fue una perogrullada del almanaque. Era una advertencia con aroma a colada fresca. Un aviso de que la vida tiene su orden, su jerarquía y su pulso, y que pretender brincarse la faena es el camino más directo al despeñadero. En esta Venezuela nuestra, sin embargo, nos fascina empezar la casa por el techo, montar el caballo agarrándolo por la cola y jurar que el atajo es lo mismo que el camino. Y así nos va: Gastando pólvora en zamuro, sudando calenturas ajenas y haciendo del entusiasmo un desperdicio.

Hoy somos devotos del remiendo exprés y del pañito caliente, amparados en esa amnesia nacional que dura lo que tarda en enfriarse una arepa. Ahí estamos todos, embobados viendo cómo anuncian con tambor y platillo la llegada de unos «nuevos» rectores al CNE —con ese «ya casi» indefinido, como quien promete solemnemente que el lunes arranca la dieta—, celebrando el cambio de cara como si un retoque de polvo facial pudiera curar un cáncer de colon. Pero digámonos las cosas sin afeites ni colorete: Nombrar rectores sin desinfectar primero la sala mayor de la casa, ese pozo séptico llamado TSJ, es ponerle colorete a la carne viva. Es botica de curandero, puro teatro de utilería.

Y ahora, como si salieran de una borrachera, no faltan los que aplauden con frenesí el más reciente amague diplomático en Washington. Bastó que el secretario de Estado, Marco Rubio, le estrechara la mano a Dinorah Figuera y soltara esa frase embolsada y perfumada de que atravesamos «la mejor oportunidad en una generación», para que más de uno desempolvara el liquiliqui de los domingos esperando las elecciones como si fueran misa de gallo. ¡Qué manía la nuestra de saltarnos la semana! Rubio y la señora Figuera se llenan la boca hablando de «elecciones» y de reinstitucionalizar el boliche, pero mientras la tribuna opositora siga obcecada con correr a las urnas sin sanar el vicio de origen, y mientras en el Norte sigan creyendo que primero van los cobres del petróleo y después la limpieza del solar, seguiremos tropezando con la mismísima piedra, esa que de tanto porrazo ya tiene grabadas nuestras iniciales.

Porque al final del día, el TSJ es el que reparte las barajitas, esconde el as y canta el truco. De nada sirve montar en la mesa a un árbitro con corbata nueva y buenas intenciones si, a la vuelta de la esquina, hay una jauría de magistrados con la pluma afilada, listos para redactarle la sentencia a la medida al “cliente” que despacha desde Miraflores y que bien paga. Un CNE sin un TSJ probo, decente y con las cuentas claras es sembrar en matojo seco: la semilla se seca, el agua se evapora y a la mesa no llega ni una yuca verde. Es sembrar sabiendo, de antemano, que la cosecha no va a dar nada.

Aquí hay que empezar por echar manguera y meter cepillo allí donde está el sucio grueso. Si no se lampacea el estiércol con lejía pura en la instancia que reparte la justicia, todo lo demás es un sainete de pasillo: Gritería, utilería barata y muecas al espejo. Hay que calzarse las botas el sábado, sudar la faena y acomodar los cimientos para que el domingo sea, de verdad, un día de guardar y celebrar.

Porque ese TSJ no es que esté podrido: hiede, supura, da dentera y empuja al soponcio. Los inquilinos de ese tribunal —tanto los de ayer como los de hoy, los caídos en desgracia y los que todavía despachan desde sus solios— bien podrían haber sido los guías de Dante Alighieri por las pailas del Infierno. Ver esa nómina pasada y presente es como repasar la topografía misma de la Divina Comedia: una procesión de almas vendidas donde cada magistrado tiene su propia paila hirviendo, adjudicada con sentencia firme y sin derecho a apelación. No solo encajan a la perfección en cada círculo del Averno, sino que estoy segura de que le habrían enseñado a Dante un par de trucos nuevos sobre cómo retorcer el tormento y tendrían la desfachatez de redactarle una medida cautelar al mismísimo Lucifer.

Ahí no queda ni un alma limpia; Ahí se vende a la patria y a la mismísima madre por un plato de lentejas o un fajo de verdes. El país entero lo sabe y lo padece. Ninguno de esos magistrados pasaría el examen de San Pedro: caerían toditos, en gallota, como fruta piche del árbol. La reciente confesión de la exmagistrada no la deja en evidencia solo a ella; Encandila y desnuda la podredumbre de un cuerpo judicial que dejó de ser balanza para volverse comparsa y cómplice de la trampa. No solo arrastran la Constitución por el barro: Se regodean revolcándola en el mismo albañal de abusos, torceduras y aberraciones que ellos mismos excavaron.

Antes de ponernos a hablar de votaciones, antes de sacar a pasear el traje de los domingos y antes de tragarnos el cuento de las «oportunidades generacionales», vale la pena volver a lo que decían las abuelas mientras meneaban la cuchara de palo y miraban hacia el cerro para adivinar la lluvia: Mijo, primero sábado que domingo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob