Una de las funciones esenciales de la escuela que, para la reconstrucción de Venezuela debe tener importancia prioritaria, es la formación de auténticos ciudadanos, defensores de los derechos y cumplidores de sus deberes y obligaciones, capaces de convivir con los otros diferentes y de asumir sus responsabilidades políticas, es decir, con el bien común. Esto significa aprender a respetar a los que son y piensan diferente; aprender a razonar, argumentar y defender las propias ideas, pero también a escuchar las ideas distintas a las propias; considerar la diversidad como riqueza, y también desarrollar una profunda sensibilidad social. Al verdadero ciudadano le duelen la pobreza, la miseria, la injusticia, la intolerancia y todo tipo de violencia que atenta contra los derechos humanos esenciales. Y ese dolor se transforma en compromiso de trabajar sin descanso por una sociedad donde todos podamos vivir con dignidad. Hoy, si somos dignos debemos indignarnos y convertir la indignación en fuerza y compromiso para trabajar por la dignificación de los que viven en condiciones indignas.
Educar es, en definitiva, formar hombres y mujeres que sean capaces de vivir en plenitud y con dignidad, asumiendo responsablemente su condición de personas y de ciudadanos. El acto de educar es un acto vital de entrega para ayudar a construir o rescatar vidas. Esto va a requerir, entre otras cosas, métodos pedagógicos y didácticos participativos que favorezcan el pensamiento crítico y autónomo y promuevan la solidaridad y el servicio. Y va a requerir sobre todo, directivos y maestros capacitados y comprometidos con la humanización de nuestra sociedad, que se esfuerzan cada día por ser mejores y hacer mejor su tarea para poder dar ejemplo con su palabra y con su vida de los valores que quieren sembrar y cosechar en sus alumnos. No olvidemos que los valores se aprenden sobre todo en la práctica, en el ejercicio diario, y no discurseando sobre ellos. Por ello, si queremos que la educación contribuya a formar auténticos ciudadanos y a robustecer la democracia, los centros educativos deben transformarse en verdaderas comunidades democráticas, donde se experimente cotidianamente el ejercicio del diálogo, la participación y el respeto a la diversidad y las diferencias. Se trata de vivir en la cotidianidad del centro educativo los valores democráticos que buscamos, desterrando las actitudes autoritarias y descalificadoras, de modo que efectivamente se desarrolle la reflexión, la participación, la crítica y las relaciones interpersonales afectivas y efectivas. El reto consiste en convertir al centro educativo en semilla y también ya espejo de la sociedad que buscamos y queremos.
El modo de ejercer la autoridad y el poder como servicio; el respeto a la diversidad y las diferencias; la responsabilidad y compromiso con que cada uno asume sus tareas y obligaciones; la defensa de los derechos de todos, y en especial, de los más débiles y necesitados; la manera como se enfrentan los conflictos y problemas; los modos de producción y de celebración…; deben, en cierta forma, expresar el modo de vida y de organización de la sociedad que pretendemos. Sociedad que permita una vida digna a todos, que respete las diferencias individuales, sociales, de género, raciales, políticas y religiosas, que posibilite y promueva la participación en la toma de decisiones y en la vida cívica y política cotidiana.
Todo esto plantea la necesidad de reeducar al educador, para que adquiera la cultura del diálogo, y asuma al otro como sujeto de conocimientos y de verdad. El diálogo pide humildad, pide comprensión, ponerse en los zapatos del otro. Exige sinceridad, respeto, bases para el entendimiento. Nadie es dueño absoluto de la verdad. El diálogo que reconcilia exige generosidad y apertura al cambio. Los generosos y solidarios unen; los que dominan e imponen, separan. Para dialogar se necesita tolerancia, virtud que nos enseña a convivir con lo diferente, a respetar el pensamiento contrario y al sujeto que lo piensa. Ser tolerante no significa negar el conflicto o huir de él. Al contrario, el tolerante será tanto más auténtico cuanto mejor defienda su posición si está convencido de que es justa, sin ofender ni descalificar al que tiene ideas distintas, y dispuesto a aceptar la validez de los argumentos del otro diferente. Sin tolerancia, no hay democracia. La genuina educación se orienta a motivar la autonomía, no la sumisión. Utilizar la educación para inculcar una determinada ideología es acabar con la educación. Educar para la democracia implica educar para la incertidumbre. Sólo las dictaduras y autoritarismos están llenos de certezas que tratan de imponer, y no respetan las ideas diferentes. El genuino educador, más que inculcar respuestas e imponer la repetición de conceptos, fórmulas y datos, orienta a los alumnos hacia la creación y el descubrimiento, que surgen de interrogar la realidad de cada día y de interrogarse permanentemente. La coherencia de la crítica supone la autocrítica. Negar al otro la crítica no es destruir al otro, sino sobre todo destruirse a sí mismo como crítico. El autoritario no sólo niega la libertad de los demás, sino la suya propia al transformarla en el derecho inmoral de aplastar otras libertades. En este sentido, resultan iluminadoras las palabras del poeta y maestro cubano José Martí: Como la libertad vive del respeto y la razón se nutre de lo contrario, edúquese a los jóvenes en la viril y salvadora práctica de decir sin miedo lo que piensan y oír sin ira ni mala sospecha lo que piensan otros.
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